Los Pinos ‘reloaded’: muertos, fantasmas y sombras

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Análisis

Los Pinos ‘reloaded’: muertos, fantasmas y sombras

“Todo un viaje. Como el que estoy teniendo ahora al creer que los límites de la realidad se movieron, que estoy en Los Pinos, un enclave que ha dejado de ser la residencia de los presidentes de México y del poder oficial para convertirse en un espacio cultural”, escribe Ana V. Clavel.

Por Ana V. Clavel
2 nov 2019

Visitantes acuden al Centro Cultural Los Pinos, donde observan la obra El Murciélago del artista Francisco Toledo. Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro.com

Ahora que estamos en días de muertos, fantasmas y sombras, quiso la fortuna que visitara el Complejo Cultural Los Pinos. Confieso que fue como adentrarse en una realidad alterna: ¿deambular por un espacio antes sólo reservado a presidentes, guardias e invitados especiales? ¿No estaría más bien delirando? Casi sentía que mis pies flotaban sobre la calzada de la democracia, entre ríos de gente que visitaba el lugar y los bustos de figuras emblemáticas como Daniel Cosío Villegas, o los de Reforma, la Independencia o la Revolución con insignes figuras como Lerdo de Tejada, Hidalgo o Zapata… Y es que algo en mi interior mandaba una señal de desconcierto: esto no está pasando, esto es en realidad un sueño. Algo se descorría de los límites tradicionales y así como la protagonista de Alicia a través del espejo entra a otra dimensión virtual y conversa con flores parlantes, así yo creí que las estatuas empezarían a contarme sus cuitas e historias. Me asomé a una fuente de piedra y los peces naranjas comenzaron a boquear mensajes alucinatorios: Alerta. Alerta. Nada es lo que solía ser…

AVATARES DEL 68

Pero me esperaba un asombro mayor. En la casa Miguel de la Madrid se anunciaba una exposición que al principio me sonó inofensiva: “El espíritu del 68”. Apenas traspasar un pasillo y al doblar a la derecha se encontraba uno con lo que parecía una oficina de buen tamaño. La ficha señalaba que en un espacio semejante habían despachado sus asuntos de gobierno varios presidentes. Escritorio, sillones, lámparas, libreros, un teléfono de los de antes. Y una televisión donde se trasmitían dos videos de poca duración: uno con las palabras de Díaz Ordaz el 1 de septiembre de 1968, cuando habló de que su gobierno había sido tolerante hasta el exceso y que ya no podía permitir que se siguiera quebrantando el orden jurídico, en abierta alusión a los sucesos estudiantiles previos que desencadenaron la masacre del 2 de octubre, ahí anunciada veladamente. El otro video era del 1 de septiembre de 1969, cuando Díaz Ordaz asumió la responsabilidad “personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los acontecimientos del año pasado”. Fue entonces que mis piernas comenzaron a temblar. ¿Una exposición dedicada a ese punto de inflexión de nuestra incipiente vida democrática que fue el movimiento del 68 en el corazón de Los Pinos, precisamente la sede que hasta hacía poco había sido la residencia de 14 mandatarios y albergado al poder institucional que, entre muchos desmanes para acallar a médicos, ferrocarrileros, guerrilleros y cualquier disidente social, había sido el responsable de la represión de Tlatelolco? ¿Y presidida por las palabras de su máximo artífice?

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Una sensación de vértigo comenzó a inundarme. Fotografías, serigrafías, grabados, pinturas, volantes, carteles… Más de 400 piezas desfilaban frente a mis ojos como un despliegue de naipes de una lotería mexicana: el soldado, la bandera, los valientes... Yo iba del pasmo a la sonrisa, al estupor, al recuerdo de la herida… El hermoso políptico del maestro Arnulfo Aquino, con calaveras de diseño muy estilo tipografía del 68, que cubrían una pared y simulaban un gran tzompantli moderno, comenzó a interpelarme: ¿De veras estás aquí? ¿O estamos en otro mundo? ¿O será que todos estábamos soñando y sólo despertamos a otro sueño? ¿O, como dice el compadre Juan, estamos muertos y sólo soñamos que vivimos? ¿Y tú, sueñas o deliras, o así siempre ves de distorsionadas las cosas? Las calaveras burlonas guiñaban las cuencas vacías, pelaban los dientes, sacaban las lenguas imposibles. A punto de caer, di un salto para recuperar cierto equilibrio. En realidad, me había tropezado con una gran placa de metal que lucía abandonada en plena exposición. Se trataba de una de las placas conmemorativas de la fundación del Metro con el nombre del presidente responsable —otra vez Díaz Ordaz—, desmontadas por el gobierno de la ciudad, al cumplirse los 50 años del 68, como gesto de desagravio a las víctimas caídas, otro tzompantli simbólico en la ahora Casa de la Restitución: Los Pinos reloaded.

MORRISON EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS Y DE LOS PINOS

Busqué refugio en los jardines. Tanto simbolismo trastocado me daba una sensación de irrealidad, de no pisar el mismo suelo que solía. ¿De verdad estaba en Los Pinos, caminando y divagando a mis anchas y al vuelo de mi delirio habitual ahora acentuado por las circunstancias? Pero ¿qué sabía yo de Los Pinos si siempre fue un coto cerrado y palaciego, del que sólo salían algunas murmuraciones y escándalos como el de la Tigresa Irma Serrano que le llevó Mañanitas al presidente Díaz Ordaz, su amante en turno, y que al ser rechazada para evitar molestias a la esposa del señor presidente, le propinó al mandatario un bofetadón que lo hizo ver las estrellas y que casi se le desprendiera una retina?

Si los árboles de magnolia, álamos y pinos de estos jardines pudieran hablar... Ya lo hacen ahora, me recuerdan que el mismísimo Rey Lagarto, el legendario Jim Morrison, llegó a visitarlos un día. Pero sé que no deliro del todo. En el estupendo libro de Fabricio Mejía Madrid, Disparos en la oscuridad (2011), una radiografía novelada de Gustavo Díaz Ordaz que revela sus más violentas oscuridades, Los Pinos apenas si aparecen como cuartel de operaciones y casa familiar. Un espacio que se daba por sentado con su sola mención. Lo mismo que los jardines a donde Alfredo Díaz Ordaz, hijo menor del presidente, invitó a Morrison cuando vino a México a tocar en el Forum de Insurgentes, un año después de la masacre de Tlatelolco. Ahí, cuenta la leyenda, el hijo del presidente, el cantante de rock y una comitiva de privilegiados, fumaron mariguana y consumieron ácidos. Todo un viaje. Como el que estoy teniendo ahora al creer que los límites de la realidad se movieron, que estoy en Los Pinos, un enclave que ha dejado de ser la residencia de los presidentes de México y del poder oficial para convertirse en un espacio cultural; que aquí mismo, en una de las mansiones, está montada una exposición sobre el 68 que busca reivindicar al movimiento estudiantil que se opuso al gobierno de entonces. 

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Se escucha música cerca. Un concierto de rock con mezcla de bossa nova provoca que la gente que camina por todos lados como si esto fuera una verbena popular, se dirija a una cancha de futbol aledaña. Es un grupo del Festival Cervantino, me susurra el busto de don Benito Juárez que al parecer no pierde detalle de lo que sucede alrededor.


@anaclavel99

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

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