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Análisis

“El Gatell gringo”: la voz de la ciencia en Estados Unidos

En México algunos le han llamado “el López-Gatell gringo”, pero el doctor Anthony Fauci es más que eso: ha sido el epidemiólogo en jefe del país por 30 años; ha visto pasar a seis presidentes y los estadounidenses confían en él el doble de lo que confían en Trump.

Por Eileen Truax
24 jul 2020

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Anthony Fauci en una conferencia de prensa sobre el coronavirus. Foto: Especial.

EMEEQUIS.– Tiene una expresión relajada y escucha las preguntas con paciencia; es bueno explicando los términos científicos en lenguaje popular, y su experiencia en epidemias lo ha convertido en la voz autorizada del gobierno para hablar de la pandemia de Covid-19, aunque la mayoría de las veces el propio presidente no sigue sus instrucciones. Y aunque en México esta descripción podría recordar al doctor Hugo López-Gatell, en este caso nos referimos a su homólogo en Estados Unidos: el veterano y reconocido doctor Anthony Fauci.

Fauci es una “vaca sagrada” de la epidemiología. Hijo de un farmaceuta, y descendiente de inmigrantes italianos, creció en Brooklyn, Nueva York, y se graduó de la Escuela de Medicina de la Universidad de Cornell, una de las instituciones académicas más prestigiosas del país. En 1984 fue nombrado director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), cargo que aún desempeña, lo cual significa que ha atendido crisis de salud bajo el gobierno de seis presidentes –Ronald Reagan, George Bush, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump.

Desde su rol en el gobierno, Fauci tuvo a su cargo la tarea de informar a los estadounidenses sobre el VIH y el SIDA en los años ochenta, y de diseñar el programa global que más tarde sería implementado para controlar esta epidemia internacionalmente. Durante 30 años ha coordinado las medidas de prevención y tratamiento de enfermedades conocidas, como la tuberculosis y la malaria, y también de las emergentes, como el ébola, el zika, y ahora la Covid-19. Para el año 2020, el presupuesto que maneja el instituto que dirige es cercano a los seis mil millones de dólares.

A pesar de su trayectoria, el epidemiólogo en jefe era relativamente desconocido fuera de los círculos de salud pública hasta principios de este año, cuando la pandemia lo puso al frente del equipo de trabajo del gobierno estadounidense, y al lado de Donald Trump en las conferencias de prensa de la Casa Blanca. Entonces el mundo supo quién era el doctor Fauci.

LA CIENCIA VS. TRUMP

Desde el inicio de la pandemia, Anthony Fauci se convirtió en el portavoz no oficial de la estrategia de gobierno federal. Durante las conferencias de prensa del presidente Trump, Fauci solía estar presente y tomar la palabra para explicar la situación. A medida que los casos de Covid-19 se extendieron en Estados Unidos y el número de muertes se contó por decenas de miles, la opinión pública se volvió crítica del discurso de Trump, quien minimizó la pandemia y su alcance desde los primeros meses pretendiendo que en verano el país podría volver a “la normalidad”. Así que mientras el presidente elogiaba a los gobernadores que en junio “reabrieron” la economía de sus estados, Fauci insistía en la necesidad de mantener la distancia social, usar cubrebocas, y volver a cerrar los bares, que se convirtieron en grandes centros de contagio.

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En julio las diferencias se volvieron tan grandes que Fauci desapareció de la escena pública. Durante la segunda semana del mes, la Casa Blanca envió una serie de mensajes oficiales en los que cuestionaba el trabajo del epidemiólogo, mientras partidarios de Trump lanzaron el hashtag #FireFauci (despidan a Fauci). En respuesta, la Asociación Americana de Colegios de Medicina (AAMC) condenó el intento de desacreditar al científico. “La ciencia es, y debe ser, un proceso dinámico. Estados Unidos debería aplaudir al doctor Fauci por su servicio”.

