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Análisis

La nueva Medusa y los genitales masculinos

ANA CLAVEL sobre la polémica estatua, Medusa con la cabeza de Perseo: “Triste lección la que nos plantea a nivel simbólico esta nueva Medusa más que justiciera, exterminadora, y muy delicado que la formule un hombre que quiere hacerse pasar por ‘aliado’ feminista”.

Por Ana V. Clavel
31 oct 2020

Medusa
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– Hablar de los mitos no es un asunto cualquiera. Frazer, Eliade, Malinowski, Freud, Grimal, Lévy-Strauss y otros estudiosos de peso completo han dado cuenta de su carácter sagrado, simbólico, fundacional… Narrativas primordiales que le dan causalidad al universo, pues buscan responder y desentrañar preguntas del ser humano frente al caos y frente a sí mismo. 

En días recientes se inauguró frente al Tribunal Penal del Condado de Nueva York en Manhattan, una estatua polémica, obra del artista argentino Luciano Garbati, titulada Medusa con la cabeza de Perseo, como un eco de la ola creciente del movimiento #MeToo. En la efigie, una mujer con cabellera de serpientes que representa a la Medusa mitológica, aparece desnuda y desafiante: en una mano porta la cabeza del héroe Perseo, y en la otra, una espada con la que ha decapitado a su antes victimario. En una lógica de inversión elemental, Garbati le ha dado la vuelta al mito con esta osada representación, suscitando aplausos y críticas por igual.

Pero revisemos el mito griego referido por Ovidio en sus Metamorfosis. Medusa era una de tres hermanas que fue consagrada como sacerdotisa de Atenea, la diosa de la sabiduría. El poeta Píndaro y el propio Ovidio hablan de la belleza de la joven, cuyos cabellos provocaban envidia. Era tan célebre su hermosura que Poseidón, el señor de los océanos, presa del instinto, la persigue y la viola en el mismo templo de la diosa virgen. Sintiéndose mancillada, Atenea no castiga al dios sino a la muchacha, acaso porque no puede atentar contra otros dioses y desquiciar las fuerzas de la naturaleza, pero sí tiene poder contra una mortal. Así, transforma la envidiable cabellera en una aureola de sierpes y por si esto no bastara, condena también la mirada de Medusa para que petrifique a todo ser que ose mirarla de frente. 

La lectura es imponente: quien mira el Horror —entiéndase el Misterio, la Revelación— queda paralizado como una piedra. Si en algún momento de las tareas de los héroes, Perseo consigue vencer a Medusa es porque la diosa de la sabiduría le brinda un escudo fulgente como espejo para que, a través de él, observe a la terrorífica figura, evitando su mirada petrificante. 

Garbati ha dicho que su versión de Medusa no «reivindica la venganza. Medusa no es otra cosa más que una víctima, de una violación, de una maldición, del exilio y, finalmente, de este hombre que fue a matarla para lucirse». Si uno observa la postura del cuerpo, la posición de la cabeza y los brazos de esta Medusa feminista, si bien recuerda la estatua de Perseo realizada en el siglo XVI por Benvenuto Cellini, también tiene reminiscencias del cuadro de Caravaggio con su David sosteniendo la cabeza de Goliath. Cellini coloca la cabeza de Medusa al frente de Perseo, más que exhibiéndola como un trofeo, esgrimiéndola como arma mortífera por su poder visual petrificador con el que consigue vencer a otros monstruos. En el cuadro de Caravaggio vemos la cabeza del gigante Goliath —con el rostro del propio pintor en una imagen no exenta de ironía y autocrítica—, la espada todavía punzante y el gesto del héroe bíblico con una mezcla de pasiones encontradas: la fuerza, el espanto, la ira pero también la compasión en el acto de haber matado a alguien. En cambio el rostro de la Medusa de Garbati y su actitud corporal desafiante parecen decirnos: “El violador eres tú… y éste va a ser tu castigo”.

 

Medusa con la cabeza de Perseo, modelo a escala de Luciano Garbati.

 

LOS GENITALES DE URANO

Pero la violencia en los mitos merece una lectura más atenta, acaso más meditada y sutil. Un ejemplo que siempre me ha resultado fascinante: el mito de Urano y su hijo Cronos. Urano, dios de los cielos, se acopla con Gea, diosa de la tierra. Su unión engendra a los titanes. La profecía dice que uno de los vástagos someterá al padre para quedarse con su poder. Urano decide impedir que Gea dé a luz, manteniendo a su progenie encerrada en el seno materno. La diosa, afligida por la suerte de sus hijos, concibe un plan: talla una hoz de pedernal y les pide ayuda en contra del padre. Cronos, el titán del tiempo, se hace cargo de la encomienda y ataca a Urano mientras yace con Gea. Con violencia parricida castra al dios del firmamento. De la sangre derramada surgen las Erinias vengadoras y los voluntariosos Gigantes. 

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Además, de los genitales arrojados al mar brota la diosa del amor: Afrodita o Venus, como la representa Botticelli en su famoso cuadro El nacimiento de Venus, donde emerge de las aguas sobre una concha marina, desnuda con una hermosa y larga cabellera, guarecida por los céfiros y las estaciones. Es decir, de la unión del semen celestial con las aguas primordiales del océano, surge la sexualidad, el amor y la belleza. Vaya, pues, que siempre en la conformación de los mitos hay una carga simbólica y una red de significados que no puede hacerse a un lado así como así. A menos que en un acto de interpretación muy superficial, uno decida pasarse la tradición por el arco del triunfo, o como decían los antiguos romanos colocando la mano sobre sus genitales para jurar y abjurar: por mis testigos.

Y es que poner a Medusa como representación de la mujer ultrajada que toma justicia por su propia mano, recuerda más bien la intimidante lógica de la Ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente. Por supuesto que la indignación de las mujeres por los agravios acumulados es gigantesca y legítima. Pero una justicia vengadora, castrante, bárbara no le hace bien al cuerpo social del que todas, pero también todos, formamos parte. Ojo por ojo, diente por diente… y, parafraseando a Gandhi, acabaremos tuertos, ciegos y desdentados. 

Y tan superficial es la lectura que hace el artista argentino con su Medusa decapitadora, que incurre en un error de episteme en aras de falsas banderas feministas: la verdadera Medusa no hubiera necesitado de una espada para defenderse y atacar a su enemigo. Le hubiera bastado con mirarlo de frente para que su oponente se convirtiera en piedra.

Y ya que nos hemos metido con una figura emblemática tan dotada de significantes, tampoco hay que olvidar la interpretación de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis y de los estudios del subconsciente, para quien la cabeza cercenada de Medusa, con sus serpientes fálicas en vez de cabellos, representa nada menos que el complejo de castración —ese horror a la mutilación esencial. No puedo imaginar que haya hombre sensible que, al ver la estatua en cuestión, no se incomode al menos un poco y hasta se lleve las manos a los genitales propios en señal de protección… 

Triste lección la que nos plantea a nivel simbólico esta nueva Medusa más que justiciera, exterminadora, y muy delicado que la formule un hombre que quiere hacerse pasar por “aliado” feminista. Proponer como respuesta la amenazante castración —o autocastración en su caso— para estar a favor de los derechos de las mujeres, es un discurso no sólo demencial sino aberrante.


@anaclavel99



Medusa

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

Medusa

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

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