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En la sierra chiapaneca hubo un lugar en donde las mujeres del mundo se sintieron seguras. Las montañas eran sus guardianas; el calor de la leña su compañía. Por primera vez en mucho tiempo no importaba dónde andaban ni cómo vestían. 

“Se trata de que gritemos juntas, pero de rabia, de coraje e indignación”, les habían invitado las coordinadoras de Mujeres Zapatistas para el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Firmaban Marisol, Yessica, Zenaida, Dalia, Marina, Elizabeth y otras tantas de la comunidad autónoma que nació tras el levantamiento zapatista de enero de 1994.

Había que juntar los dolores de todas las mujeres para que se hiciera uno grande, tan grande que se convirtiera en rabia y esa rabia en semilla de organización, resistencia y, sobre todo, de rebeldía, les habían dicho. 

“Dejamos de esperar a que nos toque la desgracia y nos ponemos a hacer algo, primero para detener esa violencia en contra nuestra, luego para conquistar nuestra libertad como mujeres que somos”.  

A la zona Tsots Choj, en la comunidad zapatista de Morelia, llegaron entonces 3 mil 259 mujeres de 49 países diferentes, 95 con sus crías. En la entrada, enmarcada en una manta amarilla, una advertencia para algunos, una señal de seguridad para otras: “Prohibido entrar hombres”. Dos jóvenes milicianas con el rostro cubierto, armadas cada una con arco y flecha, garantizaron su cumplimiento durante cuatro días, del 26 al 29 de diciembre de 2019.

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Las miles de mujeres que entraron al Semillero Huellas del Caminar de la Comandanta Ramona, del Caracol Torbellino de Nuestras Palabras, traían cargando cada una sus dolores, miedos y frustraciones; sus propias luchas. 

Llegaron aquellas a las que les mataron una hija, las víctimas de violación, las abusadas en la infancia, las que han vivido violencia psicológica, a las que les separaron de sus hijos, otras que en el pasado fueron golpeadas casi hasta la muerte, las engañadas por la pareja, las violentadas en su trabajo, las humilladas en el hogar. 

En plena selva chiapaneca, en el territorio que las zapatistas decretaron refugio, anduvieron todas para hacer que los dolores fueran menos, para que el peso, la carga, no fuera de una, sino de todas.  

DÍA 1. ROMPER EL SILENCIO

Es la primera vez que R cuenta que, cuando niña, un hombre que vivía en su hogar abusó sexualmente de ella todos los días durante año y medio. Seis años tenía. R da detalles del abuso y se le corta la voz. Le escurren lágrimas que una tras otra bañan el suelo. Recuerda que su padre, al enterarse, no tuvo reacción visible, pero que a los dos días su agresor apareció colgado en un cerro de la Ciudad de México. Su padre se convirtió en su héroe. Pero –dice mientras llora con más fuerza– descubrió hace poco que su padre, su héroe, agredió sexualmente a una de sus tías. 

“Cada hombre que ha pasado por nuestras vidas nos ha violado y nos ha violentado, por eso yo decidí amar a las mujeres”, termina.

R mira al frente a las cientas de extrañas que la acompañan, que lloran con ella. Unas cuantas la toman del brazo, le acarician la espalda, le abrazan. “No estás sola, no estás sola”, le corean. 

No es la única que ha tomado el micrófono. Cientas de mujeres del mundo hablan por primera vez y se les escucha. Se habla entonces de la defensa de la tierra, del hogar, de las hijas e hijos, del cuerpo, de la dignidad. 

El micrófono, dijeron las zapatistas, quedaría abierto para denunciar la violencia cotidiana, esa tan arraigada que mata la esencia, el alma, la vida. “Sin pena, hermana y compañera, dígalo claro su dolor, llore su coraje, grite su rabia”. Así fue que el silencio se rompió. 



DÍA 2. ORGANIZARSE PARA CAMBIAR TODO. TODO 

La digna rabia, dice Rosa, de 45 años, zapatista y habitante del Caracol La Realidad, es el derecho de todas las mujeres de estar enojadas por la violencia que viven y la digna rabia, explica, es motor de cambio. “La lucha es bella y con la lucha, la mujer es libre”. 

Rosa tiene ojos café oscuro que resaltan de entre el pasamontañas negro que tiene un tache rojo a la altura de la frente, su lucha inició con los orígenes del zapatismo, cuando ella y otras mujeres establecieron los derechos que querían como parte del levantamiento, la base de ellos: la equidad entre géneros. 

“Las escuchamos para conocer lo que no queremos de su mundo en el nuestro y demostrarles que se puede vivir sin violencia. Nosotras ya tiene mucho que no vivimos lo que ustedes porque nos organizamos”.

Un día antes, la Comandanta Amanda, en el discurso inaugural, había sido clara: “Nuestro deber como mujeres que somos, que luchan, es protegernos y defendernos con todo lo que tengamos y si ya no tenemos nada, pues con palos y piedras y si no hay palo ni piedra, con nuestro cuerpo, con uñas y dientes hay que proteger y defender. Así hasta que ya puedan nacer, criar y crecer sin miedo. Nosotras como zapatistas pensamos que es mejor para esto el estar organizadas”. 

Las denuncias sobre violencias, que al ser tantas se han extendido al segundo día, se ven interrumpidas por convocatorias. El micrófono abierto se usa entonces para acordar puntos de reunión. 