La ciencia, sin embargo, no se le da fácilmente a todo el mundo. Lo que tendría que ser una estrategia nacional de supervivencia se ha convertido en una batalla política rumbo a la elección presidencial de noviembre de este año. El uso de mascarilla ya no es una medida de salud pública, sino un posicionamiento político: si Trump dice que no debe usarse, y los científicos dicen que sí, los partidarios de Trump se negarán a cubrir nariz y boca.

“Es desconcertante cuando ves que la gente no escucha”, dijo Fauci hace unos días en una entrevista con el diario New York Times. “Puedo mostrar algunos de los correos electrónicos y mensajes de texto que recibo. Bastante hostiles en mi contra, como si yo estuviera atentando contra sus libertades individuales”.

Aún así, en una encuesta nacional realizada a mediados de julio por la Universidad de Quinnipiac[1], especializada en tendencias políticas, 65% de los estadounidenses confía en la información sobre el coronavirus proporcionada por Fauci. De acuerdo con la misma encuesta, solo 30% confía en la información proporcionada por Trump.

UN ASUNTO DEMASIADO IMPORTANTE

Uno de los cuestionamientos que se ha hecho a los médicos que encabezan las estrategias nacionales contra la Covid-19 en todos los países, es la forma en que ha cambiado la información y las instrucciones que deben seguir los ciudadanos para evitar la propagación del virus. Muchos de los epidemiólogos que hoy recomiendan volver al confinamiento y que imploran a la gente el uso de cubrebocas, se mostraban menos alarmados en sus declaraciones de febrero o marzo.

En una de las muchas entrevistas que ha dado recientemente, Fauci ha explicado la razón por la que ocurre esto. Durante una crisis de salud pública la comunicación es importante, pero comunicar en tiempo real sobre una enfermedad de la cual se está aprendiendo, es un reto. La ciencia no es un conocimiento estático, como un manual o una biblia, sino un proceso en marcha.

En el caso de Fauci –y de algunos otros epidemiólogos, como el propio López Gatell–, el uso del cubrebocas es el mejor ejemplo: al inicio se dijo que su uso era indispensable para los trabajadores de la salud, pero no necesariamente para el público general; pero en las últimas semanas, el mensaje cambió: ahora todos deben usar cubrebocas para evitar la propagación.

“Los datos que no existían antes, empezaron a llegar. Cuando empezó la pandemia no sabíamos que se podía estar infectado sin mostrar síntomas, porque eso no ocurre con los otros coronavirus”, explicó Fauci hace unos días. “Cuando descubrimos que entre un 20 y un 40% de los individuos contagiados son asintomáticos, y contagian a otros inadvertidamente, llamamos al uso de cubrebocas; el problema es que el mensaje inicial iba en sentido opuesto”.

Cuando le preguntan si no le dan ganas de renunciar ante los ataques de la administración Trump, Fauci ríe. Por alguna razón, siempre parece estar de buen humor, con una ligereza difícil de creer en alguien que lleva sobre los hombros la salud de más de 300 millones de personas.

Este es un asunto demasiado importante como para dejarlo, y yo soy bueno en el trabajo que hago”, dice sin arrogancia y sin falsa modestia. “Mi estrategia es mantenerme alineado con los datos, con la ciencia, y no dejar que se meta en medio ninguna ideología. Si hay enfrentamientos políticos, no me involucres; mi lugar siempre está donde está la ciencia”.

 

@eileentruax


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Eileen Truax

Eileen Truax es una periodista mexicana especializada en migración y política. Es autora del libro “El muro que ya existe. Las puertas cerradas de Estados Unidos” (HarperCollins). Actualmente es fellow del programa Knight-Wallace para periodistas en la Universidad de Michigan.

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Eileen Truax

Eileen Truax es una periodista mexicana especializada en migración y política. Es autora del libro “El muro que ya existe. Las puertas cerradas de Estados Unidos” (HarperCollins). Actualmente es fellow del programa Knight-Wallace para periodistas en la Universidad de Michigan.

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