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Análisis

Hollywood juega con fuego: ‘El Guasón’ como símbolo de la humanidad oprimida

EL BISTURÍ DE ENRIQUE SERNA: “No es una casualidad que en pleno ascenso del fascismo, con un sociópata pendenciero despachando en la Casa Blanca, se haya filmado una película tan abiertamente nihilista”

Por Enrique Serna
21 oct 2019

Ilustración: Raquel Moreno

Inclinados por instinto a la anarquía, los niños nunca se resignan del todo a una educación familiar o escolar que les impone leyes asfixiantes y los antihéroes que las violan alegremente les ofrecen un modelo de conducta envidiable. Crecí leyendo historietas en que los superhéroes eran los defensores del orden público y los villanos intentaban desencadenar el caos a escala planetaria. Desde entonces, el encanto perverso de algunos genios del mal (el Guasón, Lex Luthor, Gatubela, el Pingüino) me atraía poderosamente, un efecto sin duda buscado por sus creadores, que se las ingeniaban para contravenir entre líneas la moral esquemática de los géneros populares. 

 

Pero si en mi niñez los redactores de historietas sólo se atrevían a simpatizar subrepticiamente con los antihéroes, en la actualidad los productores de Hollywood les erigen monumentos preciosistas en los que logran, incluso, relativizar la gravedad de sus crímenes. El Guasón, la obra maestra de esta corriente vindicadora, está cautivando a millones de espectadores en todo el mundo. Confieso que la vi en estado de trance, maravillado por el lenguaje corporal de Joaquín Phoenix, que fluctúa entre la tensión y el éxtasis, entre la ira reconcentrada y el rapto místico, y por la destreza de los guionistas, que elevaron a un loco asesino a la categoría de símbolo de la humanidad oprimida, aprovechando algunos rasgos de carácter esbozados en El hombre que ríe de Víctor Hugo, la historia de un monstruo de feria, Gwyplaine, a quien su amo y explotador había tasajeado la boca para dibujarle una permanente sonrisa.

 

No es una casualidad que en pleno ascenso del fascismo, con un sociópata pendenciero despachando en la Casa Blanca, se haya filmado una película tan abiertamente nihilista, que ante el fracaso de las utopías redentoras propone un retorno a la ley de la selva. En ambos polos del espectro político, los radicales intuyen que la democracia y el estado de derecho van a desmoronarse pronto, y se aprestan a tirar la primera piedra para llevar la confrontación a terrenos en donde ninguna postura moderada o conciliatoria tenga cabida. En los años 30, ni los comunistas ni los nazis creían en la democracia y velaban armas esperando su derrumbe. La misma esperanza infunde aliento a los haters profesionales del siglo XXI, adoctrinados por la propaganda racista difundida en las redes sociales, o a los porros anarquistas que cometen actos vandálicos para reventar manifestaciones pacíficas en la Ciudad de México.


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El Guasón no es la primera obra maestra del cine estadunidense que sostiene una tesis política irresponsable: El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, un panegírico del Ku Kux Klan donde se presentaba a los negros como violadores salvajes, demostró desde los tiempos del cine mudo que el virtuosísimo fílmico puede coincidir con la ideología más obtusa y retrógrada. La tesis que defienden los creadores de El Guasón parece más humanitaria, porque su protagonista es una víctima de la injusticia social y ha padecido incontables atropellos desde la cuna. La película denuncia con dedo flamígero la indiferencia de los privilegiados y los satisfechos, en un tono similar al de Víctor Hugo cuando clamaba con voz iracunda en El hombre que ríe:

“Los privilegiados no tienen orejas para escuchar a los desheredados. ¿Su sordera es un pecado? No, es una ley. Para el satisfecho, el hambriento no existe. Los felices ignoran y se aíslan. Nada se puede esperar de ellos”. 

Pero si Víctor Hugo pugnaba por la justicia social, al mismo tiempo fue un defensor de la legalidad republicana, y jamás hubiera aprobado que el héroe de una novela suya encabezara un sangriento motín callejero. Los creadores de El Guasón, en cambio, idealizan esa victoria popular cuando la rabiosa multitud sale a sembrar el terror en las calles de Ciudad Gótica, asesina a infinidad de víctimas inocentes (entre ellos al papá de Batman), y alza en hombros al líder moral de su revuelta. En las antípodas de la serie televisiva de los años 60, donde los enemigos de Batman eran villanos caricaturescos, retratados en tono de comedia ligera, El Guasón es una película endiabladamente seria y solemne. De hecho, el protagonista es un cómico fracasado, que suscita burlas cuando trata de hacer reír y declara la guerra a la sociedad que lo excluye del buen humor. La advertencia encerrada en esta parábola hiela la sangre del espectador mexicano, que acaba de presenciar el triunfo de la anarquía egoísta en la batalla de Culiacán y lleva más de doce años padeciendo el terrorismo del hampa en otras “plazas compradas” donde el Estado ya se rindió frente a los ejércitos criminales. Sálvese el que pueda si esta formidable apología de la venganza y el odio recrudece más aún nuestra pesadilla.

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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