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Atrapado en el huachicol: testimonio de una infancia perdida

“Acarreador” fue uno de los menores reclutados por el crimen organizado para drenar los ductos de Pemex en Hidalgo y Querétaro, por su habilidad para manejar vehículos pesados. Se volvió adicto a las drogas y al dinero fácil, pero el miedo a morir destazado lo hizo abandonar esa vida. (PARTE 1)

Por Áxel Chávez
4 nov 2021

atrapado en el huachicol
Incendio por una toma clandestina de gas reciente en Puebla. Foto: Mireya Novo / Cuartoscuro.com.

EMEEQUIS.– ¿Cuántos morrillos hay en el crimen? 

“Son un chingo, la mayoría; casi todos los que están ahí son puros chavitos”, suelta “Acarreador”, un exhuachicolero al que la muerte empezó a cercar cuando recibió una orden del capo: levantar y torturar a la familia de un “sapo” y “chapulín”, como se conoce en el hampa a quien brinca de un grupo a otro y se le va la lengua en contar lo que sabe.

“Los traes vivos y los destazas”, le exigió aquel jefe de la ordeña, pero no tuvo el valor de matar al morrillo y a su gente, aunque eso no impidió que los torturaran y los asesinaran; desde entonces, se vio reflejado en esos rostros desfigurados, y supo que, así como ellos, también podría amanecer degollado, porque cada error avivaba el ansia de sangre que tenía el capo.

“Si van de ‘chivas’ o de ‘borregos’, ora sí que a decir cómo está la onda, las cosas se ponen gruesas, como quien dice, porque buscan la manera de erradicar eso; es como si fuera un virus”, dice este joven que apenas muda la infancia en el rostro; un virus que se erradica sólo arrancando la hierba de raíz.



"Acarreador" cuenta sus vivencias en el huachicol de los 15 a los 20 años. 


Para él, estar en la hoguera de la ordeña y salir vivo fue como meterse un balazo en la sien y sólo volarse la tapa de la cabeza. Como si la bala no perforara el cerebro con la boquilla del fusil cerca de la frente, así fue “salvar el pellejo” entre el fuego de los cárteles por el control de las válvulas.

“Acarreador” nació en las entrañas del Valle del Mezquital, en Hidalgo, la zona más ordeñada del país, en pugna por grupos de huachicoleros que, como la gasolina que escurre de los bidones, van regando cadáveres por las brechas, los parajes y las carreteras. Duró cinco años, de los 15 a los 20, en la boca del huachicol, una fiera que mastica a la infancia con colmillos que son balas. 

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“Apenas, no hace mucho, mataron a otro chavo por lo mismo de que creo al parecer tuvo problemas con el que controla la toma, y pues lo levantaron. Y sí, la verdad las muertes que nos hemos enterado de parte de eso, pues… o sea, no los matan a balazos, los empiezan a descuartizar, les quitan sus caras… ora sí que sí está feo el asunto”, dice.


Panorámica del Valle del Mezquital, en Hidalgo, la zona con más "ordeña" de ductos. Foto: Juan  Pablo Zamora / Cuartoscuro.com.


Habla de la escenografía de cadáveres en un estado en el que se abrieron 2 mil 111 tomas clandestinas en 2018, 4 mil 29 en 2019, 4 mil 994 en 2020 e iban 2 mil 554 hasta julio de 2021. Desde hace cuatro años, Hidalgo es el paraíso de los ordeñadores en el país, que van cavando tumbas por el dominio de los ductos.

El 15 de septiembre, un cuerpo despedazado dentro de dos cajas, envuelto en bolsas negras y con un mensaje, fue localizado sobre la carretera Portezuelo-Palmillas.

El 14 de octubre, un brazo fue hallado en la ribera del Río Tula, a la altura de Ixmiquilpan. El 17 de agosto, cinco cuerpos dentro de bolsas negras en Bomanxotla, Tecozautla.

