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Análisis

La tortura del paladar

EL BISTURÍ DE ENRIQUE SERNA: “Si la confrontación comercial con Estados Unidos se agrava por las continuas bravatas antimexicanas de Trump, Marcelo Ebrard podría aprovechar la creciente afición yanqui por el aguacate mexicano para extorsionarlo en plena campaña por la reelección”

Por Enrique Serna
23 sep 2019

Ilustración: Raquel Moreno


Los estómagos vacíos han escrito páginas memorables de la historia universal, pero no sólo el hambre derriba imperios, libera esclavos y cambia la faz de la tierra: también los pueblos saciados realizan hazañas portentosas cuando sus enemigos les impiden saborear la comida. Entre las gestas heroicas de los paladares atormentados, la más famosa, desde luego, es el descubrimiento de América. En 1453, cuando los turcos decretaron la interrupción del comercio de especias con la India, la pimienta negra, el clavo y la canela ya eran ingredientes fundamentales de la cocina europea. La búsqueda de nuevas rutas marítimas para comerciar con Asia, en la que tantos navegantes se jugaron la vida, fue una proeza motivada por un antojo elevado a la categoría de necesidad. Como los españoles no podían renunciar a un placer que ya los había enviciado, los Reyes Católicos se animaron a patrocinar los viajes de Colón, que en lugar de los condimentos perdidos encontró un nuevo mundo en los confines del Atlántico.

Un pueblo condenado a la supervivencia insípida tarde o temprano toma las armas para recobrar el deleite que le robaron.

Los pueblos bien comidos, en cambio, tienen razones más poderosas para salvar el pellejo y poca disposición a estropear sus digestiones. Los manjares suculentos minaron a tal punto el temple viril de los romanos decadentes (inventores de la bulimia hedonista, entre otras lindezas) que no pudieron frenar a los bárbaros del norte, alimentados con carne asada o cruda. Pero el refinamiento gastronómico de los romanos los incitó a descubrir placeres desconocidos, y al correr de los siglos, las hordas germanas terminaron rindiendo pleitesía a la cocina mediterránea, como sucedió cuando los ingleses colonizaron la India.

 

En la conquista de México, las papilas gustativas de los tlaxcaltecas fueron un factor crucial para inclinar la balanza en favor de los españoles. En castigo por su terca resistencia a pagar tributos, los mexicas les habían impuesto un bloqueo comercial que los privaba de sal. El bloqueo contribuyó a mantenerlos esbeltos, pues nadie come mucho cuando la comida no sabe a nada, pero debió punzarles el orgullo más que la lengua. Cuando Cortés desembarcó en Veracruz, un siglo de alimentación desabrida los había vuelto irascibles y rencorosos.  Atizaban su rabia  las noticias de los banquetes  servidos a diario en el palacio de Moctezuma, donde según Bernal Díaz del Castillo, “le tenían sus cocineros sobre treinta maneras de guisados, puestos en braseros de barro, con gran variedad de gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices, venado, codornices y liebres, y de aquello que había de comer guisaban más de trescientos platos para la gente de su guarda”.  

 

Como los patricios romanos, Moctezuma alimentaba diariamente a una numerosa clientela política y quizá esos banquetes hayan reblandecido el temple de sus guerreros, pues a diferencia de los tlaxcaltecas, que se enfrentaron a los invasores en duras batallas antes de aliarse con ellos, los guerreros mexicas huyeron despavoridos cuando trataron de interceptar a los españoles en Tzincancingo, un pueblo de la región totonaca.  La corruptora certeza de tener muchos banquetes por delante quizá influyó más en su conducta que el sentimiento de inferioridad ante los presuntos enviados de QuetzlcóatlCortés percibió con sagacidad que la motivación de saborear la comida espoleaba a sus aliados, y en la etapa más cruenta de la conquista, cuando incendió decenas de pueblos y esclavizó a miles de indios, permitió que los tlaxcaltecas se comieran a todos los enemigos muertos en los campos de batalla. Los cronistas y los historiadores que han descrito ese festín antropófago pasaron por alto un detalle importante: la mayor satisfacción de los tlaxcaltecas no fue comerse a los odiados mexicas, sino salar sus jugosas carnes.

 

Las veleidades gastronómicas de las grandes potencias otorgan a sus vecinos débiles una ventaja estratégica en caso de conflictos bilaterales. Si la confrontación comercial con Estados Unidos se agrava por las continuas bravatas antimexicanas de Trump, Marcelo Ebrard podría aprovechar la creciente afición yanqui por el aguacate mexicano para extorsionarlo en plena campaña por la reelección. Millones de gringos son adictos al guacamole, si se le puede llamar así a la versión Tex Mex de nuestro manjar que degluten a diario entre cerveza y cerveza. La amenaza de negarles su botana favorita puede obrar milagros en el juego de vencidas con la Casa Blanca. La economía mexicana tal vez sufriría un breve colapso mientras dure el estira y afloja, pero los disturbios callejeros de los supremacistas blancos, histéricos por no encontrar aguacate en el Walmart, obligarían a su Führer a tratarnos con más respeto.

 

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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