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Colosio y la suerte del segundo tirador

A 29 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas de Tijuana, los coletazos de la tragedia perduran. Cinco fiscales transitaron por el caso y se agotaron las líneas de investigación, pero la verdad siempre suele ser sospechosa. Fabricación de pruebas, tortura, el mismo Othón Cortés, segundo tirador, fue liberado y murió en 2020

Por Emequis
3 / 24 / 23

CONFIDENTE EMEEQUIS

EMEEQUIS. Hay tardes que cambian la vida de los países. Hace 29 años, en Lomas Taurinas, Tijuana, Luis Donaldo Colosio fue asesinado y los coletazos de esa tragedia aún perduran.  

El crimen tuvo el rango de magnicidio, porque Colosio iba a ser el presidente de México. No había forma de que resultara derrotado en las urnas, porque el PRI era, todavía, un partido muy poderoso.

Contendía con Diego Fernández de Cevallos y con Cuauhtémoc Cárdenas, aunque su adversario más evidente provenía de su propio partido, Manuel Camacho Solís. 

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La muerte de Colosio significó un golpe seco y contundente en el entorno del entonces presidente Carlos Salinas y muchas carreras en el servicio público se diluyeron o ya no alcanzaron los niveles a los que estaban predestinadas. 

Además, aunque exista alguna distorsión por el prisma del tiempo, lo evidente es que Colosio era un hombre de grandes cualidades humanas y políticas. Un hijo del esfuerzo, cuando ello se traducía en una biografía de gobierno y política, ajena a los escándalos y más bien centrada logros destacados. 

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Como suele ocurrir, cabos sueltos y múltiples intereses, buenos y malos, no permiten que el expediente se cierre del todo, aunque la PGR haya realizado una investigación minuciosa en la que llegó a la conclusión de que Mario Aburto actuó en solitario.

Ahora mismo está abierta una carpeta en la FGR, a partir de una recomendación de la CNDH, para determinar si Aburto sufrió torturas durante los interrogatorios que le practicaron en los primeros momentos, luego de ser detenido, o en lo que se desarrollaron con posterioridad. 

Es probable que el resultado sea similar al que ya conocemos y que indica que Aburto no sufrió de tratos crueles, aunque es evidente que no la debe haberla pasado nada bien. 

Para nada es difícil imaginar las tensiones, presiones e inclusive los miedos que se debieron desatar en las oficinas del ministerio público, ante un hecho inusitado e inclusive, inverosímil. Nadie podía tener la certeza sobre lo que enfrentaban, pero todos sabían que transitaban por una especie de cuerda floja. Cinco fiscales lo atestiguarían, en carne propia, en los años siguientes.

En el fondo, un suceso de esas proporciones nunca puede tener un aterrizaje suave, ni mucho menos, porque la serie de fuerzas que desata impiden que se resuelva sin daños.

La verdad siempre suele ser sospechosa. 

Pero en esencia, y eso sí es lo que se desprende del trabajo que en su momento realizo el subprocurador especial para el caso, Luis Raúl González Pérez, es que se agotaron todas las líneas de investigación, y que inclusive se realizó un estudio del entorno político, una suerte de innovación criminológica por aquellos días.  

Las dudas de la sociedad, sin embargo, son explicables, por el desaseo con el que se condujo uno de los encargados de resolver el crimen, Juan Pablo Chapa Bezanilla, quien estaba obsesionado por demostrar que había intereses políticos detrás del atentado. 

Se trató de fabricar culpables, torciendo las pruebas o inventándolas.  Es más, buena parte de los esfuerzos posteriores de la PGR consistieron en desenredar lo que Chapa enredó.

Hace ya varios años, escribí un reportaje en torno a Othón Cortés, acusado de ser el segundo tirador. Los jueces terminaron por absolverlo, pero pasó un par de años en la prisión de máxima seguridad de Almoloya de Juárez. Le quedaron consecuencias de la tortura que sufrió, sobre todo en uno de los oídos debido a los golpes y cachetadas que le propinaron mientras los trasladaban a la Ciudad de México. 

Ya en libertad, fuimos a Lomas Taurinas. Me enseñó los lugares del trayecto, las vicisitudes del mitin. Su trabajo en realidad consistía en ser chofer y en resolver encargos que le hacían los dirigentes locales del PRI y el propio Colosio cuando viajaba a Baja California. Eran tareas modestas, porque el candidato contaba con la seguridad que le proporcionaba el Estado Mayor. 

Es curioso, para Cortés, el momento más importante de su vida en realidad resultó el peor. La impresión que siempre me dio, es que sabía que la muerte de Colosio era, a fin de cuentas, la suya propia, aunque esta haya ocurrido en 2020. 

 @jandradej

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