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Victimario (2): Entre el perro y la pared

Viridiana le advirtió a su comandante que ya estaban en la nómina de Los Zetas: “Ya estamos dentro, yo ya recibí este dinero para ti. Por haber recibido la lana ya estamos dentro”. Aceptó el sobre amarillo. Sería el único que recibiría. Victimario es una serie de crónicas que se adentran en las motivaciones que llevan a una persona al acto criminal. SEGUNDA PARTE.

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EMEEQUIS.– En las cavernas de la SIEDO, oculto su rostro entre las sombras, el comandante recordó los días cuando se torció el destino, al engrosar las filas del narco. Era la ley de la plata o el plomo, su vida o la de su hija; ese fue el camino que, tramo y bala, se hizo hasta la reclusión. Quedaban sepultados 13 años como policía de Actopan, en los que llegó como agente de camino y terminó como comandante.

Ahí, en la soledad de las celdas, pensó en Viridiana, la mujer que hace tiempo aborrecía y no había podido quitarse de las barbas, a las que se le subió a punta de miedo.

Cuando recién llegó al grupo, Viridiana no despertaba mayor gana. No sabía que iba a taladrar su cabeza hasta hacer un orificio perfecto, por donde se filtraría lo mismo la rabia que el temor; con ella, con sus fauces afiladas, era como estar entre el perro y la pared.

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Casi enseguida de que entró, Viridiana le pidió permiso para tomarse una o dos horas en cada turno, que se cubrían de 24 por 24.

Al principio, jefe consecuente, aceptó, pero al poco rato le vino una duda a la cabeza: ¿por qué necesitaba ausentarse siempre? A la larga, iba a ser un lastre con el que sólo él iba a cargar. 

Pero cuando lo supo, hubiera querido jamás haberlo preguntado: Viridiana quería ausentarse para vigilar la carretera, por si había algún operativo, a veces de federales o soldados, porque trabajaba para Los Zetas. No tuvo reparo en contarlo. Sabía del poder que poseía, el que daba hablar en nombre del cártel.

Viridiana le dijo que Guillermo, su compañero en la patrulla 0352, a veces la 0353, era su escolta. Enlistó los roles de todos los subalternos del comandante. Su policía había sido cooptada en sus poros, sin siquiera notarlo.

Le dijo: “Guillermo está en la nómina y tú también”. Así, a quemarropa. Ya no era jefe ni comandante, ya era: “tú también”; ni siquiera un par, ahora un subordinado.

El comandante respingó. Arqueó las cejas de asombro y chasqueó la boca, muda entonces por el asombro, pero antes de que el miedo saliera entre los dientes, aunque ya le flameaba en los ojos, Viridiana le advirtió: “ya estamos dentro, yo ya recibí este dinero para ti. Por haber recibido la lana ya estamos dentro”.

Dice que quería protestar, pero ya había una fama mal habida de un cártel sanguinario, y temió más. Si era verdad que esa mujer regordeta, maciza, trabajaba para Los Zetas, no se debía sublevar. Se culpó después por no haber dicho nada en ese momento. Apretó el sobre amarillo con desgana, con impotencia también, como si las arrugas sobre el papel que hacía con sus uñas pudieran impedir lo que era. Ahí venían los 5 mil pesos del primer mes. Sería lo único que recibiría.

Viridiana le instruyó que alertara si oía por radio que había operativos. La estatal, penetrada también por el narco, avisaba cuando había movimiento de azules o militares, para que nadie se alarmara. Entonces recibían el reporte en la “guardia” y él lo pasaba a la otrora subalterna. Legalmente, él tenía mayor jerarquía, pero en la ley del cártel Viridiana era la mandona y a ella debía obedecer. Se volvió indefenso. Se hizo pequeño ante sus propios agentes, que reían a sus espaldas; sólo con el cargo de facto.

A los pocos días hubo un operativo. Se escucharon las sirenas por la noche, ya después de que el ejército había entrado al pueblo vecino de El Arenal. Barrieron la comandancia municipal, acusada de proteger a Los Zetas. A golpes anduvieron cazando a los policías por las calles y los subieron a patadas, puesto el rifle sobre la nuca. De ahí un rino –como se conoce a los armatostes blindados– los llevó a la SIEDO.

El comandante se atemorizó más. Sentía los pasos tan cerca. Había entre los dos poblados no más de 29 kilómetros, una carretera de dos carriles que los distanciaba de 15 minutos. Sentía cerca el ladrido del perro. Si habían llegado hasta ahí, podían llegar hasta acá. 

Con el temor vivo buscó a Viridiana. Le dijo que ahí quedaba, que él ya no quería seguir, que lo más que podía hacer era como si nada pasara, pero no quería estar dentro de la organización. Las manos le temblaban. El sudor había mojado el sobre de papel manila en que llevaba los 5 mil pesos que le habían dado. “Si quieren les regreso sus 5 mil”, le dijo, como si ese fuera el candado entre un destino y otro. Para el cártel el dinero no hacía falta. Ellos ya habían pagado por su voluntad. A la fuerza, pero pagado. Ellos iban a cobrar la deuda.

Viridiana soltó fuego: “ni madres, ya estás dentro; aquí quien sale se lo carga la verga”. Y él sabía que era verdad.

Después de que su patrona-subalterna le dijera que trabajaba para Los Zetas, su teléfono sonaba cada vez más. Del otro lado, la voz como un ladrido: “¡o te alineas o te carga la verga!”. Enseguida empezaba a timbrar el teléfono de la oficina. La voz y el mensaje eran los mismos. En la carátula de su celular siempre aparecía una leyenda: “número desconocido”, sin poder identificar más de aquellos gritos imperantes con los que lo amenazaban. 

