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Tlahuelilpan: más lucro que apoyo a las viudas y los huérfanos de la tragedia

A cuatro años de la tragedia, el recuerdo sigue vivo. “No sabíamos qué hacer, todos nos queríamos morir también”, dice Aurora, cuyo esposo fue uno de los 137 muertos de Tlahuelilpan. “Nunca recibimos algún apoyo, aunque el gobierno dice que todos los huérfanos están becados”. Asegura que él no se dedicaba al huachicol.

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EMEEQUIS.– Cuando el 18 de enero de 2019 explotó una toma clandestina en los límites de Tlahuelilpan y Tlaxcoapan, Hidalgo, una columna de lumbre se levantó de la tierra y tras ella se alcanzó a ver un halo de humo como si fuera la fumarola de un volcán que hizo erupción.

La llamarada se logró ver desde la casa de Aurora. El terror, recuerda, se apoderó tanto de ella como de sus vecinos en Teltipán, una localidad cercana, y salían a las calles para ver cómo había surgido un hades sobre la tierra, que también había cimbrado. Ese miedo se convirtió en una punzada en el pecho de Aurora cuando su celular sonó y la voz al otro lado del aparato le decía insistente que corriera a San Primitivo, donde entonces, supo que había estallado un ducto de Pemex, porque ahí, le decían, habían visto a su esposo. 

Ambos habían hablado una hora antes y no le mencionó que fuera a ese lugar; le dijo que estaba buscando unos materiales en el centro de Tlaxcoapan y que después iba dirigirse a su casa. En el trayecto estaba la toma abierta, en un ejido, que se había convertido en una fuente que se elevaba hasta tres metros por la presión con la que salía el hidrocarburo. El riachuelo de combustible era recolectado con garrafones, cubetas y garrafas. Todo ese rastro del líquido prendió y consumió el entorno.   

Aurora, de 44 años, abre de nuevo ese recuerdo aún doloroso: “No sabíamos qué hacer, todos nos queríamos morir también”, se sincera; cayó en una depresión constante. Su cabello, en estos cuatro años, ha encanecido y su figura es demasiado delgada por las jornadas laborales arduas. Recuerda que a su esposo, uno de los 137 “muertos de Tlahuelilpan”, lo reconocieron por el rastro genético de un fragmento de hueso, que fue el que les entregaron, carbonizado, y sepultaron más de un mes después en un ataúd, para que su hija creyera que el cuerpo estaba completo. 

Pero eso, dice, no fue lo más complicado que tuvieron que afrontar, sino recuperar su vida y sacar adelante a su hija, que cursaba el segundo de primaria; volverse el sustento único, como ha ocurrido con las mujeres que, tras la tragedia, se convirtieron en el sostén económico de los dos municipios que quedaron enlutados.

“La parte difícil viene cuando… ¿cómo le explico a la niña, mi hija, entonces de siete años, que su papá se murió? Era muy pequeña y me decía: ‘tú tienes que ser mala’, ‘¿Por qué?’, le preguntaba. ‘Porque mi papá era bueno y se murió’. Luego le sucedieron un montón de cosas a mi hija: se le murió el tío, el primo, los padrinos, pues todo su mundo, los más cercanos (estas muertes no estuvieron asociadas con el estallido del ducto, sino por otras causas). Y ella me decía: ‘ya sólo falta que tú te mueras’”, y luego se ponía a llorar”.

Aurora, cuyo nombre ha sido modificado por petición de quien es una de las víctimas indirectas de la explosión, carga un pesar por la ausencia que, debido al trabajo como enfermera y un negocio familiar que le demandan de 12 a 16 horas del día, ha sufrido su hija, en los que cree fueron los años más importantes de su vida.  

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“Es difícil esa parte, que cuando más debía de estar yo como mamá con ellos, la mamá se tiene que ir porque ya no existe otro ingreso. Ahora quedo sólo yo y necesito trabajar un poco más, y no es que queramos que nos mantenga el gobierno, no, sino que nos dé fuentes de trabajo para que podamos estar más cerca de nuestros hijos, porque es cierto lo que me dijo mi hija: ‘se murió mi papá y tú te vas’. Yo le respondo: ‘es que me tengo que ir porque alguien tiene que mantenernos, porque no puedes dejar de ir a la escuela, no puedes dejar de comer…’.

Después de que se conociera el saldo final de muertos, el gobierno federal comprometió becas vitalicias para los huérfanos, hasta que culminaran sus estudios, también proyectos productivos y fondos para el emprendimiento de las mujeres que, al quedar solas, se convirtieron en el sustento de sus familias; sin embargo, Aurora asegura que a ella y a su hija no les llegaron.

