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Palabras combativas: la literatura escrita por mujeres

Cinco escritoras exploran la brecha de género en la literatura. El patriarcado sigue marcando “esas diferencias que convierten en desigualdades”, pero la lucha sigue. Elvira Hernández Carballido, Laura Sofía Rivero, Vanessa Téllez, Enid Carrillo y Alejandra Estrada exponen el panorama de la literatura femenina.

3 / 8 / 22

EMEEQUIS.– Las obras escritas por mujeres están cargadas de denuncia sobre injusticias por razones de género, así como de otros males que aquejan la sociedad. Se debe, reconocen, a que mucho de lo que se narra se hace en primera persona; entonces, las violencias son más nítidas por la experiencia próxima. En géneros como la poesía, han roto los tabúes sobre el cuerpo, y en el ensayo recae una dosis reflexiva para interpretar y cuestionar la realidad.

La denuncia es un eje en autoras de distintas generaciones que han revalorizado la literatura, aunque la brecha de género y el sistema patriarcal aún es un muro en el terreno en el que se desenvuelven. 

De esta brecha, las características y el estado actual de la literatura escrita por mujeres hablan cinco autoras con EMEEQUIS –poetas, académicas, ensayistas y narradoras–, en un ejercicio de reflexión y crítica sobre la época, las deudas del pasado y el presente. 

EL PANORAMA ACTUAL

Doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM, con la línea de investigación de estudios de género, Elvira Hernández Carballido (Ciudad de México, 1963) observa, de manera optimista, una mayor visibilidad y reconocimiento hacia la obra de mujeres, pero advierte que estos aspectos “no han llegado de manera sencilla, ha sido un constante esfuerzo de muchas escritoras, de estudiosas del tema, editoras y hasta periodistas”. 

Un gran ejemplo, cita, es el trabajo de Esther M. García al crear el Mapa de Escritoras Mexicanas Contemporáneas, “una manera de decir aquí estamos, reconozcan nuestra presencia, adviertan nuestros trabajos, la trayectoria maravillosa de algunas y los esfuerzo pioneros de otras”.

Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993), ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven “José Luis Martínez 2020” por la obra “Dios tiene tripas”, expuso que el principal inconveniente que ve al intentar describir aspectos generales de la literatura escrita por mujeres es el riesgo de caer en la homologación. 

“Como lectora, lo que más me resulta motivante al leer a una escritora es su manera particular de extender la idea de lo que consideramos literatura. Pienso, por ejemplo, en los ensayos sobre arquitectura de Georgina Cebey en “Arquitectura del fracaso”, en los poemas de Elisa Díaz Castelo que se atreven a conjugar el lenguaje poético y científico en su libro “Principia”, en los textos de Ana Emilia Felker de “Aunque la casa se derrumbe” que lindan entre la crónica y el ensayo, en la novela “Matate, amor” de Ariana Harwicz que sacude nuestra sensibilidad. Como tallerista también he notado que los temas y formas en los cuales se interesan las escritoras no necesariamente siguen las pautas de lo que más se difunde. A veces me pregunto si esa repetición de tópicos que a veces notamos corresponde más bien a decisiones del mercado editorial, no a la multiplicidad de intereses de quienes escriben”.

Para la novelista Vanessa Téllez (Guerrero, 1981), el panorama de la literatura femenina luce interesante, aunque consideró que es temprano para definir el momento que vivimos, en términos, por ejemplo, de las crisis por la pandemia o por la escalada de violencia. 

“Tan solo el tema del narcotráfico que cobró más fuerza en el sexenio de (Felipe) Calderón no ha destacado literariamente. Creo que hay propuestas y autoras, pero también creo que la historia nos ha obligado como testigos y escritores a procurar una literatura más reflexiva, más profunda y dejar de lado la idea de estar en el momento, de retratar en tiempo real. Y no sólo con la violencia, o temas en los que aún parece existir un sector que duda de la capacidad de las escritoras, sino en cualquier tema”. 

“La historia nos ha obligado como testigos y escritores a procurar una literatura más reflexiva”. Vanessa Téllez.

LA DESIGUALDAD Y LA VIOLENCIA

Para Vanessa Téllez, que ha escrito sobre la violencia en su estado –penetrado, como gran parte del país, por el crimen organizado–, pero también sobre problemas sociales en la Ciudad de México, donde se ha avecindado, que la literatura femenina haya retratado más las desigualdades y las violencias que atraviesa la sociedad y el género femenino se debe a un factor:

“Probablemente esto responda a que las ha retratado en primera persona, y ése siempre es un lugar familiar. Quizá la forma de escribir sobre ambos temas ha carecido en todo caso de humor, pero es que hay que comprender que lo que en nosotras ha sido reflexión, confinamiento e incluso persecución, o, dicho de otra forma, la enorme e inabarcable responsabilidad del hogar, en muchos hombres ha sido un horario de creación ilimitado”. 

