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El año de las cabezas tiradas alrededor del aeropuerto

A propósito del tráfico de droga en el AICM que fue revelado en el juicio a García Luna: en diciembre de 2007, agentes aduanales denunciaron el hallazgo de media tonelada de cocaína: mercancía del Cártel de Sinaloa. Posteriormente aparecieron restos humanos cerca del AICM. Esa escena se cuenta en el libro "Narco CDMX".

2 / 02 / 23

¿CUÁL ES LA HISTORIA?

EMEEQUIS.– En el sexenio de Felipe Calderón se registraron acontecimientos en la Ciudad de México que debieron habernos internado en el registro de que algo ya no era normal, pero no fue así.

La mañana del 15 de diciembre de 2007, el rostro del joven Gerardo Santos Iglesias estaba petrificado, con un dedo dentro de la boca –sin la mano– y tirado con todo y su relleno óseo y cárnico como si fuera basura dentro de una bolsa de plástico. Junto a ese resto humano, la cabeza también de Carlos Tapia Rosillo; ambas abandonadas sobre una camioneta estacionada en la colonia Peñón de los Baños, ahí donde los vecinos escuchan día y noche el aterrizaje y despegue de más de mil aviones todos los días. Una guerra encarnizada empezaba a revelarse en la época de Genaro García Luna, el hombre de Seguridad del entonces presidente Calderón, que mostraba la importancia del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) para el trasiego de drogas.

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Miguel, un alto mando de la policía de la ciudad en ese entonces, me dio detalles tiempo después de lo escalofriante de la escena, del temor que se vivió en la corporación por lo que se vendría, pero sobre todo por lo que se gestaba en ese espacio para el traslado de millones de viajeros. “Se me paralizó el cuello”, me relató mientras con la boca y la nariz se llevó el gesto hacia una expresión de asco.

Esta escena la contamos en el libro Narco CDMX, publicado en coautoría con los periodistas Antonio Nieto y David Fuentes, bajo el sello de la Editorial Grijalbo. 

En los años en los que duró la investigación específica para esa obra, entre 2016 y 2018, persistía una sensación de temor entre las fuentes de información de hablar sobre lo que sucedía en la época entre 2006-2012, el sexenio de Felipe Calderón. Aun cuando en el libro buscamos enfocarnos en contar qué pasó en la Ciudad de México para que el narcotráfico se hubiese enraizado y crecido tanto en unos años, era inevitable toparse con la historia oscura de Genaro García Luna, Luis Cárdenas Palomino (cercano a éste) y los demás involucrados en ese círculo de poder de la administración anterior. 

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Las cabezas encontradas cerca del AICM en 2007 pertenecían a empleados de la agencia Jet Service, cuyas oficinas estaban a unos pasos de ahí, en la terminal aérea, y otras sobre Oriente 148 número 249, colonia   Moctezuma, un barrio contiguo a Peñón de los Baños. Lo que había pasado es que el 12 de diciembre de ese año agentes de Administración General de Aduanas del Servicio de Administración Tributaria denunciaron haber encontrado media tonelada de cocaína en esos almacenes, según el expediente PGR/SIEDO/279/07; mercancía del Cártel de Sinaloa. La arremetida por la traición o negligencia de los empleados fue brutal: dejar sus cabezas para avisar a los demás trabajadores y aduanales cuándo no debían revisar de más y acatar órdenes dadas con claves, como ahora se revela en el juicio contra García Luna en Nueva York. 

Según varios expedientes a los que tuve acceso, los hermanos Beltrán Leyva –entonces todavía aliados de Joaquín “El Chapo” Guzmán– ordenaron la tortura y exhibición de las víctimas; sin embargo, mediáticamente el hecho fue controlado y apenas se supo de él.

Semanas después del episodio de las cabezas, la escena se repitió, el 14 de enero de 2008 en la misma colonia. Un vecino que salió a pasear a su perro de madrugada notó cómo el animal se acercó a unas bolsas, las rasgó y de ellas se mostraron otras dos cabezas: eran las de Luis Felipe y Sergio Armando Villagómez. Se estaba dejando mostrar la fortaleza del Cártel de Sinaloa en las operaciones del aeropuerto, así como su protección para acomodar las piezas que fueran necesarias.

Cuando una cúpula policial toma el poder y abusa de éste para sus intereses más allá de garantizar un Estado de Derecho, el temor entre quienes están en medio se propaga y prevalece por años. 

Cuando hablé con las fuentes que me describieron cómo, por ejemplo, grandes maletas de dinero que eran entregadas a cercanos del Presidente en una iglesia de la zona de Pedregal, al sur de la Ciudad de México por parte de entonces socios de “El Chapo”, o cómo agentes oficiales los escoltaban en sus traslados rumbo a bodegas en la capital, después de aterrizar en aviones privados, sentí el frenesí del miedo sacudir sus expresiones. La cautela, las llamadas posteriores, “mejor no pongas eso, me pongo en riesgo a mí y a ti”; cancelación de citas, cambios de protocolos para los encuentros.

Lo cierto es que entre mandos y ex mandos locales y federales era conocida la historia –después obvia y documentada– de la protección que se daba a los de Sinaloa, quienes tomaron el aeropuerto –y parte de la Central de Abastos después– como una de las venas de inyección de sus mercancías y dinero sin tener el menor problema.

Las balaceras en ocasiones posteriores en el AICM y decomisos “cortina de humo”, significaban poco para lo que realmente pasaba ahí dentro. 

Con el actual juicio contra García Luna en Nueva York,   los detalles de cómo presuntamente operaron los hombres de poder de Calderón siguen saliendo a la luz y con ellos también las voces de quienes, desde México, conocieron de esa etapa oscura de la que aún hace unos años sentían temor de hablar.

Sin duda, falta mucho por contar y abonar a los capítulos negros de la Historia de este país. 

@Sandra_Romandia 

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SOBRE EL AUTOR

Sandra Romandía



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