“Siempre he trabajado, pero ahora es necesario trabajar un poco más, y ese poco más implica desatender esa parte, que cuando mi hija más me quiere, me necesita, yo tengo que decirle: ‘ahorita regreso’. A ella le cambió la vida drásticamente, porque a tan corta edad se pregunta por qué (murió) mi papá”.

Cuando recuerda la noche en vela después de que se pudo controlar el incendio del ducto, y pudo rebasar el cerco militar –ya cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador y el entonces gobernador Omar Fayad Meneses se habían retirado– y ver los fragmentos carbonizados, le vine de nuevo el sentir de la impotencia de no encontrar una respuesta al llanto que doblegaba a las personas ahí en la parcela, en la que se impregnaba el olor a gasolina y carne quemada.

El sitio luce desolado. Fotos: Áxel Chávez.

Los días posteriores también los remembra trágicos: buscando en las funerarias, en los hospitales…

“No sabíamos qué hacer, todos nos queríamos morir también; yo no tenía cabeza para nada, y nosotros sin saber qué hacer. Finalmente, hasta que nos entregan las cenizas de mi esposo, empezamos a pensar un poco más sobre qué íbamos a hacer, que yo ya no podía seguir en la cama llorando, y poco a poco hemos estado ahí”.

En cierta manera, recuerda, el gobierno los “tranquilizó” después de se dio el último saldo de muertos, porque se comprometió con todos que los niños iban a poder seguir con sus estudios con apoyo directo para material educativo, útiles y todo lo requerido, “pero a la fecha no hay nada’.

“Nunca recibimos algún apoyo, aunque el gobierno dice que todos los huérfanos están becados, pero no, no están becados, y yo creo que el dolor más grande es que ellos digan que están becados, y que (la gente ajena a la tragedia vivida) piensen nos mantiene el gobierno, cuando dices: ‘No, mis hijos no tienen beca y yo trabajo aquí, trabajo allá y trabajo más allá’”.      

Aun con el paso de los años, la pregunta de su hija es la misma: “¿Por qué murió mi papá?”.

Es difícil cada que se acercan estas fechas (el aniversario del estallido), porque ella pregunta: ‘¿por qué?’, ‘¿qué hacía ahí?’. ¿Cómo le explico si ni yo misma he podido explicarme ni tengo la certeza de por qué estaba ahí?”.

Lo que conoce su hija, menciona, es que su papá tuvo un accidente y que estaba en San Primitivo. 

“Yo no le he podido explicar: ‘tu papá estaba ahí porque…’ porque no sé; es doloroso para ella. Seguramente piensa que a lo mejor su papá fue quemado. Y ella se pregunta: ‘¿por qué a mí?’ ‘¿Por qué Dios conmigo?’, y yo no sé qué contestarle”, narra Aurora.

La ayuda psicológica prometida para todos los deudos, añade, a su familia tampoco le llegó, y explica que el grado de tristeza que ha manifestado su hija es por el vínculo emocional que tenía con su papá. 

Aurora lanza varias preguntas al gobierno: “¿Qué ha pasado con esos niños huérfanos que tenían tres años? ¿Qué ha sido de ellos hoy? ¿Qué pasó con los que han dejado la escuela? ¿Qué pasa? ¿Nosotros cómo podemos ayudarlos?”.

“No queremos que nos regalen nada”, insiste. “Nosotros siempre hemos trabajado”. “Simple y sencillamente”, dice que, por ejemplo, si tenían que ir a trabajar a México, han pedido que se generen fuentes de empleo en la región para que puedan estar más cerca de sus familias, para disminuir gastos que, ejemplifica, se han incrementado con la pandemia, y tener tiempo para los hijos, porque la orfandad la han afrontado en su totalidad mujeres y adultos mayores.

Tras hablar acerca de los menores huérfanos, menciona que algunos, en aquel tiempo, tenían muy pocos años y no comprendían lo sucedido (su hija tenía siete, hoy 11); sin embargo, cree que con el tiempo y al estar expuestos a mucha información es posible que su idea de lo que pasó vaya cambiando. 

“Mi hija sabe que su papá murió en un accidente, en una explosión, pero seguramente por comentarios sabe algo más, pero le pesa todavía esa parte de ‘mi papá’, porque estaba muy apegada a él, porque la quería mucho, era su adoración y al revés, entonces sintió bastante la ausencia, y más el dolor de pensar en por qué mi papá”, cuenta Aurora, que también hace propias todas esas preguntas para las que no tiene respuesta.  

La explosión cobró la vida de 137 personas. Foto: Cuartoscuro.com.

“QUE NO PRESUMAN LO QUE NO HICIERON”

Para un sector de los deudos, que se ha mostrado crítico con el lucro político después de la tragedia, existe un reclamo cada aniversario por los discursos de funcionarios, en los cuales aseguran que Tlahuelilpan y Tlaxcoapan han salido de las condiciones de marginalidad en el que, afirman las familias, se encontraban antes de la tragedia. 

