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Las preliminares de la espuma y la derrota del PRI

La elección interna del PRI en 1999 auguraba un triunfo fácil en las elecciones presidenciales de 2000. Pero la ciudadanía quería un cambio y esto lo supieron leer en el equipo de Vicente Fox.

Por Emequis
6 / 13 / 23

CONFIDENTE EMEEQUIS

EMEEQUIS.– Las catástrofes a veces se anuncian en los días soleados. El 7 de noviembre de 1999 el PRI realizó una elección preliminar para seleccionar a su candidato a la Presidencia. Todo salió a pedir de boca. 

Si a quienes descorchaban vinos espumosos aquella noche, luego de una jornada dominical hasta cierto punto ejemplar, les hubieran dicho que ocho meses después todo ello se derrumbaría y perderían el poder, habrían pensado que se trataba de una profecía de locos y no de una descripción puntual del futuro. 

Y es que los datos no daban motivo de alarma. La oposición no daba visos de poder ir en unidad, que en teoría era la única forma de derrotar al viejo partido, y las aspiraciones de Vicente Fox y Cuauhtémoc Cárdenas parecía que se devorarían entre ellas. 

De ahí que José Antonio González Fernández, el líder de los priistas, estuviera feliz y que, en Los Pinos, donde despachaba y vivía Ernesto Zedillo, reinara la tranquilidad ante la perspectiva de lograr, una vez más, el relevo y la continuidad. 

En realidad, la elección preliminar tenía el propósito de no recurrir a la figura del tapado. Las providencias tenían que tomarse luego del panorama oscuro que se desató en 1994. De ahí que no fuera solo prudente, sino hasta oportuno, el tratar de airear a la poderosa maquinaria que todavía era el PRI. 

En la boleta se encontraban Francisco Labastida, exsecretario de Gobernación y antiguo mandatario en Sinaloa; Roberto Madrazo, quien había gobernado Tabasco; Manuel Bartlett Díaz, exgobernador de Puebla, y Humberto Roque Villanueva, un legislador experimentado, coordinador y dirigente del PRI, en su momento.  

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Participaron 10 millones de votantes, lo que era cerca del 20 % del Padrón Electoral. Toda una hazaña. 

El triunfo recaería en quien obtuviera el número mayor de los 300 distritos en los que se divide la geografía electoral en el país. El PRI desplegó todo un esfuerzo de organización que refrendó los años de experiencia en el poder. 

Los aspirantes financiaron sus recorridos y solo se fijó un tope de gastos, aunque sin fiscalización relevante. 

La contienda en realidad se desarrolló entre Labastida y Madrazo. El primero tenía las credenciales que provenían de una trayectoria limpia y las que le daba la simpatía del presidente Ernesto Zedillo y, el segundo, un halo de rebeldía, producto de que se negó a renunciar al cargo de gobernante de Tabasco y que era una exigencia de la oposición y en particular del PRD. 

Las particularidades de los participantes hicieron que la dinámica se volviera ríspida, que Labastida se centrara en acusar a Madrazo de supuestos hechos de corrupción, y que este último elaborara un lema por demás eficaz: “dale un madrazo al dedazo”.

Labastida triunfó en 272 distritos, Madrazo lo hizo en 19, Bartlett en seis y Villanueva en ninguno. En términos de sufragios, el sinaloense obtuvo 5 millones y el tabasqueño 3 millones. 

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No existieron impugnaciones mayores, pero Madrazo anunció la construcción de una corriente que se abocaría a democratizar al partido y que en realidad le significó llegar a dirigirlo y alcanzar la candidatura a la Presidencia de la República seis años después. 

Toda una paradoja la del 7 de noviembre de 1999. Es factible que la confianza que se generó ante un ejercicio de selección de candidato que implicó una propaganda permanente a lo largo de medio año, haya propiciado que se bajara la guardia, que los lobos de mar creyeran que esta vez no existirían nubarrones en el horizonte. 

Entre finales de 1999 y el primer semestre del 2000, quedó más que claro que las certidumbres en los triunfos y las lamentaciones por las derrotas eran más provisionales de lo que podría apreciarse a simple vista. 

Pero, sobre todo, se demostró que los electores son, en democracia, quienes tienen la última palabra y que ella puede estar cargada de vaivenes. 

La ciudadanía, más allá de los 10 millones de participantes en el ejercicio priista, quería un cambio y esto lo supo ver con claridad el equipo de Fox. 

Labastida era un buen candidato y el presidente Zedillo contaba con una calificación aprobatoria. En el PRI, sin embargo, estaban abiertas múltiples heridas que provenían de agravios perdidos en décadas de ajustes y desencuentros.

@jandradej 

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