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Análisis

Los apuros de Alejandra Frausto. El grupo de Whats que encendió la rebelión

Tras el desencuentro con los colectivos ¿están listos en la Secretaría de Cultura para relanzar la relación? ¿Acaso serán más flexibles, aceptarán ideas que antes no consideraban? Así viene la operación cicatriz. Análisis de TÉMORIS GRECKO.

Por Témoris Grecko
11 dic 2020

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Alejandra Frausto, titular de la Secretaría de Cultura, durante una conferencia de prensa. Foto: @alefrausto.

EMEEQUIS.– El affaire del grupo de WhatsApp cuyo nombre, “Desactivación colectivos”, sugiere que la Secretaría de Cultura dialogaba con grupos de creadores culturales al mismo tiempo en que trataba de desarticularlos, ha llevado las fricciones entre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y la comunidad cultural a un punto ya no sólo de ruptura, sino de enfrentamiento, que nadie hubiera podido imaginar el 1 de julio de 2018 por la noche, cuando unos y otros celebraban la votación masiva por el hoy presidente, y que es más abierta y profunda que cualquier otra crisis entre autoridades y artistas que pueda recordar la mayoría de los involucrados.

En este momento, cuesta trabajo ver una salida constructiva. La secretaria Alejandra Frausto ha tratado de resolverlo con dos despidos, una disculpa por un par de errores que deja caer en los despedidos, y la designación de un grupo de interlocutores para seguir hablando de lo mismo. Los colectivos directamente agraviados, y miles de creadores con ellos, encuentran inverosímil la versión oficial, inaceptables las disculpas, intragables a los interlocutores e insoportables las condiciones que se le han impuesto al gremio, y exigen la renuncia de Frausto. 

Pero esto serviría de poco o nada. Si se pudiera conseguir: dos años de gobierno han demostrado que AMLO descabalga a quienes a sus ojos no dan resultados, no a quienes reciben cuestionamientos desde afuera; ante un presidente que hace énfasis en rechazar presiones, la mejor manera de fortalecer a uno de sus funcionarios es exigirle que lo despida.

Si por alguna combinación de azares –no se puede descartar–, Frausto dejara el puesto… ¿López Obrador designaría a alguien del gusto de la comunidad cultural? Es improbable. Uno se puede imaginar que, por ejemplo, la forma en que Paco Taibo les hablaría a los críticos, y él es una opción realista. Además, sería irrelevante porque está más que claro que, en la Cuarta T, el caudillismo sigue tan vivo como cuando hicieron la Primera T, hace dos siglos: el titular de la Secretaría de Cultura tiene un margen de acción tan pequeño que es una fantasía imaginar que cambio de cabeza = cambio de políticas. Eso no va a pasar.

Las únicas consecuencias serían ambas significativas por efímeras: la sensación de bienestar de haber devuelto al menos uno de los tantos golpes recibidos y, acaso, la ilusión de volver a empezar a hablar con alguien tal vez fresco, quién sabe si más interesado en alcanzar soluciones y sin duda igual de maniatado por la austeridad presupuestaria -agudizada por la pandemia- y el desapego presidencial.

En las condiciones actuales, sin embargo, en el horizonte sólo se avizoran extensiones de arenas resecas, ¡democracia ya, inclemencias para todos!: cuatro años de una Secretaría de Cultura desgastada y parcialmente inmovilizada, con funcionarios cada día más desacreditados ante los gremios de los que forman parte; y cuatro años de una comunidad cultural desdeñada, hambreada y sin interlocución ni capacidad de influir en la política cultural.

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LA REPUTACIÓN

El affaire del Whats no es el causante de esta situación, es sólo el disparador. Pero vale la pena preguntarse si, ante estos escenarios de “ todos pierden”, no valdría la pena volver a estudiar el disparo, qué fue lo que pasó, si en realidad es lo que parece.

Entre las pistas, está que la conversación visible en el WhatsApp no refleja el nombre del grupo, pues salvo la posición dura de una abogada, los comentarios de los demás participantes los muestran interesados en llegar a una propuesta que pueda convencer o ser aceptada por los representantes de los colectivos, con los que estaban trabajando en ese mismo momento en una conferencia por Zoom.

Otra pista, que no puede ser desdeñada, es quiénes son esos participantes del grupo. En las peleas de pareja, cuando alguien le atribuye al otro las intenciones más malévolas, a veces hace falta mirarse a los ojos y decir: “hey, soy yo, el/la de siempre, acuérdate de mí”. Claro que no faltan las ocasiones en que la respuesta es “sí, por eso mismo te lo digo”. Pero en muchas otras, nos damos cuenta de que la emoción efectivamente nos ha hecho olvidar de momento quién es esa persona que nos habla y de la que estamos imaginando lo peor, aunque no sea consistente con lo que sabemos de ella.