El 24 de julio, restos humanos embolsados y en una cobija en la comunidad de San Marcos, en las inmediaciones del hospital Tula-Tepeji… y las piezas mutiladas continúan, como un rompecabezas de huesos semienterrados en pueblos ocupados por el crimen.

 

 Un cuerpo en cajas fue localizado sobre la carretera Portezuelo-Palmillas. Foto: Nota Roja Querétaro. 


El lenguaje del hampa puede ser una cabeza cercenada o pedazos humanos en cajas. En la saña va la advertencia. Acarreador lo sabe. 

“Los cuerpos los dejan ahí tirados. Hay muchas veces que los destazan todos y los dejan en bolsas, en zonas públicas, con mensajes: por ‘chivas’, o esto les va a pasar a quienes quieran entrar a territorio controlado”, sigue el muchacho, que lleva dos años limpio de cristal y cocaína.

Lleva en la piel el color de la tierra; los ojos, también, oscuros como la penumbra en la que drenaba los ductos; el cuerpo, animal correoso, está un poco abultado, vestigio de aquellos excesos.

“Acarreador” fue uno de los menores reclutados por el crimen organizado para drenar los ductos de Petróleos Mexicanos (Pemex) en Hidalgo y Querétaro, una de las formas de la trata de personas que, dice por lo que vivió, no opera sino al amparo del poder. Hay un solo acuerdo para contar lo que hizo y lo que existe en el entramado de este delito: no revelar quién es. Hay una razón para ello: el riesgo de acabar como los muertos que vio a su paso. 

LAS TOMAS TIENEN “DUEÑOS”

Cuando empezó como halcón, los reclutas pusieron en manos de “Acarreador” una pistola y un radio. “Ora sí que yo dije: ‘esto para qué lo quiero’, y me dijeron: ‘para esto’”. Aquellos días, como ahora, “esto” era pegar de tiros si alguien estorbaba en el camino. Sabía tirar, pero siente que, si se tratara de matar, la mano, temblorosa, no le respondería.

Era una pistola corta, de 12 milímetros. Los cuernos y las recortito son nada más de los capos y los sicarios. 

Que esté fuera del negocio, como afirma, no implica que no conozca qué tan caliente está el terreno. Dice, por ejemplo, que en la zona de Chapantongo, antes territorio sin dueño, “de un tiempo para acá las cosas se pusieron un poco pesadas, por lo mismo que quisieron entrar muchos cárteles acá. Ahorita los más conocidos son el cártel de Los Michoacanos y Gente Nueva. Según son tres cárteles los que quieren estar ahí”. 

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El tercero no lo quiere nombrar, pero dice que viene de la parte de Ixmiquilpan. Se trata de Los Hades, grupo que, según inteligencia federal, creció en el Valle al amparo del poder local.

Pero Chapantongo es sólo una efigie en el tablero del crimen: son 36 municipios por donde cruzan mil 217 kilómetros de ductos de los que se extrae el néctar que los huachicoleros transportan por las serpientes de asfalto que son los caminos del Valle y de las sierras. Cada tramo, ahí, se pelea a plomo, y los cadáveres son las piezas que se desechan en este ajedrez.  

Dice que las tomas tienen “dueños”, quienes, además de ordeñar para sí, las rentan: cargan camionetas y pipas que compradores que pagan a seis pesos el litro revenden en 13 o 14 en los almacenes clandestinos. 

“El dueño de la toma anda sacando alrededor de 100 mil litros por noche. Entran entre 20 y 30 camionetas, entonces, se van sacando en contenedores de mil litros. Casi por general siempre se llevan de dos a tres contenedores cada camioneta”.

Según las matemáticas de este exhuachicolero, un dueño de una toma, por noche, gana de 200 a 300 mil pesos, ya libres, después de pagar puntas, halcones, piqueteros, sicarios, acarreadores y últimos, más los sobornos.

