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La lengua de Hitler

Una de las características más acusadas del régimen que implantó Hitler fue el de la repetición. En los días finales del Tercer Reich, en la radio de Berlín se leía el artículo de Goebbels que se publicaba los sábados.

Por Emequis
12 / 27 / 22

CONFIDENTE EMEEQUIS

EMEEQUIS.– Las épocas se definen por su lenguaje. En 1946 Víctor Klemperer dedicó LTI. La lengua del Tercer Reich a su esposa Eva. Era un homenaje a la mujer que le permitió vivir. Los Klemperer eran un matrimonio que superó enormes dificultades, porque ella era aria y él, judío. 

Para nada resultó sencillo sobrevivir a los nazis, en Dresde, Alemania, pero lo lograron y por ello tenemos uno de los análisis más interesantes y reveladores que hay sobre el poder tóxico de las palabras, cuando se utilizan para esparcir el odio. 

Klemperer era filólogo y daba clases de literatura francesa en la Universidad de Dresde, hasta que las leyes raciales se lo impidieron. 

En los hechos, su libro es una disección sobre la anatomía sobre un régimen bestial y que no conoció de contenciones ni límites por poco más de una década (1933-1945).

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Escribe Klemperer: “me aferré al lenguaje, que me sirvió de balancín para superar la monotonía de las diez horas en la fábrica, los horrores de los registros domiciliarios, las detenciones, los malos tratos, etcétera, etcétera”. 

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Sabía que las palabras sacan a luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, porque “las afirmaciones pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo del lenguaje”.

El trabajo era complicado, porque los judíos tenían prohibido comprar o pedir prestados libros o diarios. 

“El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de las palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que se imponían repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”.

Por ello, “las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo del tiempo se produce el efecto tóxico”.

Una de las características más acusadas del régimen que implantó Hitler fue el de la repetición. En los días finales del Tercer Reich, en la radio de Berlín se leía el artículo de Goebbels que se publicaba los sábados. Era la línea que se establecía para que los periódicos lo trasmitieran por todo el territorio dominado por Alemania. 

El LTI (Lingua Tertii Imperii) funciona porque enseña los medios para fanatizar y sugestionar a las masas y “nunca se escribió un manual más descarado del embuste clerical que ‘Mi lucha’ de Hitler.” 

Klemperer recuerda el plebiscito que Hitler organizó sobre su propia política y que en los hechos era el anuncio de los ataques a la división de poderes y a los legisladores. 

La primera vez que el filólogo escuchó completo un discurso de Hitler y dejó constancia de la voz chillona y de predicador sectario. 

Hitler, después de todo, se mostraba como un abnegado servidor de Alemania, no por ambición personal, sino “para proteger la paz de los ataques de una pandilla internacional y desarraigada de mercaderes que por sus beneficios azuzan sin escrúpulos a pueblos integrados por millones de personas”.

Algunos colegas le llegaron a decir a Klemperer que Hitler terminaría sumido en un delirio religioso. “La sobre excitación de la megalomanía vivía en él en conflicto permanente con los delirios paranoicos, de modo que ambos estados patológicos se exacerbaban recíprocamente”.

Durante el nazismo se decantó, con claridad, el despreció a los intelectuales, porque “quien piensa, no quiere ser persuadido, sino convencido y quien piensa sistemáticamente, es doblemente difícil de convencer”. 

El pensamiento “aspira a la claridad, la magia se practica en la penumbra”.

El 20 de abril de 1941, antes de la invasión de Rusia, Goebbels afirmó: “no necesitamos saber lo que el Führer quiere hacer, nosotros creemos en él.”

Klemperer se lamenta de que el nazismo haya sido acogido como una suerte de evangelio por millones de personas.   Un discurso que no dejó nunca de ser de taberna, de una simplicidad violenta. 

“No existe discurso del Führer que no contenga dosis exhaustivas de enumeración de éxitos propios e insultos sarcásticos contra los adversarios”.

Una de las cuestiones que subyace en toda esta historia que padecieron millones de personas víctimas de la barbarie desatada por Hitler es ¿cómo fue posible que ocurriera?

Entre otras, hay una respuesta estremecedora: los que rodeaban al líder. “¿Qué hace un séquito perfecto? No piensa y ya ni siquiera siente… Sigue”. 

Nota: esta columna se toma un breve descanso, pero nos leemos el 2 de enero. Felices fiestas. 

@jandradej 

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