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Análisis

El ruido beligerante

ENRIQUE SERNA escribe sobre el ruido y la impunidad. “¿Quién se atrevería a desafiar a un vecino estruendoso que tal vez tenga en la nómina al jefe de la policía?".

Por Enrique Serna
8 mar 2021

Vecinos ruidosos y la impunidad.
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– A lo largo de mi vida he librado batallas más o menos arduas con vecinos que rentan sus casas para fiestas los fines de semana, violando la normativa del fraccionamiento donde vivo, y a veces he logrado que el ayuntamiento de Cuernavaca intervenga para llamarlos al orden. Con frecuencia, los vecinos ruidosos se sorprenden cuando alguien les reclama su falta de civismo, pues creen que los usos y costumbres aceptados por la mayoría los autorizan a vomitar decibeles. De hecho, algunos dirigen hacia la calle las bocinas de sus equipos de sonido, como si fueran dueños del espacio público. En el lenguaje de los valores entendidos esa bravata quiere decir: “Aquí mando yo y háganle como quieran”. 

Desde que la partidocracia ávida de moches concedió a las farmacias del doctor Simi el privilegio de atraer a su clientela con música ensordecedora, el mal ejemplo cundió por doquier y ahora abundan los comercios que sacan bocinas a la banqueta. Una buena parte de la población tal vez adolezca ya de una precaria salud mental, pues sólo así se comprende la eficacia de ese gancho publicitario. Los esfuerzos individuales son insuficientes para frenar la contaminación sonora, provocada, sin duda, por la precariedad del estado de derecho en un país donde el 98% de los delitos quedan impunes. Si la inmensa mayoría de los sicarios andan sueltos, sería ingenuo esperar que una autoridad omisa, corrupta o cobarde sancione a los mercachifles y a los vecinos ruidosos.

El carácter atrabiliario de una persona puede inferirse por su propensión a invadir la intimidad ajena. Desde hace un par de años tengo un vecino que escucha música de banda sinaloense con potentes bocinas que se oyen a cien metros a la redonda. Repite obsesivamente “Caminos de Michoacán”, estado del que supongo es oriundo. El ruido cesa a la medianoche, pero como sus francachelas empiezan al mediodía pueden durar diez o doce horas y el estrépito de la tambora me eriza los pelos mientras intento leer o escribir. En este caso mi valor civil ha flaqueado, pues cualquier mexicano sabe lo que pueden significar los gustos musicales de mi vecino. Por si no bastara con ese indicio, el lujo faraónico de sus camionetas me inhibe para presentar una queja. No me atrevo a reclamarle directamente la tortura que me asesta varios días a la semana, ni siquiera a denunciarlo ante la asociación de colonos, pues mi vida correría peligro si averiguara la identidad del quejoso.  

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En materia de criminalidad, Morelos es un estado “calientito”, como dirían los cronistas de nota roja. Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, cerramos el 2020 con el primer lugar nacional en tasas de feminicidio, secuestro y asaltos bancarios. En el sexenio de Graco Ramírez, Cuernavaca fue un territorio relativamente seguro (no así los municipios aledaños), pero desde la llegada al poder de Cuauhtémoc Blanco, la delincuencia también se disparó en la capital del estado. De diciembre a la fecha, las balaceras menudean en las inmediaciones de mi colonia. El nueve de diciembre, una pareja de novios fue asesinada por un motociclista en la avenida San Diego; el 20 de enero un comando de sicarios acribilló a un funcionario público en el Café Illy de avenida Río Mayo (a unos metros de Casa Morelos, la oficina de Cuauhtémoc Blanco) y el martes pasado, en la Farmacia del Ahorro de la misma avenida, un asaltante o secuestrador mató a tiros a una muchacha. Meses antes, el primero de octubre, me tocó presenciar, en la sección de urgencias del sanatorio Henri Dunant, la llegada en camilla del exdiputado y conductor de programas radiofónicos Juan Jaramillo Frikas, ultimado a balazos en la puerta de su casa. Mientras la guardia nacional da palos de ciego, los ejércitos criminales parecen han ocupado ya el vacío de poder creado por la ineptitud de Cuauhtémoc y la rapacidad de los ventrílocuos que lo tienen sentado en sus piernas. Ante un panorama como ése, ¿quién se atrevería a desafiar a un vecino estruendoso que tal vez tenga en la nómina al jefe de la policía?

Resignado a vivir con ruido y con miedo, mi caso ejemplifica a la tragicómica vanagloria de los ilusos que se parapetan en colonias inexpugnables con la ilusión de quedar a salvo del hampa y a la postre sólo consiguen estrechar relaciones con ella.   Mi fraccionamiento no es lujoso, pero si viviera en Palmira, la zona más elegante de la ciudad, tampoco estaría a salvo de agresiones, pues cuanto más opulenta es una colonia, mayor número de narcos atrae. Moraleja sociológica al borde de la sordera: en México cualquier islote de seguridad es una coladera. 

Nos queremos alejar de peligro construyendo tecorrales o casetas de vigilancia, pero tarde o temprano, el peligro se muda a la acera de enfrente. Y si este artículo contiene alguna cacofonía, culpen a la tambora, no a mí. 



Vecinos ruidosos y la impunidad.

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

Vecinos ruidosos y la impunidad.

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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