En las primeras horas tras el descubrimiento del grupo de WhatsApp, las conversaciones entre creadores combinaron la indignación con la sorpresa, con expresiones como “en ese grupo está fulano o fulana, ¡cómo!, si es la mejor gente”, y “también esta persona hermosa, ¿cómo puede ser?” 

Las redes sociales están desintegrando trayectorias largas y sólidas, en instantes. Aparece una afirmación escandalosa sobre alguien, que a veces es falsa, o una media verdad, o es cierta, y todo lo que sabíamos de esa persona es echado instantáneamente a la letrina.

Yo lo sentí hace unos años, en el inicio de la revolución en Libia: operadores rusos e iraníes, aliados de Gadafi, montaron una campaña para desacreditar a periodistas críticos acusándonos de ser agentes de Israel; de pronto, vi a tuiteros y facebookeros que, a pesar de que me habían seguido y apoyado en mis coberturas de la resistencia palestina, aceptaban lo que veían por ahí y me llamaban “sionista” y hasta “financiador de complots de desestabilización” (¡financiador!, ¡que me digan dónde dejé mis millones!). Sí me preocupé. Pero eso paró de súbito, así como empezó. Pudo haberme creado problemas más serios que los de imagen en las ocasiones en que tuve que explicarles a oficiales de Hamás lo que estaba haciendo en Gaza. A veces pensamos que lo que pasa en redes se queda en redes pero a menudo tiene consecuencias en la vida real, como perder la carrera, el matrimonio o la reputación.

Les ha pasado ya a muchos. Lo peor es que si tenemos la mala suerte de que nos ocurra, le pediremos a la gente una comprensión que les hemos negado a otros, y nos sabremos indefensos, desprovistos hasta de voz.

En el affaire del Whats, a las muestras espontáneas, genuinas, de incredulidad no siguieron intentos de verificar lo que creíamos entender. De preguntarles a esas personas que tanto nos agradaban por su trabajo artístico, su compromiso social o su larga amistad, si ese grupo tenía en realidad el objetivo ruin que parecía indicar su nombre, si eso es lo que ellos querían hacer, si participaban en él por decisión o porque no les quedaba de otra. Todo lo que sabíamos de ellos, lo que sentíamos por ellos, no nos motivó a darles el privilegio de la duda. A mí también se me metió el enojo y lo expresé.

Pero quedaron los cabos sueltos. La incomodidad porque la indignación llevaba a romper lazos y tomar posiciones extremas a partir de un asunto que no quedaba claro, sobre el que no había certidumbre. La preocupación porque, sólo para empezar, dos personas habían sido despedidas. Y, sobre todo, la inquietud por los ominosos escenarios que se a estaban abriendo.

BIENAL SIN ARTE

En primer lugar, hace falta entender de dónde viene el enojo de la comunidad cultural, el que fue disparado por el affaire del Whats. Esto tiene que ser considerado no sólo en cualquier análisis, también en toda propuesta de solución.

El agravio que proviene del que siempre agravia lastima pero no indigna. El agravio que proviene de quien esperabas todo lo contrario, de quien quisiste y muy en el fondo no renuncias a querer, hiere profundo, indigna y encabrona. 

Queda muy claro que Andrés Manuel López Obrador no va a pasar a la historia como el presidente de las artes, las humanidades, la ciencia y la tecnología. A eso pueden haber aspirado –para beneficio de su imagen personal– Echeverría, López Portillo y Salinas. Y es cierto que AMLO no prometió nada así. En un candidato extremadamente popular, que trató de apelar a un espectro amplísimo de grupos sociales, cada quien proyectó sus propias aspiraciones. Pocos momentos más ingenuos que el de Susana Zabaleta proclamando que “ahora sí hay lana para la cultura”.

El presidente desconfía de los creadores. Tiene fundamento: la llamada foto de “la muñeca tetona” es una evidencia escandalosa de cómo las figuras visibles del mundillo de la cultura se dejaron seducir por Carlos Salinas de Gortari, el que acababa de traicionar y aplazar por décadas (resultaron ser 30 años) la voluntad de cambio del pueblo de México y el que utilizó los recursos del Estado para comprar intelectuales y artistas mientras saqueaba e hipotecaba el país.