La doctora Elvira Hernández Carballido, quien ha recuperado la historia de mujeres en la prensa y la literatura con obras como Margarita Michelena, poeta y periodista, refuerza esta idea:

“Escribimos lo que somos, repetiría, y por ello en la literatura hecha por mujeres se palpan las desigualdades, surgen, brotan, aparecen, porque los hemos vivido y observado, no pueden desaparecer de la forma de expresarte y sentirte en este mundo. En Lecciones de cocina de Rosario Castellanos, palpas de manera total el desencanto de ser solamente una ama de casa. En Testimonios de Mariana, Elena Garro te muestra ese mundo que acorrala a toda mujer. La amistad entre mujeres no la he sentido con tanta originalidad como en Pánico o peligro de María Luisa Puga. Encontrar un espejo en El cuerpo que nací de Guadalupe Netell. El dolor ante la muerte violenta de una mujer como en “El invencible verano de Liliana”, de Cristina Rivera Garza. La literatura de mujeres muestra este sentir y este vivir de mujer, lo que hace falta es difundirlas y reconocerlas, porque junto a las que acabo de mencionar hay muchas más, ahí está ese mapa de escritoras”.

“¿Qué hace falta? leer a las mujeres, respetar lo que escribimos, paga digna por nuestro trabajo creativo”. Enid Carrillo. 

Enid Carrillo (Hidalgo, 1988), galardonada con el Premio de Cuento Ricardo Garibay por La noche nunca termina, coincide en que la literatura femenina “ha retratado, recreado y denunciado las violencias y desigualdades que experimentamos las mujeres en todas las áreas de nuestra vida”, aunque acota:

“No es una obligación de la literatura explorar estas desigualdades, pero cuando sucede, cuando una mujer toma las palabras para contar una experiencia de violencia, las palabras se convierten en algo más grande, colectivo, reivindicativo y, de muchas formas, sanador. ¿Qué hace falta? leer a las mujeres, respetar lo que escribimos, paga digna por nuestro trabajo creativo, seriedad en el proceso editorial; lo demás irá sucediendo de a poco”.

“La literatura es una de las maneras en las que las mujeres hemos podido apropiarnos de nuestra identidad, de nuestros cuerpos”. Alejandra Estrada.

Alejandra Estrada, también autora del poemario Vacía de dioses, reafirma esta postura: “la literatura es una de las maneras en las que las mujeres hemos podido apropiarnos de nuestra identidad, de nuestros cuerpos. Es una forma de romper lo que Lagarde llama ‘los cautiverios’”.  

Al respecto, Laura Sofía Rivero, que en 2017 también recibió el Premio Internacional de Ensayo Sor Juana Inés de la Cruz por su libro “Tomografía de lo íntimo”, reflexiona: “No sé si la función primordial de cualquier literatura sea retratar los problemas sociales. En todo caso, desde mi perspectiva, el atractivo del arte consiste en que nos permite ver (como decía Milan Kundera al respecto de la novela) que las cosas son más complicadas de lo que parecen a primera vista. En ese sentido, considero que la literatura sí es la mejor herramienta: no para retratar o calcar, sino para explorar y problematizar lo que nos da miedo, nos avergüenza y nos saca de nuestra zona de confort”.

EL CÁNON PREDOMINA

Estrada, licenciada en Lengua y Literatura Hispánica por la UNAM, consideró que, en su género –la poesía– la literatura femenina es poco galardonada y reconocida en comparación a lo que escriben y publican los hombres.

“Creo que sí y creo que es porque el canon sigue preponderando los parámetros tradicionales de lo que es poesía y no lo es. De pronto, si algo no está dentro del cuadro de la tradición, una tradición claramente heteronormada, entonces no cumple lo necesario para denominarse poesía y se deja de lado. Además, actualmente, me parece que gana el peso de la comercialización y hay propuestas poéticas que ‘no parecen publicables’ a las editoriales”.

Enid Carrillo, doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y beneficiaria del Fondo Nacional de Creadores de Arte (FONCA), coincide con esta postura: 

“Históricamente, la literatura hecha por mujeres ha sido poco galardonada, es verdad. Pero también había sido poco visibilizada, publicada, analizada y difundida. Las cosas han cambiado, pero eso responde al momento histórico que habitamos, no es una casualidad. Los hombres eran más galardonados porque tenían más tiempo para escribir y porque el mundo literario comparte, en gran medida, la lógica patriarcal y las hermandades entre hombres. Eso no quiere decir que no existan grandes escritores, pero yo atribuyo esta diferencia abismal a la forma en la que las cosas han funcionado durante siglos. Hoy en día se está premiando a muchas mujeres, algunas veces ocurre por reivindicación y otras porque es ‘políticamente correcto’. Lo importante es que cada vez hay más libros, blogs, talleres, premios con nombres de mujeres y es algo que celebro”.