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En otro momento, en las celdas cabizbajo, asumiendo recién los golpes que había recibido cuando lo detuvieron, recordó que Viridiana había sido el último anzuelo con el que lo pescó el cártel. Días antes del ingreso de la reclutadora, tres hombres habían llegado a su comandancia. Uno, el que parecía el jefe, custodiado por los dos más, dijo ser el general Salazar, de la Décimo Octava Zona Militar. Cuerpo rígido, brazos como rocas, al igual que las piernas que sostenían su metro setenta y cinco, le dijo que andaban buscando a un comando que era Zeta, que trabajaba ahí mismo en la policía municipal. Como era su superior, supuestamente querían que les ayudara a ponerle un cuatro. 

Llamó por teléfono a su jefe para decirle que de la zona militar lo estaban buscando, pero andaba en Pachuca entregando oficios del armamento que tenían. “Que me esperen 20 minutos”, pidió. Salazar puso el dedo donde se cuelga el teléfono. La espera para él no era necesaria. Ya se había impuesto, con aquella orden, sobre la voluntad del comandante. Ya lo había debilitado.

Al comandante le quitó su celular y le dio uno nuevo, en el que iban a estar en contacto con él. La orden fue precisa: este aparato no se apaga y siempre se contesta. Cuando detuvieran al director le iban a marcar ahí. Esa llamada nunca llegó, pero otras sí. 

Aunque cambiara de número, el general siempre lo conseguía: “¿Qué pasó, compadre? ¿Paso por ti a las cinco para que vayamos a comer?”. Encubría el terror que infligía rumiando suave las palabras. 

Y él siempre trataba de poner un pretexto: “es que no puedo, voy de camino a operativo”.

“Ta bueno”.

Así hasta que la paciencia del supuesto militar Salazar y, aún más, de los emisarios que lo enviaban, terminó. Ese día no lo olvida porque su celular, otro de los que ya había conseguido, timbró sin cesar hasta que descolgó el auricular. 

El incendio fue directo: “¿Sabes qué, güey?, tenemos la dirección a donde va a la escuela tu hija. Tu hija es una güerita, alta, nalgoncita, bien buena. ¿Quieres que me la coja? ¡Alíneate o te carga la verga! 

“Sabes de qué te estamos hablando, no te hagas pendejo, y si quieres verificar, tenemos vigilada tu casa”.  

¿DE QUÉ VA VICTIMARIO? EL RESUMEN

El comandante se llenó de miedo. Lo primero que hizo fue llamar a un amigo de confianza en la municipal de Actopan: “Yo voy por tu hija y me la llevo, tú no tengas miedo, cabrón”. Trataba de animarlo, por la congoja que escuchaba al otro lado del teléfono, pero el temor ya había hecho lo suyo, extendiéndose por todo su ser. 

Tendido llegó a su casa. Rechinaban las llantas por los frenados y por el pie clavado al acelerador, forzando la vieja pedacería en la que viajaba; por el escape salía una humareda que hedía a quemado.

Cuando iba por la esquina de la calle donde vivía, notó que había una Ford Lobo estacionada, sin placas y con los vidrios polarizados. Era color guinda. 

Ahí vibró de nuevo su pierna, como un temblor, por el celular que tenía metido en la bolsa del pantalón: “¿no que no, putito?”, soltó la voz del otro lado, burlona y amenazante. “¡Le dices a alguien y nos cogemos a la güerita!”. El grito, que ensordecía, no era más que el miedo.

Ya no había revés. Sabía que lo acechaban y ahora también a su familia.

Se había separado de su mujer hacía tiempo, pero el temor lo orilló de nuevo a ella. Él gemía por el llanto como niño indefenso y juraba que no sabía por qué lo estaban amenazando.

Entonces creyó que si se encerraban nada pasaría: a ella, que vendía plata y también cortaba el cabello ahí, en su casa, le pidió que no saliera y que cuidara bien a la niña. En su último alarde de gallardía, le dijo: “te aumento el pinche gasto, chingá, pero dedícate por completo a mi hija”. Como si no estuviera su destino sujeto a la voluntad de otros.

Cuando lo meditaba con el miedo aún encima –pues es un fósil que anida dentro–, su exmujer se dio cuenta que a esa Ford Lobo ya la había visto merodear por ahí, pero nunca le había hecho caso. Desde entonces las estaban vigilando. Cada paso, cada movimiento, cada rutina las había hecho predecibles. 

Viridiana quiso dejar claro que nada era aislado. Le dijo de nuevo, sin cortapisas: “tú trabajas para Los Zetas”.

Viridiana, Viridiana, maldita sea tu estampa, pensaba el comandante. Maldita la hora en la que torció el camino. El encierro iría, cada día, acrecentando esa rabia dentro.

Cuando llegó la manada de fieras que lo acecharon para detenerlo, él ni siquiera pudo acercar el dedo a su arma. El dedo le hormigueaba al pasarlo por la cacha; le escurría el sudor. Se rindió a la primera orden de los soldados, inundado por el temor. 

Pero no importaba que hubiera agachado la cabeza, ya era la ley de la furia lo que lo hizo caer, confundido por las patadas sobre su vientre ya golpeado por la acidez.

¡Fue Viridiana; fue Viridiana!, habría gritado si la sangre de los dientes no hubiese sido una laguna en su boca. Había empezado a sucumbir de dolor, uno inmenso, impensado, que se extendía desde las sienes hasta los pies.  

No puede decir que eran otros tiempos, los del narco doblegando a la fuerza, sino un pasado que no se va.

Era la ley de la plata o el plomo. Ese fue el destino que lo llevó a prisión. Era la ley de la plata o plomo, que cual ráfaga de metralleta, escupe a ladridos su amenaza: plata ta tá, ta ta tá, ta ta tá.

CONTINUARÁ…

@axelchl

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