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AMLO es el atizador del movimiento feminista en México: Laura Castellanos

La autora del libro “La marcha del #TerremotoFeminista” explica cómo se gestó la cuarta ola del feminismo que arrojó a las calles a las mujeres mexicanas, convirtiéndolas en la oposición más aguerrida del gobierno de López Obrador.

Por Alejandra Crail
9 jul 2021

marchas feministas, libro.
Dos mujeres se abrazan durante la marcha de la colectiva "Autogestión Feminista" para exigir justicia por las agresiones de los vendedores ambulantes. Foto: Graciela López / Cuartoscuro.com.

EMEEQUIS.– Una valla colocada entre la plancha del Zócalo de la Ciudad de México y el Palacio Nacional –hogar y oficina del presidente Andrés Manuel López Obrador– fue la respuesta del gobierno federal a la demanda de las mujeres mexicanas que pedían un alto a la violencia feminicida.

Con esta acción, quizá una de las más representativas del gobierno actual, AMLO terminó por confirmar que es “totalmente congruente con la sociedad mexicana que tenemos”, advierte la periodista Laura Castellanos. 

Un presidente que se autoasume de izquierda, que impulsó un gabinete equitativo –mitad hombres y mitad mujeres– se encontró con lo que Castellanos ha llamado su verdadera oposición: un movimiento histórico de mujeres.

La autora del libro recién publicado La marcha del #TerremotoFeminista (Grijalbo) no duda al decir que López Obrador simboliza al patriarcado mexicano y, por ello, como ya lo ha escrito antes, “es el atizador más porfiado de la rabia de los feminismos que existen en el país”.

Castellanos, quien creció en una ciudad conservadora, pero que caminó el mundo de la mano de su rebeldía, recuerda a la escritora y activista Laura Rita Segato cuando dice que las feministas no deben ver a los hombres como los enemigos naturales, sino al orden patriarcal, que incluye a mujeres que desde las instituciones públicas lo sostienen, al no cuestionar, no escuchar y reproducir las prácticas machistas.

Sólo así explica el silencio de dos mujeres cercanísimas al presidente para con la violencia sistémica de género: la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, y la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero. 

“Ni Sheinbaum ni Olga son feministas. Están ahí porque se pliegan a las decisiones de un presidente profundamente patriarcal, caudillista”, recalca. 

Su dicho se sostiene con las mismas declaraciones de ambas, quienes, en reiteradas ocasiones, han criticado las protestas feministas y que además, señala la autora, han desoído las demandas de las madres de desaparecidos, de los niños y niñas con cáncer, desdeñado a los pueblos originarios que defienden su territorio y se alzan en contra de los mega proyectos. 

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“Simbolizan al patriarcado, a un sistema de dominación de poblaciones vulnerables. Pero en medio de una crisis civilizatoria, también tenemos un cambio de conciencia”, declara quien también escribió Crónica de un país embozado: 1994 - 2018.

 La periodista independiente, que reconoce a Rosario Castellanos como su puerta al feminismo, decidió contar la historia de un país que desde que se tiene memoria ha violentado a sus mujeres.

Impulsada por un movimiento subversivo que nació de mujeres jóvenes, en su mayoría sin formación académica feminista, apostó por contar lo que no se lee en los libros de historia. 

Así, de la mano de la literatura olvidada que atesora la participación de las mujeres y que resguarda la memoria de la violencia sistemática desde el inicio de la humanidad, construyó un libro que narra el origen de la rabia. 

En suma, explica la respuesta del presidente y su gabinete a un movimiento que lo único que busca es el respeto al derecho más básico, la vida, en un país que mata a más de 10 mujeres todos los días.

"Tenemos un cambio de conciencia”, señala Castellanos. Foto: Lizbeth Hernández.


¿CÓMO LLEGAMOS HASTA AQUÍ?

Una joven lanza un poste de metal, aquellos que se usan para separar filas, por encima del recibidor de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Llegó acompañada de decenas de mujeres que se movilizaron para reclamar justicia porque un policía había agredido sexualmente a una de ellas y salieron a defenderla aunque no la conocieran. Lo rompieron todo: los vidrios, las sillas, los escritorios.  

Esta fue la primera vez, cuenta la periodista Laura Castellanos, que las mujeres mexicanas implementaron la acción directa como una forma de protesta, una acción de destrucción contra un símbolo que representa una institución que debería proveer seguridad, un ataque directo contra el reflejo del aparato del Estado. 

Dice que esa primera vez se dio en el marco de muchas otras. Había pasado poco tiempo de la primera vez que una mujer indígena fue precandidata a la presidencia de México, se llama Marichuy; también de la primera ocasión en que se rompió el silencio cuando, en redes sociales, miles de mujeres le pusieron el nombre y el rostro a sus agresores; y de cuando, más allá de la imaginación propia, estudiantes de secundaria, preparatoria y universidad se manifestaron en sus escuelas en contra del acoso de profesores y compañeros. 