“Tantas historias que hacen visible esa brecha de género, esas historias de triple esfuerzo para publicar”. Elvira Hernández. 

Elvira Hernández, dos veces presidenta del jurado del Premio Nacional de Periodismo, con una vida dedicada a la academia y la investigación, aunque recientemente publicó su primera novela, Las Melodys, abona a la explicación de la brecha de género y de deuda de la literatura en el reconocimiento hacia las mujeres: 

“Tantos años, décadas y siglos donde no era permitido ni bien visto que las mujeres escribieran y publicaran sus textos. Ahí está Sor Juana quedando cautiva en un convento para poder escribir. Ahí está Virginia Wolff sugiriéndonos tener un cuarto propio y una cantidad de dinero para poder convertirnos en escritoras. Mujeres mexicanas del siglo XIX que en sus publicaciones aseguraban a las jóvenes que ya no era mal visto escribir y publicar, y animándolas a dar a conocer sus creaciones. Rosario Castellanos advirtiendo a mitad de siglo XX que le habían enseñando que en el mundo de la cultura solamente podían vivir los hombres y por eso ella dudaba y sentía que se había colado de contrabando. Octavio Paz deteniendo la creatividad de Elena Garro… Tantas historias que hacen visible esa brecha de género, esas historias de triple esfuerzo para publicar, para encontrar estrategias, para justificarse, para arriesgarse. Y todo ello representa un contexto que confirma que hemos sido poco reconocidas y galardonas porque nos hemos enfocado a “colarnos”, como advertía Castellanos. Esa entrada tardía, ese desgaste para ser doblemente buenas, necias e inspiradas, a demostrar la vocación de escritora, son esfuerzos que los hombres no han vivido ni vivirán igual. Sí, a ellos también les cuesta publicar o darse a conocer, pero llegan sin esos prejuicios que a nosotras nos etiquetan y persiguen. Sé que es muy común esa respuesta de que todo es culpa del sistema patriarcal, pero es que se trata de la contestación correcta. El patriarcado, donde estamos todos y todas, nos sigue marcando esas diferencias que convierten en desigualdades, esas asignaciones de roles que hacen dudar a las mujeres creativas porque les han dicho que su espacio es la casa y su vocación los hijos; qué difícil cuando sientes que no, que tu vocación es la escritura”.

LAS DIFERENCIAS ENTRE GÉNEROS

Para Vanessa Téllez, autora de la novela Signos vitales, más que separarla del género contrario, la literatura escrita por mujeres debe entenderse, como afirma sucede con la masculina, individualmente. 

“Justo creo que un problema que podríamos enfrentar como una comunidad de escritoras, es esta idea de que nuestra literatura por ser escrita por mujeres deba ofrecer algo nuevo en comparación con la de los hombres. Me parece más necesario y urgente enfatizar las capacidades y propuestas individualmente. 

“También entiendo que la idea impuesta de que las mujeres escriban desde la sensibilidad inhibe por ejemplo a escritoras cuyo rango es más contemporáneo”, remarca. 

Alejandra Estrada añade: “para valorar la literatura, no debería tomarse en cuanta el sexo. Sin embargo, en tanto sujetos distintos, en tanto fisonomías distintas, las experiencias, ya sensoriales o psíquicas o espirituales, son distintas. Las diferencias entre hombres y mujeres determinan su forma de percibir, su manera de sentir. 

Cita: “Luisa Posada Kubissa, en ‘Las mujeres son cuerpo: reflexiones feministas’ anota: ‘Podría decirse, entonces, que en la tensión trascendencia inmanencia, a los niños se les educa el cuerpo que tienen, en tanto a las niñas se les disciplina el cuerpo que son’.  En ese tenor de ideas, la diferencia más relevante (acaso) es la del cuerpo. Se vive de manera diferente la posesión del cuerpo: mientras que los hombres pueden escindirse de manera más fácil del cuerpo, pueden trascenderlo, las mujeres viven atado a él y son en medida que es su cuerpo. Educar y disciplinar tiene un matiz que abre el abismo: educar permite la progresión; disciplinar es una acción de sometimiento. Creo que la escritura de las mujeres es más orgánica, más vivencial, más corpórea”, asevera. 

