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¿Cómo suena un colibrí? La bioacústica ayuda a entender la fauna

El biólogo Esaú Villarreal Toaki (FES Zaragoza) ha dedicado la última década a diseñar tecnología acústica para estudiar la fauna. Sus micrófonos, que permiten grabar animales a distancia, organismos diminutos o seres que habitan bajo el agua, son usados por diferentes grupos científicos de Latinoamérica. #UNAMEnEMEEQUIS

5 / 29 / 23

Por Omar Páramo / Erik Hubbard / Nycol Herrera / Dolores Rojas

EMEEQUIS.– Como apasionado de hacer ciencia con sus oídos, no es raro encontrar a Esaú en medio de alguna selva, manglar o bosque con ropa de camuflaje y sombrero estilo safari, apuntando con su micrófono parabólico hacia algún animal, y aunque por su atuendo y habilidades de rastreador se antoja fácil describirlo como un “cazador” (uno de ruidos), él evita usar dicha palabra por su connotación negativa; como conservacionista prefiere describirse tan sólo como alguien que graba lo que cree interesante.

Trabajar con sonido me ha enseñado no sólo a escuchar sino a tener paciencia, comparte el biólogo Esaú Villarreal Toaki, un egresado de la FES Zaragoza que ha dedicado la última década a diseñar tecnología acústica para estudiar la fauna. Sus micrófonos, que permiten grabar animales a distancia, organismos diminutos o seres que habitan bajo el agua, son usados por diferentes grupos científicos de Latinoamérica. “Se llama bioacústica al estudio de los sonidos emitidos y recibidos por los animales, y es que el canto de las aves, el croar de las ranas o los chirridos de los grillos —por poner apenas pocos ejemplos— nos ayudan a entender cómo viven, qué tan grande o mermada está su población y otros datos relevantes para quienes investigamos la naturaleza”, explica.

“El sonido ofrece muchas ventajas en lo que a monitoreo de fauna silvestre se refiere —explica el biólogo—. Imaginemos que estamos en una zona de vegetación densa donde se esconden miles de organismos: será imposible verlos, pero siempre podremos escucharlos y, si ponemos atención, incluso distinguiremos si la fuente sonora es un ave, un insecto o un anfibio, pues cada especie tiene una firma y una huella acústica característica”.

Sin embargo, uno de los problemas que enfrentan quienes se dedican a esto es que las criaturas salvajes, al sentir la proximidad de un humano, se ponen nerviosas y se alejan. Para evitarlo, Esaú comenzó a fabricar micrófonos parabólicos —es decir, sensores electroacústicos rodeados de una superficie cóncava— a fin de grabarlos de lejos sin estresarlos, casi siempre sin que se percaten siquiera de que hay una persona en las cercanías.

“Dependiendo de la fuente emisora, con estos aparatos podemos detectar fauna localizada de 30 a 100 metros delante de nuestra narices, con tal claridad que podemos oírla casi como si la tuviéramos al lado”.

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Con dicho método, Esaú ha corroborado que la gallina de monte, un ave huraña que elude las cámaras fotográficas, aún sobrevive en las reservas ecológicas del Ajusco, o apoyado a diferentes iniciativas de conservación de fauna, como la Biblioteca de Sonidos de Aves del Museo de Zoología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional.

Pese a todo su potencial, el joven advierte que la bioacústica se encuentra poco desarrollada en México, algo inexplicable en un país tan biodiverso como el nuestro. “Esto se debe a la poca comunicación que hay entre los biólogos y quienes fabrican tecnología. Justo ahí quiero tender puentes pero, como pasa con todo lo referente al sonido, esta labor es una que obliga a escuchar y, sobre todo, a tener paciencia”.

Con estos aparatos se puede escuchar el batir de las alas de un colibrí. Foto: UNAM.

¿BIÓLOGO O TECNÓLOGO?

En 1963, al reseñar el libro Acoustic Behavior of Animals, el profesor Donald J. Borror, de la Universidad Estatal de Ohio, advertía: “El sonido producido por los animales es, desde hace mucho, de interés para los biólogos, pero se nos ha dificultado realizar estudios objetivos y precisos debido a la falta de herramientas; no obstante, los avances en la electrónica —como la aparición de grabadoras y espectrógrafos— impulsan una nueva era”.

Esaú Villarreal confiesa haber sentido lo mismo medio siglo después, en 2013, cuando estudiaba en la FES Zaragoza y no encontraba el instrumental adecuado para realizar sus escuchas, así que bajo la filosofía del “hágalo usted mismo” comenzó a crear su propia tecnología al grado de hacer lo que ningún otro biólogo en México: fabricar un robot capaz de identificar el canto de los mirlos como proyecto de tesis, “y así me inicié como tecnólogo”.

Desde entonces, el universitario ha diseñado micrófonos capaces de captar chasquidos de delfines, el vuelo de colibríes o las pisadas de insectos que pesan apenas gramos, y aunque hay aparatos semejantes que llevan el sello “Made in USA” o “in Europe”, él es el único que los manufactura en Latinoamérica, casi de forma artesanal en un taller que acondicionó en casa.

“¿Porque dedicar tanto esfuerzo a esto?, porque mi trabajo es capturar lo fugaz, porque los sonidos son vibraciones tan sutiles que no dejan rastro tras de sí y se esfuman en el instante. ¿Hay acaso algo más delicado?”.

A Esaú le gusta reflexionar sobre por qué lo sonoro le es tan atractivo, tanto que de adolescente grababa podcasts y una que otra improvisación de rap. “Alguna vez leí que, evolutivamente, el oído es nuestro sentido más despierto pues sigue activo cuando dormimos, algo muy útil para el humano primitivo que debía estar alerta ante cualquier señal de depredadores. Así de incrustado está en nuestros orígenes, lo traemos en los genes”.

De ahí, el joven justifica su deseo de oír lo que nadie más puede, como hace ahora que unió fuerzas con la UNAM a través del BioCon (Laboratorio de Biología de la Conservación) de la ENES Mérida y usa sus hidrófonos —así se les llama a los micrófonos subacuáticos— para grabar animales marinos, un universo auditivo al que apenas nos asomamos.

También se pueden captar sonidos de animales minúsculos. Foto: UNAM.

“Mi gran sorpresa fue encontrar que hay una gran diversidad acústica en los peces: tenemos algunos, como el pez sapo, que generan ruidos semejantes a aullidos; también están las corvinas, que emiten unos clics que recuerdan a un telégrafo comunicándose en código morse, y hay otras especies que hacen sonar sus vejigas natatorias”. A la pregunta de si se siente más afín a la biología o a la electrónica, Esaú Villarreal se niega a elegir una opción. “Mientras la ciencia busca responder preguntas, la tecnología responde a necesidades y yo estoy justo donde se cruzan ambos caminos. Mi intención es crear aparatos que se adecuen a los requerimientos de los investigadores, siendo yo al mismo tiempo uno de ellos. No quisiera limitarme, en realidad soy biólogo-tecnólogo”.

@emeequis

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