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Análisis

El villano benefactor

ENRIQUE SERNA escribe sobre la relación entre editor y autor. “Aliado crítico del escritor, el editor no se limita a publicar o rechazar obras: también puede aconsejar enmiendas, reacomodos de capítulos o la reescritura de pasajes enteros”.

Por Enrique Serna
12 oct 2020

SERNA
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– Los editores de literatura desempeñan muchas veces el papel de villanos, pues tienen que rechazar infinidad de libros y el ego lastimado de un escritor no perdona fácilmente las ofensas. Mucha gente los odia, pero su control de calidad es imprescindible y a veces, cuando logran convencer al público de que su filtro es confiable, contribuyen a inmunizarlo contra los engaños de la mercadotecnia editorial, porque el éxito de la buena literatura es un antídoto contra la mala, como sucedió con el boom de la novela hispanoamericana en los años 60, fraguado en buena medida por editores como Francisco Porrúa y Carlos Barral. 

Aliado crítico del escritor, el editor no se limita a publicar o rechazar obras: también puede aconsejar enmiendas, reacomodos de capítulos o la reescritura de pasajes enteros. Sobre todo en los países anglosajones, donde los editores tienen más injerencia creativa, esta colaboración ha dado espléndidos frutos (Raymond Carver, por ejemplo, siempre reconoció su deuda con el editor Gordon Lish, de quien aprendió el arte de lo inacabado, que es el arte de sugerir). Por supuesto, los autores que ven al editor como un enemigo y no aceptan modificar una coma pueden ganar el juego de vencidas, pero seguramente pagarán su soberbia con abucheos. 

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Desde que empecé a publicar en el suplemento Sábado de Unomásuno hace 35 años, he colaborado con una variopinta gama de editores, me hice amigo de algunos y aprendí a confiar en su olfato. Pero hay uno en particular a quien le debo un frentazo con la realidad sin el cual no hubiera escrito nada legible. En mi juventud temprana escribía cuentos, al principio fantásticos, luego realistas y crueles, en los ratos libres que me dejaban mis dos ocupaciones: la carrera de Letras Hispánicas y mi trabajo de redactor en Procinemex, la agencia publicitaria del cine estatal a principios de los 80. Nunca asistí a un taller literario, pero mandaba mis cuentos a diferentes concursos en los que nunca gané premio alguno, salvo una mención honorífica en un certamen estudiantil. 

Ante los rechazos, un escritor novicio tiene dos caminos: creer que las mafias literarias conspiran en su contra o admitir que no ha dado el ancho. A pesar de mi orgullo enfermizo (cuando perdía un juego de ping pong le arrojaba la raqueta al adversario), terminé aceptando la segunda posibilidad, porque al releer mis cuentos dos o tres meses después de haberlos escrito notaba errores y torpezas que no había descubierto antes. O el amor propio me había cegado o mis recientes lecturas de los clásicos habían mejorado mi apreciación literaria. Tampoco podía descartar una combinación de ambos factores. 

A los 23 años, tarde ya para cumplir mi sueño de ser un talento precoz, envié a la revista El cuento una de mis ficciones más presentables, “Cartas a Eufemia”. Poco después, en una notita de la primera sección, donde respondía cartas de los lectores, el director de la revista Edmundo Valadés anunció que publicaría mi cuento. Como Valadés era un cuentista importante, su aprobación me hinchó como pavorreal y difundí la noticia entre mis amigos y familiares, sintiéndome ya un autor consagrado. Pasaron varios meses, salió otro número de El cuento y busqué en vano el mío. Nada, otra vez se habían olvidado de mí. Lo mismo sucedió en el siguiente número de la revista. Mandé una carta al director con un reclamo gentil por esa larga postergación. En el número de fin de año tampoco apareció mi cuento, pero sí una nota en la que Valadés rectificaba su opinión sobre “Cartas a Eufemia” y declaraba aún me faltaba destreza narrativa.

La puñalada fue tan artera que esa misma noche me desmayé de tristeza en una taquería y estuve tentado a renegar de mi vocación. Para colmo, César Rodríguez Chicharro, uno de mis profesores en la carrera de Letras, comentó en clase la nota de Valadés, dándome ánimos para seguir en la brega, no sé si con mala leche o de buena fe, de modo que todo el grupo se enteró de mi fracaso. Tal vez mi carta haya molestado a don Edmundo, pero no fue injusto conmigo. Al releer el cuento cinco años después le di la razón y lo reescribí por completo con diferente estructura. Ahora está incluido en Amores de segunda mano con un título más escueto, “Eufemia”. 

Fue un tanto cruel por parte de Valadés darme alas y luego cortármelas (tal vez su jefe de redacción haya escrito el primer comentario), pero si hubiera publicado el cuento tal como estaba, yo no habría hecho una autocrítica severa. Como él me puso el listón más alto, reconocí con gran pesadumbre que aún era un cuentista ingenuo, sin precisión verbal ni soltura para narrar. Ahora sé que esa publicación prematura me habría dañado. Paradójicamente, mi mejor editor fue un villano inmisericorde. Gracias a su crueldad comprendí que me faltaba rigor para merecer las letras de molde.    

 

 

SERNA

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

SERNA

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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