“A la persona que se le paga la toma o la plaza es, como les decimos, ya son perros de alto rango, que tienen conectes con militares, policías y todo eso. Tú ya nomás llegas, pagas tu toma, pero para llegar a eso ya debes tener un contacto pesado, no cualquier persona puede llegar a querer sacar gasolina. Mucha gente aquí quiso hacer eso y pues por eso también hubo muchas muertes. Se ve fácil, pero no lo es”, advierte el exordeñador, a bordo de una motocicleta parada en un pueblo escondido entre las venas del Valle, a kilómetros de las tomas, después de cambiar dos veces el punto acordado para que los vigías verificaran que no había más “cola”, como se dice a quienes se esconden detrás cuando alguien pacta un sitio. Si trae “cola” no es confiable; quiere meter un pájaro en la jaula.

El pensar que era fácil perforar los ductos que cruzan por toda esta región trajo una cadena de muerte por los municipios, pero tanto los picotazos a las válvulas como los cadáveres por el control de plazas van por un corredor más extenso, que cruza el grueso de la geografía estatal: desde Huichapan, ahí junto a Querétaro, hasta Cuautepec, en los límites de la sierra norte poblana.

“La gente quiso sacar, pero los dueños de las tomas no se iban a dejar, y por eso se hizo tanto borlote, porque donde quiera vendían. Fue entonces que de un tiempo para acá, más o menos cuando yo me salí, que empezó todo eso, porque ya era muy descarado”, cuenta el muchacho, que escaló desde el sótano del organigrama por su habilidad para manipular vehículos pesados, primero como halcón durante seis meses, para después ser punta año y medio y acarreador los últimos tres.

A la intromisión de la gente en el negocio de los huachicoleros se suma el costo rojo por la disputa por la plaza: “Ora sí que ya muertes como las que han pasado ahorita sí ya van más de 100 desde que me regresé aquí al Valle (hace dos años). Por eso mismo cuando yo me enteré que estaban matando gente pues ya también me salí”.

No pronuncia su nombre, pero dice que uno de los últimos asesinados es un chavo que conocía desde hace cinco años. Ambos nacieron en un pueblo donde las familias entre las que se criaron eran pocas hace unas décadas. Además, era de su edad, y también entró al huachicol siendo menor.

“Él ya era de los que traían toma, ya era de los que coordinaban todo. Ese chavo tenía años que lo conocía, y sí, cuando nos dijeron que lo habían matado…” 

Su voz pierde la fuerza, como si quisiera guardar las palabras en la mano que se acerca a la boca; después, pronuncia bajito, casi sin querer decirlo, porque esta verdad le carcome todavía: “… a él lo destazaron vivo. Su cuerpo lo dejaron tirado a media carretera, en la principal que pasa de Nopala a Tula, que baja acá de San Bartolo”. 

Cuando lo relata, su mirada es la de un becerro que ve la punta del hacha acercarse a su cuello, porque el hacha del crimen también le pasó cerca. 

LA TRAGEDIA DE TLAHUELILPAN

El día del hervidero de gritos y cuerpos encendidos en la parcela de San Primitivo, en los límites de Tlaxcoapan y Tlahuelilpan, el 18 de enero de 2019, “Acarreador” y el grupo al que pertenecía iban a cargar en esa toma clandestina. La columna de lumbre que se erigió en el Valle los detuvo, pero los cerillos estaban puestos para que igual ardieran. Fueron 137 muertes a causa de aquellas horas, entre quienes perecieron ahí y los que agonizaron en hospitales. Había mujeres, había menores y había hombres que recolectaban tras la sequía de combustibles; había, también, ordeñadores.

 

Imagen de la tragedia de Tlahuelilpan ocurrida en enero de 2019. Foto: Cuartoscuro.com.

 

“Ese día nosotros íbamos a ir a sacar de ese lado de allá, y ya cuando estábamos acomodando todo nos marcaron que ya no fuéramos, porque había explotado la toma. Ora sí que eran tomas que se reventaban y ahí ya nadie se metía, nadie”. La vida, cree, le estaba dando la oportunidad de cambiar el hoyo que se estaba cavando.

