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Las lágrimas de Fuentes

ENRIQUE SERNA escribe sobre Carlos Fuentes y Tlatelolco. “Inesperadamente Carlos se desprendió del grupo, y apoyándose en un coche estacionado, empezó a sollozar y a lamentar con voz entrecortada la muerte de tantos mexicanos inocentes”.

Por Emequis
7 / 27 / 20

EMEEQUIS.– Un episodio importante de la vida de Carlos Fuentes, narrado por Rita Macedo en su autobiografía Mujer en papel, sugiere que el novelista tuvo una gran capacidad de empatía, o bien un talento histriónico extraordinario. Recién llegados a México tras una temporada en Europa, Rita y Carlos fueron a cenar al departamento de la China Mendoza en la Unidad Tlatelolco. A la salida, Fuentes quiso recorrer la plaza de las Tres Culturas, el escenario de la matanza de estudiantes ordenada un año antes por Díaz Ordaz. “Caminamos un trecho y nos detuvimos cuando la China nos señaló el lugar donde habían caído muchas víctimas. Inesperadamente Carlos se desprendió del grupo, y apoyándose en un coche estacionado, empezó a sollozar y a lamentar con voz entrecortada la muerte de tantos mexicanos inocentes”.  La escena de llanto se repitió media hora después, en otro ángulo de la plaza, con gemidos más desgarradores.

Para entonces, el matrimonio de Carlos y Rita ya estaba en crisis, porque las infidelidades del escritor los habían llevado al borde de la ruptura. Días antes, Carlos había confesado a su esposa que estaba enamorado de otra mujer. Tal vez por eso Rita no dio crédito a la consternación de Fuentes: “Yo lo miraba asombrada, preguntándome: ¿Cómo es posible que este hombre quiera destrozar la vida de su mujer y abandonar a su hija y al mismo tiempo llore desconsoladamente por gente que jamás conoció? Sentí que su dolor estaba destinado a impresionar a los amigos. Por primera vez me dije: ¡Qué farsante eres, Carlos!”. 

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Como Rita estaba predispuesta contra su marido, un lector suspicaz no debería darle la razón acríticamente. Cualquiera que haya estado en un trance parecido sabe que una mujer despechada puede achacarle pecados imaginarios a un amante ingrato. Pero un actor reconoce a otro y en vista del oportunismo que Fuentes mostró un año después, cuando aceptó la embajada de México en París, el diagnóstico de Rita debe ser tomado en cuenta. Sólo hay una manera de saber si las lágrimas de Fuentes fueron fingidas o verdaderas: buscar la fuente de sus lágrimas.

La mejor pista para encontrarla está en otro pasaje de la autobiografía, donde Carlos le cuenta a Rita que no ha dormido durante varias noches. “Lo que escribí sobre los revolucionarios de mayo en París precipitó los acontecimientos aquí. Me siento responsable de haber empujado a los estudiantes a enfrentarse con asesinos”.  

Esa culpa infundada y artificial revela que Fuentes sobrestimaba el impacto de sus ensayos políticos. Pero el vínculo de un autor con sus lectores puede pasar con facilidad de lo espiritual a lo emocional y como Fuentes, en efecto, tenía en México a un numeroso público juvenil, es comprensible que se haya sentido responsable por incitarlo a la rebelión mientras él conquistaba los cenáculos intelectuales de Francia.    

 La idea de que el mundo gira alrededor de nuestro ego seduce a todos los escritores. El novelista es un demiurgo que desarrolla una relación filial con sus criaturas y tiende a incluir a sus lectores en esa familia, en calidad de hijos adoptivos. Entre los estudiantes caídos en Tlatelolco seguramente hubo algunos lectores de Fuentes. No eran, pues, desconocidos para el escritor. De hecho, los consideraba discípulos fieles, dispuestos a cualquier sacrificio con tal de seguir a su guía. Por supuesto, en el arrebato sentimental de Fuentes pudo haber un ingrediente de histrionismo: la empatía, en su caso, no era del todo espontánea, pues antes había tenido que imaginarse una cercanía afectiva con las víctimas de la matanza. Pero eso no le costaba ningún esfuerzo:  pasar del plano ficticio al emocional era una gimnasia del intelecto que realizaba con frecuencia ante la máquina de escribir.

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 “El amor a la humanidad debe entenderse como el amor a la humanidad que cada uno de nosotros ha creado en su alma”, escribió Dostoyevski, para deslindarse de la postura moral de Tolstoi, que se ufanaba de amar a la humanidad como idea. Su prédica humanitaria le parecía fraudulenta en términos psicológicos por contradecir “la ley del desarrollo de la personalidad”. Además, criticaba a Tolstoi por querer amar a la humanidad desde su eminente posición de hacendado progresista, es decir, desde una posición dirigente (el gran ensayo de Goerge Steiner Tolstoi o Dostoyevski relata los pormenores de esa pugna filosófica). Al parecer, Fuentes amaba a la humanidad a la manera de Tolstoi: creía en el compromiso político del escritor pregonado por Sartre, aunque no lo llevó tan lejos como Revueltas: él se conformaba con marcar desde lejos el rumbo de los movimientos populares. Pero la imagen de la humanidad que había creado en su alma era quizá, tan vívida y real como la de Dostoyevski, de manera que su llanto no era del todo falso. Simplemente no podía desligar el altruismo del egoísmo, ni la existencia de la escritura.

 

 

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