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Análisis

Pinche y bendita química...

BEATRIZ RIVAS escribe sobre las emociones: “Que el hombre frente a mí me parezca atractivo, que su conversación me tenga embobada, que los planes que me propone hagan que me brinque el corazón, es una mera respuesta química”.

Por Beatriz Rivas
18 ene 2020

Ilustración: Raquel Moreno.

 

Preferiríamos pensar que somos libres y

que en todo momento podemos crearnos

de nuevo a nosotros mismos.

 

Olga Tokarczuk

 

Para alguien como yo, creyente en la magia de la ficción y en el enorme poder del amor (sobre todo, del enamoramiento), sabernos pura química es un golpe al estómago y el corazón. Un trancazo que rompe ilusiones y sueños. No es justo, me repito al leer, desde hace muchos años cada cierto tiempo, las noticias sobre avances científicos que demuestran que los hombres somos quienes somos y nos comportamos de la manera en la que lo hacemos, gracias a un mundo de sustancias viajando por nuestro cuerpo y a nuestra carga genética. 

Entonces, de existir el alma –que pesaría 21 gramos–, se podría describir sobre un pizarrón, de acuerdo a una fórmula química precisa. Algo así como el agua: aunque es fuente de vida, aunque los poetas escriban estrofas al dulce vaivén de las olas y los filósofos diserten sobre el transcurrir de las aguas en ríos y arroyos, simplemente responde a un higiénico H2O. 

Así de fría es, en el fondo, la explicación de emociones, sentimientos, planes, gustos, metas, odios, deseos, encuentros y desencuentros.


Nos enamoramos gracias a químicos, a neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina (entre otros) que inundan al cerebro de feniletilamina. Que el hombre frente a mí me parezca atractivo, que su conversación me tenga embobada, que los planes que me propone (inmediatos y a largo plazo) hagan que me brinque el corazón, es una mera respuesta química. Que sea en este hombre preciso en quien puse la mirada, depende, en un primer momento, de nuestro olfato, pues las feromonas liberadoras se perciben por la nariz.

Todo indica que el beso (¡Ay!, qué maravilloso invento el de besar) es tan solo una prueba del organismo para verificar que hayamos seleccionado a nuestra pareja adecuada. La decisión final (casarme, vivir con él, tener sus hijos) no responde a que compartamos la manera de ver el mundo, a que tengamos la misma educación o intereses parecidos, a que me guste su ternura, inteligencia, cultura o congruencia. No, resulta que es la química quien decide sin siquiera pedirnos permiso y se encarga, también, de que perdamos lucidez para que ella pueda actuar por su cuenta. ¡Qué gran y malévola estrategia! ¡Cuántas canciones y películas románticas desperdiciadas!

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Nos desenamoramos, también, por culpa de los químicos, ya que en un principio forman una enorme cascada que se va terminando con el rápido paso del tiempo, hasta acabar en un pequeño goteo. ¿Ahora se explican tantas rupturas y divorcios?

El amor maternal, que se volvió mi eje desde el día en que fui madre, ese amor tan puro que todos tendemos a idealizar, se debe a la oxitocina: la hormona del apego o del vínculo emocional. Gracias a ella no nos volvemos locas con el estridente chillido de un bebé, que no cesa durante varias noches. Gracias a ella sobrevive la especie humana y no dejamos olvidados a nuestros hijos, para siempre (y a propósito), en el columpio de algún parque.

Ahora se está comprobando que las hormonas y la genética también se encargan de que seamos menos o más hábiles para los deportes. Por ejemplo, el gen ACTN3 tiene que ver con los poderosos atletas de élite. Este gen produce una proteína que solo se ha encontrado en las fibras musculares rápidas; es, pues, el responsable de la velocidad. La ACTN2, en cambio, provoca la resistencia. Resulta que los atletas blancos tienen más ACTN3 y los latinos, más ACTN2. De la química depende no sólo si eres atlético o no, sino cuál es tu deporte adecuado y hasta qué tipo de entrenamiento te deben dar. En mi caso, me parece que no tengo ningún químico del ejercicio. Tal vez por eso, aunque ponga en mi lista de propósitos de Año Nuevo, año con año, que debo ejercitarme, resulte un plan previamente frustrado. Saber lo anterior me ha quitado un peso (metafórico) de encima... pero evitar el ejercicio, no me va a quitar el peso (real y tangible) que traigo de más.

Nuestro metabolismo está directamente relacionado con los genes. ¡Hasta el simple acto de tomar café! El efecto que tiene la cafeína en la salud cardiovascular, es distinta entre los diferentes genotipos; de ahí que pueda gustarnos menos o más. Hay quienes afirman que no pueden comenzar el día sin un café bien cargado. Y aunque crean que es un mero gusto, un placer elegido, se equivocan. Si los filósofos no atinan a definirnos como seres libres, las investigaciones científicas en relación a nuestra genética y química, son todavía más crueles: no tomamos, en libre albedrío, casi ninguna decisión. 

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Pero todas las malas noticias llevan, a su lado, una buena: sabernos pura química conlleva ciertas ventajas. Ya tenemos a quién echarle la culpa de nuestros fracasos: ese metabolismo aletargado, ser tan hiperactivos que cansamos a cualquiera, hablar de más o de menos, ser demasiado flacos u obesos, si nos enamoramos de la pareja equivocada, si amanecemos de pésimo humor o tendemos a las adicciones, si somos tan flojos que el mayor ejercicio del día es caminar hacia el refrigerador, si no toleramos las grasas saturadas o decidimos divorciarnos, si abandonamos nuestro proyecto de vida en aras de cuidar a nuestros hijos las 24 horas del día, si nos gusta beber alcohol [1], si preferimos consumir alimentos salados o azucarados. ¡Hasta los problemas con el tendón de Aquiles! Los locos, sociópatas y asesinos seriales tienen justificación.

Pronto, los seres humanos comenzaremos a ponerle altares a los químicos y a darles las gracias o, bien, a demandar a la oxitocina, al androstenol, al hidroxilapatita (no se rían) y a genotipos estilo BDKRB2, PPARG, GPX1 o el NRF2, entre docenas más. Aunque sospecho que tendrán derecho a defenderse y seguirán recorriendo nuestro cuerpo con un amparo bajo el brazo...

[1] Tomar al menos una copa al día, disminuye los riesgos de enfermedades cardiovasculares gracias a un gen llamado AD1HC. 

 

 @Brivaso


Beatriz Rivas

La autora es novelista. Ha publicado, entre otros libros, "La hora sin diosas", "Jamás, nadie", "Dios se fue de viaje" y "Fecha de caducidad", todos en Alfaguara. Tiene cuatro vicios: escribir, leer, viajar y tomar mucho whisky

Beatriz Rivas

La autora es novelista. Ha publicado, entre otros libros, "La hora sin diosas", "Jamás, nadie", "Dios se fue de viaje" y "Fecha de caducidad", todos en Alfaguara. Tiene cuatro vicios: escribir, leer, viajar y tomar mucho whisky

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