“Cuando pasó eso nos enseñaron un ‘en vivo’ y se veía muy cabrón, y ya fue cuando yo también decidí: ‘no, para qué, para qué me expongo tanto’, ‘algún día que me llegue a pasar eso mientras estoy ahí… y morir quemado’. Ora sí que también fue eso lo que influyó en mí para salirme”. 

Aquel día, igual que a una región entera, la muerte se le metió a los ojos, mientras veía, en esas grabaciones, los cuerpos calcinarse, agitándose contra la hierba para tratar de apagar la llama. El lamento que se le amontona bajo los párpados es de pensar en lo que pudo y no fue al final.

Cuenta que primero se imaginó él, entre el hades de Tlahuelilpan; después a sus padres con el tiro de gracia, como estilaban los cárteles. El hervidero de temor que tenía dentro le hizo añorar salir a toda costa.

Para entonces, ya había visto las fauces de los capos del huachicol, que son fieras, sádicos; sed en el desierto del crimen. Lo vio más claro la vez que “un chavo de los que trabajaban con nosotros, ahora sí que se salió a la mala, sin avisar a nadie, y se metió con otro jefe a sacar agua”. 

El capo con el que trabajaba le advirtió. No le importó. Entonces vino el encargo: “Acarreador” tenía que levantar a su familia, traerla viva y destazarla. 

“Yo no me siento capaz para hacer eso”, dice este hombre forjado a fuego lento; mas sabe que hay otros, con menos ventura, cocidos en las brasas del infierno que es el ojo por ojo en el huachicol.

El silencio lo sepulta en la vorágine de sus recuerdos, cuando piensa en el currículum de pólvora de quienes están dentro de los grupos y acabaron con varios de sus cercanos.

En el crimen, se sincera, por uno que “no es capaz”, hay una decena que destaza como si la carne fuera nada. Cuando la mudez se le va del labio, pasado el trago amargo de aquel recuerdo, confiesa con pesar: “A ellos sí los desaparecieron, a todos: a su papá, a su mamá y a dos de sus hermanos. Al último, él. Ahora sí que la familia, sin deberla ni temerla, pagó las consecuencias. Es algo que sí te lleva a un extremo de quererte salir de eso, pero estando adentro es muy difícil”.

Lo que dice ahora lo ha pensado muchas veces, recorre su mente junto al pasado entre bidones y cuerpos acribillados: “Yo el tiempo que estuve ahí viví muchas cosas y yo no se lo deseo a nadie, porque sí es una vida de lujos y exceso, pero no vale la pena por la vida de tu familia”.     

La familia doblega a los más duros. Es el punto que concentra la debilidad en el crimen, por eso los capos y los rivales de los capos dan ahí, porque es un clavo que perfora y abre grietas.

En 2020, cuando conocí a Segundo, que estuvo sólo detrás de un poderoso capo del huachicol asesinado con saña en la misma región, de los primeros objetivos de un gobierno que no podía frenarlo, este hombre curtido en plomo se doblegó al contar cómo murió su padre: las ojivas metidas en el pecho, en un enfrentamiento entre Los Talachas y Los Parkas. “Él no la debía”, dijo, y su mirada era un puño apretado, impotente. De pronto, esos nervios de cableado de cobre se deshilacharon. Entonces, de los ojos se le abrieron las compuertas, y las grietas del llanto, para este hombre hecho a base de tiros, brotaron, apenas débiles y de rabia, con el recuerdo.

A uno de aquellos líderes, “El Talachas”, lo doblegaron así: mataron a su hijo más bravo, “El Puerco”, después a él, en su casa en calle Cuitláhuac, en Santa Ana Ahuehuepan, Tula, cuando regresaba del rosario de su hijo, tras el funeral. Esa cadena de rezos para pedir por el alma del difunto: “por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos…”

Cuenta un hombre de Santa Ana, un pueblo sobre ductos donde no entra ni el ejército: “Supieron dónde pegar, porque chingaron primero al ‘Puerco’. Si hubieran chingado a uno de sus hermanos, el Puerco les hubiera hecho un cagadero, porque ese vato sí no era de que me voy a tentar, era de vámonos recio. Le pegan a él y sus hermanos no son de accionar. ‘El Puerco’ sí era de arre, vámonos. Chingan al ‘Puerco’, chingan a su papá y chingaron a uno de sus hermanos”.