“Vienen presidentes municipales, autoridades estatales y federales a decir que han dado becas, que siguen apoyando, y yo lo viví de cerca con mi sobrino y mi hermana: no tienen ninguna beca”, reclama Marcela, hermana de Aurora. 

“Yo viví el duelo de mi hermana, la levantamos a fuerza que nos teníamos de donde estaba. Mi sobrino perdió un papá de la noche a la mañana. Se le acabó la vida. Mi sobrina hasta el día de hoy no sabemos cómo explicarle. Ella sabe que su papá se murió, pero no entiende cómo ni por qué de hoy para mañana desapareció su papá. 

“En cambio, dicen autoridades: bequé aquí y beneficios, pero es mentira. Me da lástima que digan eso porque, como todos en Facebook, comentan: ‘son rateros que los mantiene el gobierno’, cuando nunca fue así”, reprocha. 

Una de las demandas es la construcción de un memorial donde ocurrió el siniestro, que originalmente fue parte de una minuta firmada en Palacio Nacional con el gobierno de la República, junto con proyectos productivos para la reactivación económica, atención psicológica e integral a huérfanos y becas para que continuaran sus estudios. 

Marcela y Aurora reiteran que los apoyos no llegaron. En el caso del memorial, el proyecto fue descartado porque Petróleos Mexicanos (Pemex), en una medición de riesgo, notificó que era posible otra explosión, ya que –objetó–, aunque el ducto fue revestido, aún se utiliza para el traslado de hidrocarburo. 

Este argumento no satisface a una parte de los deudos, que recriminar que en el punto les restringen crear “un lugar de oración” a la memoria de los difuntos; sin embargo, en la periferia continúa la extracción ilegal de combustible, lo que advierten como un riesgo mayor de otro estallido.   

“Al presidente (Andrés Manuel López Obrador) una vez lo abordamos en la refinería (Miguel Hidalgo, de Tula), vino a un aniversario y ahí nos acercamos, ora sí que nos tomó la minuta y nos escuchó, pero hasta ahí”. 

Marcela, nombre igual modificado, cuestiona: “¿Ya cuántos años lleva de su gobierno? Después expone: “de regresar no creo que regrese. Vino en aquel momento por la tragedia tan grande que se le vino, pero no han regresado. El día del aniversario (las autoridades que llegan) van a venir a tomarse la foto (junto a los altares), van a decir que apoyos y mucho más, pero esto sigue completamente igual”. 

Sobre la resolución del memorial en el denominado punto cero, discrepa con la versión gubernamental: “Comentan que hay un riesgo de que aquí se construya la capilla, sí, pero yo he visto que en la parte de allá –y señala, en la parcela, a distancia que se alcanza a percibir a unos 200 metros– siguen sacando huachicol. ¿Y sabe por qué lo sé? Porque yo lo he visto, lo hemos visto, y yo lo he denunciado.

Aspecto del lugar. Video: Áxel Chávez.

“Es ahí, en la milpa de atrás. Me dicen que aquí no puedo venir a poner una veladora, porque me puede explotar, pero aquí siguen permitiendo que saquen (combustible) y lo permiten los policías, porque yo he marcado (para reportar el robo) y nunca han llegado. ¿Y sabe por qué he marcado? Porque me da terror que alguien más viva lo que mis sobrinos han vivido, lo que a mi familia le afectó, porque para nosotros mi cuñado era un hermano”… 

Luego insiste: “el huachicol lo siguen permitiendo las autoridades municipales”, pues afirma que se percibe el contubernio cuando no responden ante las denuncias sociales: “es un riesgo, no sabemos cuánto les den a las autoridades, porque de que pagan (los huachicoleros por protección), pagan. ¿Cuándo vamos a acabar con esto? Nunca si los protegen las autoridades”.

Mientras denuncia la posible complicidad, regresa por un momento a la muerte de su cuñado, para la cual, a cuatro años, no encuentran explicación: “¿Por qué estaba ahí? No sabemos. Él no se dedicaba a eso. Él estuvo ahí, pero no sabemos por qué”.

La insistencia de que no todas las personas que estaban en la parcela de San Primitivo extraían crudo es por el juicio social con el que, dice, las víctimas han sido sentenciadas: de que todos los difuntos eran huachicoleros. 

“De que siguen sacando, siguen sacando”, retoma la denuncia, y sigue el reclamo contra el gobierno: “que no se llenen la boca de decir que dan y apoyan, cuando para todos no ha sido así”. Después sentencia: “Dicen que han dado a todos, pero no es así. No han acabado con el huachicoleo y no lo van a hacer siendo cómplices”.

@axelchl

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SOBRE EL AUTOR

Áxel Chávez



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