“Me gusta pensar en que escribir es conversar”. Laura Sofía Rivero.

VER LA VIDA DESDE OTROS OJOS

Alejandra Estrada considera que si bien ha sido muy importante la evolución que ha habido en la participación de las mujeres, no sólo en el campo cultural, sino en todo ámbito, “aún estamos en una transición”.

“Creo que las mujeres ahora hablamos y escribimos de cosas que antes eran impensables, hemos volteado a ver nuestro cuerpo, por ejemplo; podemos nombrar la enfermedad, el defecto, la locura; podemos escribir sobre la violencia, podemos firmar con nuestro nombre. Y, sin embargo, a pesar de la aparente apertura, no creo que las mujeres sean leídas en toda la extensión y tampoco creo que los tabúes se hayan terminado. Es decir, pareciera, como dice Sara Sefchovich en Del silencio al estruendo, que las mujeres ahora pueden escribir de lo que sea. Yo no estoy totalmente de acuerdo. Creo que seguimos pensando en lo que puede ser publicado, en lo que podría ganar un concurso, en lo que es aceptado o no por una editorial. Es decir, el canon sigue siendo el parámetro. Aunque, claro está, esta manera de silenciar está velada. Ahora se publica a más mujeres, ahora escriben más mujeres, pero también hay un canon de mujeres. Sigue existiendo una periferia, sigue existiendo lo otro. 

Por otra parte, prosigue la autora de Esta herida se llama palabra, “formalmente la escritura de las mujeres en la actualidad me parece muy subversiva, tajante, orgánica. Creo que hay una recurrencia a la memoria y el testimonio. En cuanto a elementos formales, podemos encontrar esta tendencia a las formas híbridas, al desdibujamiento de los géneros. Por ejemplo, la poesía de Lorena Huitrón Vázquez que se mezcla con el ensayo; o la de Maricela Guerrero que incluye términos científicos y propuestas visuales; o la de Brenda Ríos, Adriana Dorantes, Patricia Arredondo, Arely Jiménez, Adriana Ventura, Indira I. Torres Cruz, Julieta Teresa, Artemisa Téllez… y tantas más que no hemos obtenido premios, que no somos parte de la poesía oficial (si se me permite decirlo)”.

Añade: “También creo que hay una recurrencia en hablar sobre el cuerpo en la poesía de mujeres en la actualidad. Nos estamos rearmando. Nos estamos reconfigurando”.

Desde la perspectiva de Enid Carrillo, las principales diferencias entre la literatura escrita por hombres y por mujeres radica en el punto de vista.

“Las mujeres y los hombres construimos una mirada de la vida que está determinada por la cultura y el contexto en el que nacemos y crecemos. En toda la historia de la humanidad ha existido un intento muy torpe por homogeneizar y universalizar la experiencia de vivir. En literatura, lo que conocemos como el canon es un intento por igualar los criterios para escribir. Ese modelo funcionó durante siglos, y hoy aún existen escritores hombres aferrados a esas lecturas y estructuras canónicas que a todas nos han enseñado durante siglos. Me gusta pensar en que las mujeres desobedecemos al canon y que eso está definiendo los temas y exploraciones que tenemos las mujeres en la actualidad: experimentamos, cuestionamos, desobedecemos”, asevera.

Laura Sofía Rivero tiene una reflexión particular para este tema: “¿Qué tan vital resulta marcar una diferencia? Me parece una postura complicada y, para explicarme, quiero traer a colación algunas reflexiones que he conversado con Cinthya Ruiz, una joven investigadora que es mi compañera de estudios y que actualmente tiene un proyecto sobre Camila Henríquez Ureña: es cierto que es importante señalar que las escritoras, desde hace muchos años, han forjado una tradición propia dado que en otros momentos sólo se leían y comentaban entre ellas; no obstante, insistir en las diferencias puede tener seguir relegando sus aportaciones. Me gusta pensar en que escribir es conversar y, por ello, resulta más enriquecedor enfatizar cómo se vinculan las voces distintas y qué suman a nuestro conocimiento de la experiencia humana a partir del lenguaje”.

En cuanto a calidad, Vanessa Téllez no cree que haya diferencia alguna entre lo escrito por unos y por otros, “creo que el asunto es más bien de origen moral. Se prejuicia la literatura y en general los temas escritos y desarrollados por mujeres y desde un inicio se les etiqueta. Afortunadamente pienso que esta situación ha ido de más a menos y cada día más y mejores escritoras son buscadas, elegidas y leídas. Pero siempre habrá una barrera qué derrumbar, un estereotipo contra el qué luchar. Una pregunta qué ya no quisiéramos contestar”, sostiene.

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