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Análisis

El ajedrez de los hombres: Gambito de Rey

Aunque en la gran mayoría de novelas, pinturas y películas que abordan el ajedrez los protagonistas son hombres, hay dos notables excepciones: Alicia a través del espejo, del reverendo Dodgson (1872), alias Lewis Carroll, y Gambito de dama, de Walter Tevis (1983), que da origen a la exitosa serie. Análisis de ANA CLAVEL.

Por Ana V. Clavel
28 nov 2020

ANA CLAVEL
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– De los juegos que implican ingenio, el ajedrez se lleva las palmas. Campeones como Capablanca, Bobby Fischer, Kasparov imponen el respeto de los genios. Por el simbolismo de sus piezas, se le considera un desafío de guerra y estrategia. No pocos ven en él una metáfora de la existencia como cuando Borges afirma en un soneto: “Dios mueve al jugador, y éste la pieza / ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza / De polvo y tiempo y sueño y agonías?”

Reto que pone en juego capacidades intelectuales: memoria, inteligencia, sagacidad, pero también creatividad, intuición, audacia. En el relato Gambito de caballo (1949) de William Faulkner, su protagonista, el fiscal Stevens, es descrito así cuando juega: “sentado frente al tablero de ajedrez, silencioso, reservado, taciturno”. Concentrado en las habilidades de su mente, tanto para dirimir si sacrifica un caballo y lograr una posición privilegiada de ataque, o si deberá arriesgarse y dejar libre a un joven que está a punto de cometer un asesinato.

En sus orígenes se mezclan la leyenda y dos juegos previos, la chaturanga, juego indio de azar y guerra, y la petteia, juego griego de lógica y estrategia. Su expansión por Oriente fue tal que ya para el siglo VII se encuentran descripciones del juego en obras árabes y persas. Del año 842 data el Libro del ajedrez, de Al-Adli. En su origen etimológico resuenan voces árabes, persas, indias como al-Šitran, shah, rajah: rey. No se nos olvide: se trata del Juego, la Batalla del Rey. La influencia oriental se conserva en el grito de victoria cuando se da mate al rey enemigo: al-shah-mat, literalmente “el rey está muerto”, o jaque mate.

Las reglas del llamado Juego Antiguo se conocen desde el siglo X, pero me interesa destacar algo: al ser un juego de batallas entre un shah y otro (antiguo rajá y ahora Rey), no había presencia femenina en el tablero. Ésta surgirá con la figura de la Dama al remplazar al fiz o visir, que se desplazaba en diagonal una casilla cada vez, con renovados poderes a partir del siglo XV en el llamado Juego Nuevo. Se me ocurre, pero valdría la pena investigarlo a fondo, que la aparición de la Dama pudo estar ligada a la influencia del Amor Cortés —el fin'amor— cuando el ajedrez pasó por Europa. 

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No obstante que el libro Ajedrez enamorado, de fines del s. XIII, cuenta en 30,000 versos las aventuras de un jugador de ajedrez y una dama tan bella como hábil jugadora, hay poca presencia femenina entre los jugadores de renombre histórico. Mi Larousse del ajedrez consigna apenas cuatro jugadoras en la historia: Isabel I de Inglaterra, Catalina de Médici, Catalina II de Rusia, Madame de Sevigné… y párele de contar —eso sí, de altísima cuna o cultura—, frente a una lista innumerable de varones de todo tipo, desde Alfonso X el Sabio al turco Tamerlán, del papa Gregorio XII a Erasmo, de Leibniz a Voltaire, de Lorenzo el Magnífico a Winston Churchill, de Marcel Duchamp a Juan José Arreola. 



 

Si uno mira imágenes artísticas de grabados, cuadros, fotografías, difícilmente encontrará figuras de mujeres jugando o viendo un partido de ajedrez —por ahí en un cofre de madera italiano del s. XV, una escena matrimonial representa a una joven pareja que juega una partida, en un ámbito privado; en un grabado francés del XVIII hay una fémina que se pasea entre los jugadores pero es más bien una cortesana que busca llamar la atención de posibles clientes—. Conste que no digo que esté bien o mal, o que el ajedrez sea machista o no. Acoto información para que el lector o lectora se forme su propia opinión. 