La intuición periodística de Castellanos vaticinó una nueva tendencia, lo que llama “un cambio de conciencia colectiva”. Reporteó el pulso en las marchas, habló con jóvenes anarquistas, con aquellas detrás de las cuentas que publicaban las denuncias del #MeToo y se encontró con un movimiento fuera de lo establecido, incluso fuera de los estándares ya conocidos del mismo feminismo. 

“Esto viene, esto ya está aquí”, recuerda pensar, como también rememora las eternas discusiones con otras mujeres de generaciones anteriores que, al estilo de la antropóloga feminista Marta Lamas, desdeñaron las nuevas expresiones de mujeres jóvenes. “No son feministas”, le decían.  

Para Castellanos estaba claro, y Marcela Lagarde, antropóloga y otro de los íconos del feminismo latinoamericano, se lo confirmó: “Sí, son feministas y nos están arrebatando el bastón de relevos”. 

Así, con esa premisa decidió contar cómo llegamos hasta aquí, a esta rabia acumulada que recorre los cuerpos, las calles, que rompe vidrios, pinta monumentos y toma instituciones públicas. Se puso como misión explicar la premisa del escritor Carlos Montemayor, que dice que la violencia institucional es la que provoca la violencia popular y no al revés.

Había que ir atrás, muy atrás, para entender lo que las mujeres mexicanas vienen cargando históricamente, reconstruir la historia del patriarcado en México para tener una herramienta de comprensión de este momento, de cómo la rabia se convirtió en violencia popular para hacerle frente a un Estado omiso y que, a decir de la autora, hace oídos sordos ante las demandas de las mujeres.  


La portada del libro. 


SOFI Y LUISA: EL PUENTE Y EL CAMBIO

De la mano de Sofi, una niña curiosa, y Luisa, una joven aguerrida, Castellanos recorre la prehistoria, la historia de Mesoamérica y la colonia, paseamos junto a ellas por la Independencia y por la Revolución hasta llegar a la historia moderna. 

En cada página nos encontramos de frente con un dolor acumulado en la historia de las mujeres mexicanas: violencia sexual, explotación, racismo, discrminación, desigualdad, inequidad. 

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La historia que teje Castellanos con la ayuda de académicas y académicos, en su mayoría nacionales, combinando elementos de la no ficción con la realidad, marca una ruta al pasado que permite comprender el presente. El camino, dice la autora, es doloroso, pero da la oportunidad de comprender de dónde venimos con el fin de no reproducirlo, y también de rescatar nuestras raíces.  

Su libro es para hombres y para mujeres, está ilustrado por Brenda Castro, una “morra como las que van a las marchas”, describe Castellanos y busca coadyuvar a entender lo que llama la cuarta ola del feminismo. 

Castellanos defiende que el feminismo de la cuarta ola es vivencial, no se gesta en la academia, sino que proviene de los dolores propios y de otras mujeres, consecuencia de las violencias sistémicas que las mujeres han vivido a lo largo de la historia. 

“El que haya una expresión de feminismo vivencial es totalmente significativo de que hay un cambio de conciencia”.

Luisa, explica, representa a las mujeres Millennials, “la vanguardia de la cuarta ola”, que salieron a las calles arrojadas por la violencia de género global, obligadas a tomar las calles, las escuelas, el espacio público para protestar contra el orden establecido y que, en suma, se apropiaron de un término históricamente estigmatizado: feminista. 

Ellas, detalla Castellanos, son el puente entre las viejas generaciones y las nuevas, las que guían a las más pequeñas, como Sofi, para entender cómo llegamos hasta aquí; son las que han puesto todo, incluso el cuerpo, para exigir un alto a la violencia de género y el origen de lo que llama “reflujo ideológico”, el inicio de un reacomodo de la conciencia colectiva.

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Este reacomodo se ha visto en cómo las mujeres han logrado meter su agenda en los medios de comunicación, obligado a las instituciones a tener protocolos de atención a la violencia de género, que a base de marchas ha abierto discusiones, obligado a la autoridad a atender las denuncias. En medio, los hombres; algunos empáticos, otros en su zona de confort, unos más que están impulsando el ejercicio de otro tipo de masculinidades. 

“En la medida en que las mujeres vayan creando nuevas formas de ejercer el poder, los hombres deberán de verse con autocrítica y transformarse. Será decisión de ellos si quieren seguir reproduciendo un sistema que sólo ha provocado dolor, incluso a ellos”, asegura. 

Entre todo esto, Castellanos tiene una certeza: el patriarcado es insostenible y como han insistido las mujeres en las marchas contra la violencia feminicida: ¡se va a caer!

 

@AleCrail 

 

 

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