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Quienes jugaron su juego no podían imaginar el daño que le estaban haciendo a la cultura en México, porque no sólo comprometieron su prestigio individual, también mancharon la reputación del sector completo. Hoy, AMLO sólo los recuerda a ellos: de la misma forma en que lee poco más periodismo que aquél que lo ataca, y por lo tanto se imagina que todo el periodismo está en su contra (hay que echarles un ojo a las síntesis de prensa de las instituciones públicas: parecen hechas por fieles de la prensa vendida al PRIAN, pues reproducen sobre todo las primeras planas y los columnistas anti-AMLO, e ignoran por completo al periodismo independiente e incluso al pro-AMLO; eso es lo que leen funcionarios, jueces y legisladores), no conoce de la cultura más que la que vio entregándose a Salinas y sucesores, y da por hecho que todo el resto es así. Si alguna vez piensa en escultura, se imagina un arco de McDonald’s en Guadalajara, un antorchista gigante de Chimalhuacán o un caballote amarillo de Sebastián, por ejemplo. Eso les debemos a los comparsas de Salinas pero también al desconocimiento presidencial del periodismo y de la cultura.

López Obrador siempre planteó “primero los pobres” y a los creadores urbanos, que son la gran mayoría, no los incluye en ese sector, ni debe incluirlos. Aún así, cabía esperar que sus seguidores, ya convertidos en funcionarios, tuvieran una sensibilidad mucho mayor.

Aunque la tengan, carecen de autonomía. Esto queda a debate pero creo que en ningún primer bienio de gobierno en medio siglo, desde Echeverría, habíamos visto tal desconcierto y afectación en el mundo cultural.

No es éste el lugar para valorar toda la gestión cultural. Baste señalar que la reducción de presupuestos, los enormes y masivos retrasos en los pagos, la cancelación o disminución de apoyos a proyectos artísticos (el lunes pasado, por ejemplo, IMCINE anunció los resultados de la convocatoria de Foprocine 2020: 10 películas frente a 35 en 2019), la incertidumbre e inestabilidad provocadas por la improvisación y la confusión en el reemplazo de los programas que estaban amparados por los fideicomisos, ya son causas suficientes de azoro, incomodidad e indignación en el sector cultural.

El malestar se acentúa, sin embargo, por la evidencia de desproporción y megacentralismo que es el Proyecto Chapultepec: mientras los creadores de cultura reciben el castigo de la austeridad y el desprecio, la cuarta parte (3,500 millones de pesos de un total de 13,000 millones) del gasto público en cultura en 2021 se concentra en un plan de obras que dirige un artista, Gabriel Orozco, designado a dedo sin consenso ni explicación, aunque su interés primordialmente comercial se reveló en 2017, cuando vendió su apellido a FEMSA (Coca-Cola) en una grosera simulación artística con fines publicitarios (OrOxxo, le pusieron al intento de convertir un Oxxo en “obra de arte” firmada por Orozco); un plan que a sus impulsores les costó año y medio presentar incompleto, del que el propio Orozco admite que no sabe “cuándo se puede inaugurar una cosa de este tipo ni cómo se va a poder medir el éxito del proyecto”, y que “muchas cosas no las vamos a ver hasta dentro de 20 años”; cuya mayor falla es que es la madre de todos los centralismos al aglomerar atractivos culturales no sólo en la capital de la República, sino en la zona con más atractivos culturales de la ciudad y de toda América Latina, mientras Iztapalapa, Chalco o Cuautitlán en la zona metropolitana, o Piedras Negras, Tenosique o Los Mochis en otras partes del país, siguen abandonadas como páramos sin apenas inversión pública en cultura.

La decepción es una de las formas más agudas de agravio. Otra es el engaño, real o percibido. Preciso “percibido” porque creo que diversos funcionarios y legisladores no han sido deshonestos al hacer lo posible por llegar a compromisos con la comunidad cultural.

La experiencia demuestra que no importa lo que acuerden. AMLO no ha tenido cuidado al momento de desautorizar a los suyos, en cultura como en otros ámbitos, en contradecirlos y a veces exponerlos al ridículo. Hasta a su coordinador legislativo en San Lázaro: cada vez que Mario Delgado convino con la comunidad, recibió presidenciales zapes y manazos que le mostraron a él y a la clase política los angostos límites de su autonomía.

EL CHAT INDISCRETO

¿Qué le queda entonces a la Secretaría de Cultura, más allá de gestionar las estrecheces de la visión cultural presidencial y de la economía de pandemia?

Por lo menos, tratar de suavizar los golpes y paliar los daños, y buscar alternativas más allá de los caminos transitados.

En esto último se enmarca el affaire del Whats: un grupo de trabajo de la SC y representantes de 11 colectivos de artistas empezaron a discutir la realización de un congreso nacional para impulsar reformas estructurales en materia de cultura, en el que autoridades y comunidad pudieran discutir y proponer opciones para contener el impacto de la crisis en la cultura, generar propuestas constructivas y resolver las fallas e insuficiencias de la Ley General de Cultura.