“LOS DÍAS DE LLUVIA ES CUANDO MÁS SE SACA EL LÍQUIDO”

“Siempre se trabaja de noche, ora sí que como quien dice ya hay plazas compradas. Hay una persona que da el pitazo y esa persona ya sabe todo el rollo: qué días se puede, qué días no se puede y así”. 

Mientras escarba en la memoria, acarreador dice que quien controla la toma tiene todo: “contactos”, los dedos del brazo corruptor que garantizan la extracción del crudo, además de la permisividad de las corporaciones que deberían combatir este negocio y su cadena de sangre: desde las policías municipales hasta la Guardia Nacional y el Ejército.

Hay días de sequía, cuando la gota no cae, porque el gobierno manda turbosina por los ductos con la idea de que, al ser un combustible para aviones, los grupos del gasotráfico no podrán comerciarla. Se equivocan, porque los huachicoleros mezclan la turbosina con aceite de dirección y la comercian como gasolina.

Hay otros, en cambio, donde corre como agua por los arroyos, y llena los hoyos verdosos que cavan para extraen el néctar que corre por los brazos metálicos que emanan de la refinería de Tula. 

“Ahorita, casi por lo general los días de lluvia, es cuando más se saca el líquido (…) por lo mismo que está lloviendo mucho ahora sí que casi no salen los federales y pues también es más práctico para nosotros trabajar así, porque son camionetas todo terreno”, explica. 

La lluvia y el combustible se encharcan entre los terrenos donde se extrae. Se dice gota, agua o líquido, pero nunca gasolina o huachicol. Es un código y una creencia: código por los mensajes y audios que pasan por celulares y radios, en caso de que estos fueran confiscados, y creencia de que lo que no se nombra no existe, entonces, así se invisibiliza un delito que se arma de eslabones de muerte por el control de plazas; muerte tras muerte tras muerte forman la cadena de sangre. 

LOS TORRENTES DE DINERO

Para llegar al pie de un ducto, y drenarlo, hay una estructura criminal vertical, cuya cabeza es el capo. La parte media y baja la sustentan los menores, que se enlistan como halcones, puntas, últimos y, si son hábiles, acarreadores.

“El halcón es el que está ubicado en cierto punto y, por ejemplo, si ve pasar un federal, un estatal o algo así marca por radio y lo reporta.

“El punta es el que va hasta al frente, como de aquí a unos dos kilómetros y va diciendo por el radio si está limpio el terreno o si ve una cosa sospechosa. Los acarreadores son los que traen el producto y el último ya nada más es para ir despistando, para cerrar”, explica este testigo, exordeñador.

La economía ilegal del huachicol salpica tanto como la gasolina cuando se pica el ducto: de halcones hasta últimos ganan hasta ocho mil por noche, según el rango y las habilidades. Como acarreador, este joven asegura que recibió hasta 100 mil pesos, porque manejaba las pipas: toneladas de acero cuyo vientre guardaba el oro negro.

Las cifras son dispares a otras zonas del mismo Valle. Un halcón de Tlahuelilpan contó para Hidalgo con h de huachicol, publicado en Lado B, que ganaba mil 800 pesos por noche. También contó que había un pacto con los militares que llegaron tras la explosión de Tlahuelilpan para entrar a los ductos de las 12 a las seis de la mañana, cada tercer día, por un pago de 45 mil pesos a la cabeza, que distribuía entre todos.

Otro informante, Segundo, reveló que los huachicoleros pagaban 4 mil pesos a los choferes por manejar una camioneta cargada de crudo, pero que cada uno podía manejar hasta 20 por noche y ganar 80 mil pesos.

Cuando el negocio creció ya no sacaban por camionetas, ya eran pipas, ya eran tráileres como los que manejaba “Acarreador”. “De los chavos que andábamos ahí eran muy pocos los que sabían mover eso, y pues como quien dice yo era alguien indispensable”, se ufana.

