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Aventuras de Tere Velázquez

“La vida de Tere Velázquez fue mucho más interesante que sus películas, a juzgar por las aventuras que me han contado quienes tuvieron la suerte de conocerla”. ENRIQUE SERNA escribe sobre las andanzas de la diva.

Por Emequis
7 / 13 / 20

EMEEQUIS.– A últimas fechas, la picaresca de la farándula mexicana se ha enriquecido con dos valiosos testimonios: el documental Bellas de noche de María José Cuevas, un recuento existencial de varias vedettes famosas en los años 70, y la autobiografía de Rita Macedo Mujer en papel, que ya reseñé en este espacio. Con valentía y desparpajo, tanto la actriz como las vedettes narraron sus glorias eróticas, los escollos que libraron para destacar en un medio machista infestado de tiburones, y su empeño, generalmente mal correspondido, por compaginar el éxito profesional con la plenitud amorosa. Ojalá hubiera más biógrafos, novelistas y cineastas que reconstruyan las andanzas de nuestras divas olvidadas, a contrapelo de la banalidad y el amarillismo habituales en el periodismo de espectáculos. Hay aquí un gran filón narrativo para quien logre compenetrarse con sus fantasmas.

El nombre de Tere Velázquez quizá no le diga nada a los jóvenes, pero si se asoman a sus fotos en google o ven alguna escena de sus películas en youtube entenderán por qué durante un par de décadas (los 50 y 60), soliviantó el sistema endócrino de millones de mexicanos. Alta, rubia, frívola, coqueta, provocadora, con un garbo magnético y una sobredosis de feminidad que seducían a la cámara, Tere nunca necesitó dominar el arte dramático para destacar en el cine. Su filmografía (películas de luchadores, comedias rancheras, melodramas baratos), no le asegura un sitio de honor en la historia del séptimo arte, pero los que nos enamoramos de ella en la infancia ni siquiera prestábamos atención a los muladares donde brillaba esa perla. 

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La vida de Tere Velázquez fue mucho más interesante que sus películas, a juzgar por las aventuras que me han contado quienes tuvieron la suerte de conocerla.  Algunas son dignas de Holly Goligthly, la encantadora fichita que desayunaba en la joyería Tiffany’s. A finales de los 50, becada por un poderoso padrino, Tere hizo un viaje de estudios a París, para aprender francés en la Sorbona. Una tarde, sorprendida por la lluvia al salir de clases, tuvo que guarecerse bajo el toldo del Café de Flore, empapada y tiritando de frío. Con la camisa mojada se le marcaban los senos y temió que algún clochard le faltara al respeto. Una pareja otoñal sentada en la terraza del café le ofreció servilletas para secarse, la invitó a su mesa y le hizo conversación en inglés, lengua que ella dominaba desde la infancia, por haber nacido en Estados Unidos. Como pasaba a menudo por el mismo café, se hizo amiga de los amables vejiitos, que le prodigaban afecto y elogiaban sus progresos en el francés. 

Terminado el curso, que duró un semestre, Tere hizo una fiesta de despedida en su departamento del Barrio Latino, a la que invitó, por supuesto, a sus otoñales amigos.  Los compañeros de Tere en la escuela para extranjeros se quedaron atónitos al ver entrar a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Tere descubrió entonces que había tratado a dos grandes figuras del mundo intelectual sin saber quiénes eran. Frente a la belleza en estado puro, el intelecto se quita el sombrero. Según Wikipedia, Sartre la consideraba “una mujer insoportablemente femenina” y como Simone era bisexual quizá el cariño de ambos no haya sido tan inocente como ella creía.

La otra historia ocurrió en el Delmonico’s, un exclusivo restaurante de Manhattan. En aquel tiempo, Tere sostenía un romance con el joven Emilio Azcárraga Milmo, pero como su desbordante sensualidad era incompatible con la monogamia, se dio una escapada a Nueva York con el productor venezolano Espartaco Santoni, que más tarde sería el padre de sus dos hijos. En mitad de la cena Azcárraga apareció en el restaurante con otros hombres de negocios. Angustiada, Tere fingió que se le había caído un arete y se ocultó debajo de la mesa. En otra mesa cenaba Salvador Dalí, que al verla de rodillas no dejó escapar esa formidable situación surrealista. También él se puso a gatas y alzando el mantel de su mesa le guiñó un ojo a Tere, que en este caso sí reconoció al pintor y temiendo que su show llamara demasiado la atención de los comensales, le pidió silencio con una seña.  Cuando Azcárraga se perdió de vista, Espartaco Santoni pidió con urgencia la cuenta. 

Aunque Tere Velázquez tuvo amoríos con políticos y magnates, parece haber fallado en el empeño de encontrar un espléndido proveedor. Ese fracaso la honra, pues revela que no supeditaba el amor a la conveniencia económica. En el tránsito de la madurez a la vejez (murió de cáncer a los 56 años) tenía que subarrendar los cuartos de su modesto departamento, pues los papeles de segundona que hacía en las telenovelas no le alcanzaban para sus gastos. Si Sartre, Beauvoir y Dalí sucumbieron al encanto de Tere Velázquez, ¿no habrá por ahí un émulo de Truman Capote que le haga justicia poética?

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