 


Como emblema de altas facultades intelectuales, el ajedrez suele estar envestido de solemnidad y silenciosa gravedad, por lo que también se le destina para dirimir cuestiones importantes. Un ejemplo de ello es la partida entre un señor Muerte y un caballero medieval durante la peste, en el clásico filme El séptimo sello de Bergman —pero hay que aclarar que para la tradición nórdica y germánica, la muerte tiene género masculino. 

En literatura son comunes las partidas con protagonistas varones. Algunos ejemplos: El loco del ajedrez de Van Dine (1929), La defensa de Nabokov (1930), El jugador de ajedrez de Zweig (1942), La ciudad es un tablero de Brunner (1965), Los cuatro grandes Agatha Christie (1967), El gambito de las estrellas de Gérard Klein (1971), El maestro del juego de Chenaille (1983), La tabla de Flandes de Pérez-Reverte (1993). Y por supuesto el relato que da título al volumen de cuentos Gambito de caballo de Faulkner. Hay que aclarar que la palabra “gambito” deriva de gamba: pierna en italiano, y alude a una zancadilla para hacer tropezar o caer al contrincante, mediante el sacrificio de una pieza a fin de obtener una mejor posición de ataque. Hay muchos tipos de gambitos, entre los más afamados: el Gambito de Dama, el Gambito Budapest, el Gambito Benko, el Gambito Letón, el Gambito Evans, el Gambito de Rey (curiosamente, hoy en desuso por su ataque agresivo que causa estragos pero también puede ser suicida). Uno que no puedo dejar de mencionar es el Gambito Humphrey Bogart, preferido del afamado actor de Casablanca, amante del ajedrez, aunque no fue creado por él.

Si bien en la gran mayoría de relatos, novelas, pinturas, películas que tratan el tema los protagonistas del juego son hombres, hay dos notables excepciones hasta el momento: Alicia a través del espejo del reverendo Dodgson (1872), alias Lewis Carroll, y Gambito de dama de Walter Tevis (1983). En la primera de ellas, la misma niña que había corrido por una madriguera en pos del conejo blanco en su antecedente del País de las Maravillas, cruza ahora el umbral del Espejo hacia un mundo donde la realidad se encuentra alterada y el absurdo y la sinrazón hacen de las suyas bajo peculiares reglas: las de un tablero de ajedrez. Ahí Alicia emprende un juego de los que se conocen como Ajedrez Viviente y de ser un peón consigue llegar a la posición 8D, con lo que termina coronándose Reina y gana la partida al prender a la Reina Roja, entre otras delirantes aventuras.

La otra obra que tiene como protagonista a una mujer, Gambito de dama, del escritor estadunidense Walter Tevis (1928-1984), ha dado origen a una exitosa serie del mismo nombre, sobre la que han corrido mucha tinta y muchos bytes. Tevis, que este milenio parece haber saltado a la fama con la adaptación televisiva, es en realidad el autor de otras dos novelas llevadas al cine: El hombre que cayó a la tierra (1963) y El color del dinero (1984), filmadas en 1976 y 1986, protagonizadas por David Bowie y Paul Newman, respectivamente.

¿Cómo fue que Tevis, en plenos años ochenta, tuvo la idea de concebir, de manera novedosa, un personaje femenino que se convierte en campeona mundial en un ámbito donde el ajedrez es sobre todo un mundo de hombres? Y no sólo por los jugadores sino por las reglas y la esencia del juego. Los especialistas saben que incluso a nivel del valor de las piezas, un peón tiene un puntaje de 3 unidades mientras una dama, por su capacidad de movimiento en todas direcciones, lo tiene de 9. El rey, de movimientos limitados, tiene un puntaje similar al del peón: 3, con una indiscutible diferencia: en el curso de los ataques y defensas, un peón o una dama son prescindibles. No obstante, si un rey cae el juego simplemente termina. Y ahí sí que resaltan las raíces bélicas, y patriarcales, del juego. Game over a quienes discuten que el ajedrez no es, en su origen, un juego de hombres. Jaque mate, como dirían por ahí.

(En mi siguiente columna, “¿Un nuevo ajedrez? Gambito de dama”, abordaré la novela de Walter Tevis, de cómo fue capaz de forjar una heroína en un mundo antes vedado a las mujeres, y de la fascinación que ejerce una mujer inteligente —y bella— en un mundo de hombres, como la presenta la serie de Netflix.)

 

 

@anaclavel99

 

 

 

 

ANA CLAVEL

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

ANA CLAVEL

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

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