En una de las sesiones de trabajo por Zoom, un funcionario compartió su pantalla y por error, los participantes pudieron ver su ventana de WhatsApp, que mostraba la conversación del grupo de referencia. Sorpresa para todos: los artistas que, al ver el nombre, se sintieron abusados e insultados; y los miembros del grupo, expuestos in fraganti, agarrados con los dedos en la puerta, desconcertados al reaccionar.

Para averiguar qué hay detrás de todo esto, busqué a participantes del grupo de Whats y algunos aceptaron conversar conmigo en privado, de manera individual y sin saber con quién más había hablado ni qué me habían dicho. Así pude extraer lo siguiente:

–Salvo la asesora jurídica que representaba la línea dura institucional, los demás eran funcionarios más favorables a ese congreso;

–La propuesta de los colectivos, sin embargo, contenía tres puntos que la Secretaría no podía asumir: un número demasiado grande de miembros del comité organizador y el pago a los mismos, en contravención de la ley de austeridad republicana; los seis meses de duración del evento; y el carácter vinculante de sus resoluciones;

–La instrucción fue “desactivar tres puntos de la propuesta de los colectivos”;

–El grupo de WhatsApp tenía otro nombre, “Colectivos mesas urgentes”, que se confundía con el de otro grupo, “Colectivos mesas”, por lo que una secretaria de Marina Núñez Bespalova, la subsecretaria a cargo del proyecto, decidió cambiarlo;

–Una de las personas con las que hablé explica que “con estrés e ingenuidad, por tomarse muy literalmente la instrucción, y quizás con una traición del subconsciente”, la secretaria lo sintetizó como “Desactivación colectivos”;

–Algunos en público y todos en privado admiten que es un nombre totalmente inadecuado y reconocen que fallaron al no señalarlo e insistir en su modificación;

–Igualmente, hacen énfasis en que “no conspiramos ni traicionamos”, no hubo ningún objetivo de desactivar o debilitar a los interlocutores ni de romper el diálogo.

Al volver a revisar la conversación revelada por equivocación en la pantalla, constato que la actitud general –salvo la de la abogada que afirma “no vamos a seguir negociando nada”– no corresponde al nombre del grupo: hay comentarios como que “la equidad sigue abierta en el comité técnico”, que a partir de una revisión de los planteamientos de los colectivos los funcionarios hacen “una propuesta que suma” y alguien lamenta que “ya me desconocieron como interlocutor”.

Los testimonios que recabé pueden ser cuestionados, no hay duda. A mí me parecen coincidentes y creíbles, pero alguien podrá objetar que me los dieron personas que se sienten atrapadas en un callejón sin salida y van a decir lo que sea, y también es posible argumentar que lo que se vio del chat es sólo un fragmento.

Pero quien afirme que el objetivo del grupo sí era desactivar a los colectivos tiene una sola evidencia, el nombre del chat, y no es concluyente.

CABEZA FRÍA PARA DECIDIR

Otra cosa es el manejo institucional de esta crisis. Al ofrecer disculpas, la secretaria Alejandra Frausto aseguró no haber tenido conocimiento del grupo (es posible, no necesita micromanejar todos los que se abren para cada tema y propósito), reiteró que de ninguna manera se pretendía afectar a los colectivos (“nada más ajeno a nuestra manera de construir y de pensar”), y anunció dos despidos, tanto el del funcionario que cometió el error de dejar ver su WhatsApp como el de la secretaria que cambió el nombre.

Miembros de los colectivos describieron esto último como el sacrificio de “chivos expiatorios”.

Si no hubo conspiración y sólo se trató de un par de equivocaciones humanas, por las que no hay heridos ni daños irreparables, ¿dejar a dos personas sin empleo en plena pandemia no es una admisión de que se está castigando algo más que un error, no equivale a la admisión implícita de que sí había algún objetivo inconfesable?

Le pregunté a Antonio Martínez Velázquez, vocero de la Secretaría de Cultura, y me aseguró que ambas personas “presentaron sus renuncias porque se sintieron responsables” y Alejandra Frausto estaba ante el dilema de que “o corres a todos o no corres a nadie”, que la iniciativa de los dimitentes resolvió.

Igual, ¿aceptar las renuncias no envía el mensaje de que lo que ocurrió fue más grave de lo que se reconoce?

