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Análisis

Paz y Fuentes: historia de una amistad

“Hijo de un embajador, Fuentes superaba a Paz en astucia diplomática. Desde niño se forjó una personalidad pública seductora que lo catapultó a las altas esferas de la política internacional”. ENRIQUE SERNA sobre Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Por Enrique Serna
22 mar 2021

La amistad de Octavio Paz y Carlos Fuentes.
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– En la república de las letras, el doble discurso no es por desgracia una lacra excepcional, sino el pan nuestro de cada día. Como los historiadores de la literatura no pueden confiar del todo en las alabanzas rituales proferidas en reseñas o presentaciones de libros, tienen que buscar en los archivos privados de los escritores la verdad escamoteada por las relaciones públicas. En Estrella de dos puntasuna apasionante crónica de la amistad entre Octavio Paz y Carlos Fuentes, Malva Flores ha emprendido esa tarea con imparcialidad y agudeza, rastreando por cielo, mar y tierra la copiosa correspondencia entre el poeta y el narrador. El resultado de sus pesquisas es un banquete de noticias inéditas que nos permite ver por el ojo de la cerradura los entretelones de la vida literaria en el México del pasado reciente. 

Desde que se hicieron amigos a finales de los años 40, Paz y Fuentes coincidieron en su empeño por ejercer la crítica sin cortapisas. Ambos pensaban que la dictadura del PRI había corrompido la valoración del talento, encumbrando a burócratas culturales como Jaime Torres Bodet o Antonio Castro Leal, con quienes Paz sostuvo enconadas disputas. El suplemento La cultura en México, dirigido en los años 50 por Fernando Benítez, íntimo amigo de Carlos Fuentes, representó una ruptura con esa mafia de mandarines. En su afán por sanear la vida literaria, Benítez no eximía de críticas severas a sus propios colaboradores, como lo ejemplifica la publicación de una reseña en la que Elena Garro despedazó La región más transparenteacusando a Fuentes de haber plagiado Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal.

En aquel tiempo, Fuentes aguantó vara y no se sintió traicionado por Benítez. Sin embargo, como todo el mundo sabe, cuando Octavio Paz, con el mismo criterio editorial, aceptó publicar en Vuelta el ensayo de Enrique Krauze La comedia mexicana de Carlos Fuentes, tan demoledor como la reseña de Garro, el novelista no pudo apechugar la crítica y se enemistó hasta la muerte con Paz. La libertad para demoler falsos prestigios que ambos habían deseado en la juventud, cuando querían dinamitar a la vieja mafia de burócratas culturales, se convirtió a la postre en venenosa manzana de la discordia. Ahora sabemos, gracias al ensayo de Malva Flores, que Paz no pudo deglutir Terra nostra ni Cristóbal Nonato, según le confesó a Juan Malpartida. ¿Debía solapar la caída de su amigo en la verborragia proliferante? 

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 En realidad, Paz admiró mucho más el encanto personal de Fuentes que su obra literaria. Su reacción ante La región más transparente refleja la ambigüedad de esa admiración. A pesar de haberle dicho en privado al crítico José Vázquez Amaral que la novela de Fuentes era “ambiciosa en el peor sentido de la palabra”, en una carta a José Bianco lo reconvino por despreciar a Fuentes, alegando que, a pesar de todo, su novela había tenido un gran éxito: “Frente a eso, ¿qué importan la confusión, los ecos, las repeticiones, los párrafos más recordados que escritos, más leídos que pensados?”. El comentario de Paz revela una veneración del éxito incompatible con los valores literarios que defendía a capa y espada.  Toleraba en él lo que en otros criticaba, como se toleran las travesuras de un hijo desobediente.

Quizá el mayor punto de coincidencia entre Fuentes y Paz fue su cosmopolitismo, su afán por ser “contemporáneos de todos los hombres” y tender puentes con las grandes metrópolis culturales. Ambos se deprimían cada vez que volvían a su patria y palpaban la hostilidad que les profesaba el mundillo literario local. “¿Qué nos pasa en México, que le pasa a México con nosotros?”, escribió Paz a Fuentes en 1966. Si bien los dos lucharon con denuedo por imponer su talento en el extranjero, el ensayo de Malva Flores demuestra que se valieron de medios muy distintos para conseguirlo y tenían ideas diametralmente opuestas sobre la manera de ejercer el poder cultural. 

Hijo de un embajador, Fuentes superaba a Paz en astucia diplomática. Desde niño se forjó una personalidad pública seductora que lo catapultó a las altas esferas de la política internacional. El poeta escogía a sus amigos por afinidades intelectuales, tuvieran o no relumbrón social. Fuentes, en cambio, quería codearse con jefes de estado, sueño que realizó a partir de los años 70 (fue amigo de Echeverría, Clinton, Miterrand, Felipe González y Daniel Ortega, entre muchos otros presidentes), pero el éxito palaciego lo condenó a ser “más personaje que autor”, como le había pronosticado Elena Garro. Para Fuentes, el arte de la palabra fue un trampolín; para Paz, un credo religioso.  La mayoría de la gente cree que la política los separó, pero quizá la aportación más valiosa de Estrella de dos puntas consista en revelar la divergencia de ambiciones que provocó esa ruptura.

 



La amistad de Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

La amistad de Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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