Manejaba una pipa de doble remolque de 35 mil galones. Son 132 mil 475 litros que si se vendían en un mínimo de once pesos, por aquellos días, eran un millón 457 mil 225 pesos bajo su cuidado, a bordo del armatoste de acero con rumbo a las bodegas, cuidadas por halcones, protegidas por sicarios.

Explica que en las camionetas siempre van dos o tres, y va gente armada. “Nunca se andaba sin armas. Si son cinco camionetas, son como 20 personas por vuelta, y había veces que alcanzaba para sacar dos viajes, depende cómo estuviera saliendo el líquido”.

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No se saca directo del tubo: “pasa el tubo y hay un hoyo, y en el hoyo todo alrededor tiene hule, y haz de cuenta que tiene una válvula como la del agua para liberar toda la presión. Se abre la válvula, sale toda la presión, y ya cuando sale toda la presión se abre la llave y ya empieza a brotar. Luego, hasta arriba hay una bomba y pues ya se conecta y empieza a jalar todo”.

La gasolina robada se vende en bodegas y en casas. Muros a medio erigir se observan por las carreteras del Valle. Los blocks apilados hacen paredes que resguardan bidones. Camionetas afuera vigilan. Los halcones merodean como enjambres cuando la fruta se pudre. Una llamada de ellos puede poner a cualquiera el aguijón.

“Hay lugares donde debes de llegar con una clave, para que te puedan vender. Si no llegas con una clave o un nombre, por ejemplo, que tú quieras gasolina y tú tengas mi número, y yo puedo marcar al dueño que te la venda; pero si llegas y no das nombres y no das claves, te metes en problemas, porque lo que es esa gente no quiere que se expanda la cosa”, advierte acarreador.



Trabajadores de Pemex reparando tomas clandestinas en Tlahuelilpan, Hidalgo, tras la tragedia de 2019. Fotos: Isaac Esquivel / Cuartoscuro.com. 


“ME METÍA DE TODO”

Compró carros “a más no poder”, compró tres casas en tres estados, “ora sí que la vida así era de lujos y excesos”. Tenía un Mustang y un Corvette, camionetas y motos de pista, “pero el problema es que cuando uno entra ahí sí está muy difícil salir, y pues uno entre más dinero gana más dinero quiere”. Dinero llama dinero, pero muerte llama muerte.

Cuando estaba en El Marqués, Querétaro, la lucha entre el Cártel Jalisco Nueva Generación y Zetas Vieja Escuela dejó una andanada de plomo y cadáveres. El riesgo lo comenzó a cercar. Además, dentro, el entorno envuelve y la droga consume.

“Estando ahí uno se mete en drogas a madres. Me metía de todo, pero lo que más se me hizo adictivo fue la cocaína y el cristal. En ese tiempo yo conseguía el kilo de coca en 600 pesos, pero ora sí que a mí me la daban para revender, pero yo no la revendía, era para mi consumo; me metía hasta dos kilos a la semana”. 

Con el cristal no era tan distinto: dos onzas diarias, cada una la conseguía en dos mil pesos.

Los morrillos que lo sucedieron en el hampa son más adictos, más violentos, más perdidos en la vorágine del crimen, dice.

“Los chavitos de estas últimas generaciones son los que andan más en eso. Me ha tocado ver ora sí que de 14 o de 15 años ya han perdido completamente la sed”. El vómito y la hiperreflexia son otros daños de la intoxicación perpetua. 

“El alcohol igual, porque es de diario andar tomando”. Tomaban tequila Don Julio 70 y Herradura: “era agarrar la botella y empinárnosla, nunca era que con refresco o así; si acaso nos llegábamos a servir en vasos era nada más con puro hielo, como si fuera en las rocas”.

Las bateas de las camionetas que cargaban con gasolina también las llenaban de cartones y latas de cervezas. “Ora sí que es algo que yo solamente veía en videos, que llenaban las camionetas así los narcos, hasta que lo viví en carne propia”. Era siempre traer la navaja bien afilada al cuello, atascados de droga y alcohol piqueteando los ductos, a un gramo –como los de coca que traían en las fosas– de un estallido.