Frausto ha fallado en reconocer con detalle qué errores se cometieron y por qué. Si la instrucción fue desactivar tres puntos concretos de la propuesta de los colectivos, para de esta forma hacer avanzar el congreso, y esto se tradujo en una cadena de dos errores, pudo haber empezado por desactivar los malentendidos y explicar muy bien la secuencia de hechos. Al echar gente a la calle (o dejarla ir) por ponerle un pésimo nombre a un chat, atiza el rumor y la sospecha.

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Haya acertado o no, los creadores han dejado claro que Frausto no ha logrado convencerlos y han endurecido sus posturas: rechazaron el nuevo grupo de interlocución presentado por la secretaria porque no se buscó el consenso sobre sus integrantes ni se plantea “un cambio de fondo” de la actitud institucional; denuncian que por más que la secretaria enliste 32 encuentros que ha tenido con grupos y colectivos, de ellos no hay resultados concretos y han sido sólo una simulación; y por lo tanto, sostienen la exigencia de renuncia de Frausto, a la que se han sumado más organizaciones.

Falta que alguien se lo plantee a López Obrador en una de sus conferencias mañaneras. El presidente va a reaccionar a su estilo, despachándose a la comunidad cultural como suele hacerlo con quienes llama sus “adversarios”, y la fractura será irreparable. 

Eso hará más felices todavía a quienes siempre fueron grandes beneficiarios de los gobiernos del PRI y del PAN, que están aprovechando políticamente la crisis del sector cultural, que no han dejado de cacarear su “les dijimos que esto iba a pasar”, y que van a disfrutar muchísimo si logran reclutar a decepcionados artistas de los que apodan “chairos” para sus campañas del próximo año. ¿Será que después de décadas tratando de destronar al PRIAN, algunos terminarán ayudando a que recupere la corona?

A mi juicio, tras ponerme a averiguar, creer en la teoría de que el objetivo de la Secretaría de Cultura es erosionar o desactivar a los colectivos es una decisión de fe, alimentada por la decepción y el enojo. Lo mismo que condenar como apóstatas, traidores y perversos a los participantes del grupo de WhatsApp, sin considerar sus trayectorias artísticas y de activismo social, ni la relación personal que algunos tienen con ellos. Una condena que acarrea el riesgo de que cada uno de nosotros, un día, se vea atado en la misma hoguera, sin nadie que lo escuche.

Las decisiones que tomen los miembros de la comunidad cultural (como seguir exigiendo o no la renuncia de Frausto, o romper o no con la 4T) deben estar fundadas en hechos comprobados para ser acertadas y no hundir al sector más de lo que ya está, para que sirvan a objetivos asequibles y no sólo para darse el gusto de darle salida al enojo.

¿Están listos en la Secretaría de Cultura para relanzar la relación? Creo que faltan por ver más gestos y acciones. Para empezar a despejar la duda, busqué a Marina Núñez Bespalova, la subsecretaria de Desarrollo Cultural que encabezaba el equipo de trabajo que discutía el congreso y fue disuelto a partir del affaire del Whats, y está al frente también del nuevo grupo de interlocutores, el que los colectivos descalifican porque lo ven como más de lo mismo.

¿Qué es diferente?, le pregunté. Núñez asegura que la inclusión de un cineasta y un actor que han sido parte de colectivos culturales permitirá tener “una perspectiva más amplia de lo que se plantee en una posible mesa de diálogo, podríamos resultar un poco más cercanos. En retrospectiva, esta visión quizás ayude a plantear nuevas cosas, nuevos diálogos y nuevas maneras de hacer las cosas”. 

Como una forma de reconocer los errores, que resulte más productiva que despedir a dos personas, ¿acaso serán más flexibles, aceptarán ideas que antes no consideraban?   “Debemos tener cuidado con lo que podamos prometer y no podamos hacer realmente”, respondió Núñez, “el encorsetamiento de estar en una administración significa que nuestras posibilidades no son tantas como quisiéramos, no debemos crear falsas expectativas ni hacerle perder el tiempo a nadie, sino decir qué es lo que sí se puede hacer”.

¿Cómo remontar el rechazo de los colectivos al nuevo grupo de interlocución? “La puerta está abierta. Lo que nos queda es decir aquí estamos, dispuestos a trabajar nuevamente”.

 

@temoris




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Témoris Grecko

Politólogo, periodista y documentalista mexicano. Autor de "Ayotzinapa. Mentira histórica" y otros libros, y de los documentales "MirarMorir. El Ejército en la noche de Iguala" y "No se mata la verdad".

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Témoris Grecko

Politólogo, periodista y documentalista mexicano. Autor de "Ayotzinapa. Mentira histórica" y otros libros, y de los documentales "MirarMorir. El Ejército en la noche de Iguala" y "No se mata la verdad".

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