“Mujeres de Argentina nos vemos en la carpa azul para hablar de la violencia que vivimos”. “A todas las chilenas nos vemos a las 3 de la tarde para hablar sobre la violencia del gobierno”. “Mujeres de Ecatepec nos reunimos a las 7 en la carpa para encontrar soluciones”. “Lesbianas, mañana nos vemos en el segundo árbol del camino”. “Cicloviajeras”. “Madres”. “Mujeres con alguna discapacidad”. “Quienes estamos en contra del Tren Maya”. “Hablemos de Megaproyectos”. 

Entre las diferencias, dicen las zapatistas, está la oportunidad. Y en este campo, entre las montañas de Chiapas, miles de mujeres diversas lograron encontrar puntos en común en sus dolores y preocupaciones. La idea, transmitida por la Comandanta Amanda, era crear redes y replicar los modelos de los caracoles zapatistas en las geografías de cada una: crear impacto en el entorno más cercano. 

“Estamos en una guerra: ellos por matarnos, nosotras por vivir, pero vivir sin miedo, vivir libres, pues”. Y para ello había que unirse, evitar las rencillas entre mujeres y luchar juntas por defender la vida. 

Porque, como se preguntará la Comandanta Yesica al término del Encuentro, ¿cómo es posible que una mujer con tantos dolores, penas, corajes, rabias, “tenga que venir hasta estas montañas del sureste mexicano para recibir lo menos que nos debemos entre mujeres, que es un abrazo de apoyo y consuelo”? Por eso las zapatistas establecen los compromisos con los que cada una tendría que viajar de regreso a casa. 

El primero: la defensa de toda mujer que que pida ayuda; apoyarla y defenderla. El segundo: organizarse, tejer redes, cambiar las micro realidades. y, por último, nuevas citas: la del 8 de marzo en la que piden que se esté en donde se esté en el Día Internacional de la Mujer, se lleve un moño negro para protestar así en contra de todas las violencias cometidas; y la otra, con fecha por definir, que deberá cumplirse en un año, reunirse todas las mujeres del mundo, otra vez, para presentar avances en la lucha contra la violencia.  

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“Ojalá llegue el día que peleen por quién es más bonita porque ese día quiere decir que la vida ya no es un problema. Entonces tal vez podremos ser igual de pendejos que los hombres o tal vez no, tal vez entendamos que ya vivas y libres otros serán los problemas”, dijeron antes.

Pero hasta entonces, a luchar. A luchar juntas, dicen las zapatistas, para cambiarlo todo, para que cada lugar del mundo sea tan seguro como ese rincón zapatista. ¿Qué se tiene que cambiar?, se le insiste a Rosa. “TODO. La violencia más chica, hasta evitar que le arrebaten a una la vida”.

DÍA 3. LA CERTEZA: NO ESTAR SOLAS



Aquí hay mujeres de todos tipos. Hay niñas de 9 años como Ana, una pequeña zapatista que ama jugar al futbol; hay mujeres como Maricela, de 53, ama de casa que recién se reconoce feminista; hay mujeres como Gisela, 34, intersexuales; otras como Rocío, 22, migrante. Cada una tiene su propia lucha, pero esta mañana, todas han entendido que su lucha pertenece a una más grande que es de todas: la que defiende la vida y la dignidad. 

Han roto ya el silencio y eso trajo una certeza dolorosa: la violencia contra la mujer no es una, son muchas; la violencia contra la mujer no la comete un hombre, la cometen muchos hombres, incluso los más queridos; la violencia contra la mujer es sistémica. Ese conocimiento les duele. Entonces danzan para liberar la ansiedad y el miedo que provoca ese saber.

Mueven sus cuerpos, dan pasos lentos, les instan a que en cada movimiento reflejen el dolor, la impotencia, la rabia. Se agachan, apoyan las rodillas en la tierra. Golpean el suelo con los puños. Inconscientemente, fuera de todo guión, las lágrimas corren por sus rostros. Gritan nombres de quienes ya no están: Lesvy, Mariana, Karla, Mónica, Verónica. Los gritos se vuelven alaridos. Terminan recostadas en el suelo. Simulan la muerte, su muerte. 

“(Hay) mujeres que, en lugar de pedir permiso, imponen su propia existencia. Mujeres que, en lugar de implorar perdón, exigen justicia. Porque las instrucciones de ensamblaje dicen que la mujer debe ser sumisa y andar de rodillas. Y, sin embargo, algunas mujeres hacen la travesura de andar erguidas”. Recita, mientras tanto, la mujer convocante a la danza colectiva las palabras que el subcomandante Insurgente Marcos ofreció en 2006 en honor a las mujeres de Atenco. 

Al término, ellas se levantan. Hay un shock colectivo. Un silencio, pero no de los de callar, sino el silencio que viene después de, por fin, hablar. Alguien dice que pondrá una canción que le gustaría dedicarle a todas las presentes. “Hay que encontrarse, reconocerse. Nos queremos vivas, nos queremos fuertes”. 

Alguien más grita al centro del patio de tierra amarilla que hay que abrazarse. Se acercan todas, pegan sus cuerpos, se abrazan, lloran, gritan en un círculo gigante que simula un caracol. “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, corean. La danza les ha traído otra certidumbre: no están solas, se tienen entre ellas. 

  

@AleCrail

 

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