‘Agarrando fiesta’ entre ellos gastaban de 15 mil a 20 mil pesos en alcohol, en bares, pero si iban a un centro nocturno eran cuentas de 40 mil o 50 mil pesos. Cerraban bares, echaban tiros, se agarraban a putazos de ser necesario y andaban volados por las carreteras. Dice que cuando el alcohol se les bajaba a la huevos “era aventar dinero pa’ arriba, con puro lujo y exceso”, más de 50 mil entre tragos, drogas y sexo servicio.

Otra persona que conoce la operación de grupos en el Valle contó que hace un par de años, en el cumpleaños de uno al que le dicen “La Perra”, huachicoleros cerraron el Candys, un bar en avenida Sergio Butrón, en Tlahuelilpan. Cajas de Buchanan doce y dieciocho al centro de una mesa que tenía tres hileras: una con líneas de coca, otra con mariguana y la última con cristal. 

Eran sólo 15 de los más cercanos y 15 mujeres que aquí llaman prepago. “Pa’ la una de la mañana ya andaban como gatos fumigados, arañando el piso por la droga y el alcohol”.

“Acarreador” tiene una frase para sepultar todo aquello que fue: “así como llega, así de rápido se va”. El dinero a manos llenas que salpicaban los ductos se les esfumaba en borracheras y orgías como aquellas cada tercer día, aunque tomar, “lo que se dice tomar, era diario, día y noche tomando”, y así entraban a las tomas ocultas entre la maleza a perforar válvulas; se cruzaba su tufo de alcohol, fétido, en la boca, con el de la gasolina que ardía en las fosas de la nariz. 

“Manejábamos en todo tiempo, ahora sí que como fuera, porque el chiste era ganar dinero. Una vez ganando dinero y teniendo todo eso, lo quieres siempre”, reconoce. Así como el polvo lo hizo adicto, la mayor adicción la tenía al dinero que despilfarraba. 

El 3 de octubre, en una gira por Apizaco, Tlaxcala, el presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que a los cárteles les cuesta más trabajo reclutar a menores, y consideró que el programa Jóvenes Construyendo el Futuro era una alternativa para no caer en la delincuencia.

“Que no tengan un ejército de reserva de jóvenes que puedan ir incorporando a las bandas”, dijo en referencia al involucramiento de menores en las organizaciones delictivas, y sostuvo que “ya hay problemas, tengo información de que les cuesta el reclutamiento. Están usando ya medidas muy autoritarias”.

Cuando le pregunto cuántos jóvenes hay en el hampa, “Acarreador” no duda: “son un chingo, la mayoría; todos los que están ahí son puros chavitos, por lo mismo que es dinero fácil, pues ahorita los chavitos lo que quieren es dinero”.

Sus manos pican los ductos y sus ojos son de los cárteles, pero pese a que los niños y jóvenes integran los primeros eslabones en la cadena criminal de la ordeña, de 2006 a julio de 2021 sólo 91 menores han sido detenidos por robo de hidrocarburo, según la respuesta a una solicitud de información que EMEEQUIS dirigió la FGR (Oficio No. FGR/UTAG/DG/004677/2021).

La política gubernamental a la que hace referencia el presidente tampoco ha sido suficiente: Jóvenes Construyendo el Futuro vincula con empresas, talleres y negocios a personas entre 18 y 29 años que no estudian y no trabajan, con un apoyo mensual de 4 mil 310 pesos durante un año de capacitación. El problema, lo remarca acarreador, es que llega tarde, porque el huachicol, al menos desde su experiencia, recluta desde los 13, o menos. El apoyo gubernamental, por mes, es la mitad de lo que un halcón, punta o último puede ganar en una sola noche. La tentación es mucha, entre el rezago de una región que parece planta que no reverdece, mientras gobiernos van y vienen.

 

@axelchl  

 

 

 

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