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Rosario Robles, la lección de la resistencia

A la exjefa de Gobierno le tocó pagar la cuenta de los castigos que se quisieron propinar al antiguo régimen. La veían como un trofeo mayor del entorno del expresidente Enrique Peña Nieto. Su actitud contrasta con la de Emilio Lozoya Austin, ex director de Pemex, que trató de involucrar a propios y extraños en sus propias fechorías

Por Emequis
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CONFIDENTE EMEEQUIS

EMEEQUIS. El calvario que sufre Rosario Robles Berlanga podría terminar pronto. Un Tribunal Colegiado ordenó que se revise su caso para eventualmente darlo por cerrado, ya que se dejó, sin efectos, una resolución que impedía el sobreseimiento. 

La ex secretaria de Desarrollo Social pasó tres años en la cárcel, cuando la propia ley le permitía enfrentar su proceso en libertad. Para retenerla, falsificaron una licencia de conducir. La detuvieron porque ella misma acudió al juzgado cuando se le citó. “La injusticia en carne propia”, dijo alguna vez, al describir su situación.

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Ahora mismo continúa sujeta a medidas cautelares como la de firmar en el juzgado y la prohibición de salir del país. 

Lo que padecido es un absurdo que muestra el uso faccioso de la justicia y las redes que se articulan desde el poder político y la FGR cuando les interesa y conviene. 

Su caso, el de Robles Berlanga, terminará por ser emblemático por todo lo que ha estado en juego. 

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Veremos que ocurre en los próximos días, semanas y meses, pero la defensa ha ido ganando recurso a recurso, paso a paso, en un entramado jurídico bastante complicado, porque el caso, de modo irremediable, está cercado e influido por la política. 

A Robles Berlanga le tocó pagar la cuenta de los castigos que se quisieron propinar al antiguo régimen. La veían como un trofeo mayor y un símbolo del entorno del expresidente Enrique Peña Nieto. Sus captores pensaron que se derrumbaría y que podría ser una pieza que empujara a otras más en una suerte de efecto dominó. 

En ello se equivocaron, porque Robles Berlanga siempre alegó su inocencia y en eso se mantuvo y mantiene. Nadie sabe lo que enfrenta una persona en prisión, el significado que puede tener el encierro, por eso es aún más destacable su actitud de firmeza. 

¿Quién le podría reprochar que diera el paso al criterio de oportunidad? ¿Alguien tendría el descaro de reclamarle? 

Probablemente no, pero resulta que quien fue jefa de Gobierno, la primera en la historia democrática de la Ciudad de México, optó por el sinuoso camino de demostrar que no es culpable de las omisiones de las que, en el contexto de la Estafa Maestra, se le acusan.

Por momentos batalló en una soledad increíble en lo que respecta a los que fueron sus compañeros de gabinete. Los que la respaldaron, con pocas excepciones, lo hicieron en silencio, con discreción, para no despertar el interés de Palacio Nacional en ellos. 

Un error, porque los legados políticos se tienen que defender, hay que encarar desafíos y retos, mantener un cierto pundonor que permita resistir los desafíos que suelen desatarse con la perdida de la influencia y el poder. 

Tuvo la fortuna, eso sí, del acompañamiento de familiares y amigos. Supongo que eso le dio fuerza, sobre todo cuando parecía que oponerse a la arbitrariedad era una empresa vana y condenada al fracaso.

De alguna forma le ayudó su trayectoria. Una biografía que se inscribe desde el sindicalismo universitario, que pasa por el viejo Palacio del Ayuntamiento, la dirigencia del PRD y que aterriza en despachos de secretarías de estado de enorme importancia.

Es más, sin el trabajo que ella realizó en la elección del año 2000, el presidente López Obrador no habría ganado la contienda por la Jefatura de Gobierno. Un hecho que incomoda a algunos, pero que resulta incontrovertible desde el punto de vista histórico.  

La actitud de Robles Berlanga es un contraste, más que evidente, con Emilio Lozoya Austin, el ex director de Pemex que trató de involucrar a propios y extraños en sus propias fechorías y se encuentra perdido en el laberinto de historias que utilizó para intentar evadir sus responsabilidades. 

Robles Berlanga buscar recobrar la tranquilidad a partir de su defensa, Lozoya, en cambio, pretende salvar el pellejo traicionado y acusando, en un esquema donde la verdad es lo que menos le importa. 

Veremos qué ocurre con la ex jefa de Gobierno, cuanto se puede demorar todavía el retorno de una de las políticas más destacadas de la izquierda –ella sí proviene de esa constelación ideológica—a la normalidad, en la medida que ello sea posible luego vendaval que se le vino encima.  

 @jandradej

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