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Benedicto XVI, el Papa solitario

Las formas y la visión del Papa Francisco serían imposibles sin el terreno que desbrozó Benedicto XVI, lo que no deja de ser una paradoja, al observar los cuadrantes ideológicamente distantes entre ellos. Ratzinger prefería la reflexión teológica a ser Papa.

Por Emequis
1 / 2 / 23

CONFIDENTE EMEEQUIS

EMEEQUIS.– Joseph Ratzinger nunca quiso ser Papa. Prefería la reflexión teológica y, a partir de ella, el impulso de los cambios en la Iglesia. 

Desde los años ochenta estaba enfrascado en discusiones de carácter filosófico con representantes de la teología de la liberación como Jon Sobrino y Leonardo Boff, quienes, por cierto, terminaron sancionados por la Santa Sede. 

Ratzinger, desde su posición como encargado de la Congregación de la Doctrina de la Fe, ejercía una revisión de la propia Iglesia desde un cuadrante conservador, pero a la vez profundo, tratando de encontrar soluciones a las crisis por las que la espiritualidad misma estaba pasando.  

La muerte de Juan Pablo II cambió la perspectiva y la vida misma del obispo alemán y resultó electo Papa y se convirtió en Benedicto XVI.

Desde esa posición se enfocó en atender dos temas cruciales: las denuncias de abusos y los enredos financieros del Instituto para las Obras de la Religión (OIR), el banco del Vaticano. 

Para nada resultó sencillo. Los lobos que lo rodeaban, los poderes que se resistían, le estrechaban los márgenes de maniobra. Pero actuó, claro que lo hizo. 

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Condenó al silencio a Marcial Maciel, el fundador de Los Legionarios de Cristo. Benedicto XVI le dio un golpe contundente a uno de los grupos de mayor poder e influencia, que se sentían intocables. 

Una victoria agridulce, porque las víctimas de Maciel nunca acabaron de aceptar, y con razón, que no recibiera el castigo judicial que merecía.

Pero el caso de los abusos y la pederastia en la curia eran copiosos desde aquel entonces, en una deuda de carácter histórico que no se ha resuelto y que inclusive lo tocó porque lo acusaron de no actuar del modo adecuado contra los perpetradores cuando fue arzobispo de Múnich entre 1977 y 1982.  

En su momento, declaró que sentía “profunda vergüenza y dolor”, pero al mismo tiempo dejó en claro que “el perdón no sustituye a la justicia”.

Ratzinger era un gran intelectual, uno de los teólogos más importantes de las últimas décadas. Esto le dio una perspectiva refinada sobre la Iglesia, pero a la vez lo convirtió en un solitario. Así lo veían sus cercanos, quienes lo conminaban a resistir el sin número de presiones que recibía. 

En 2009 tomó la decisión de transparentar las finanzas y los negocios vaticanos. Nominó a Ettore Gotti como director de la IOR. El encargo consistía en devolver los estándares de confianza y atajar los asuntos turbios y de lavado de dinero. 

Menos de tres años duró el experimento, porque el secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, lo despidió. 

Benedicto XVI había fallado en sus cálculos y no contempló la fuerza y las reacciones de la curia ante una de las herramientas más relevantes para el poder, el dinero.

Meses después de su despido, la casa de Gotti fue cateada por los Carabineros italianos. Investigaban negocios y decisiones anteriores del banquero a su desempeño en el Vaticano, pero hay datos que describen lo que ocurría y que se reflejaba en documentos y cartas donde el colaborador de Ratzinger temía ser víctima de un ataque.

“Si me asesinan, aquí adentro está la razón de mi muerte”, y de ese aviso se remitía a un sería de legajos con conductas y procedimientos turbios relacionados con el IOR. 

Gotti, al enterarse de que los policías en realidad estaban tras la pista de una historia que no tenía que ver con El Vaticano, se alegró y les dijo: “creí que venían a pegarme un tiro”. 

Benedicto XVI nunca se repuso de estas situaciones y comprendió tarde que había sido un error el no rodearse de una curia alemana o que pudiera equilibrar el poder de cardenales que llevaban décadas en las oficinas vaticanas. Juan Pablo II sí entendió bien esas necesidades y, por ello, pudo sortear mejor su pontificado. 

Se podría decir, más allá de contrastes, que el Papa Emérito, que falleció el último día de 2022, en realidad lo intentó, tratando de transparentar el propio gobierno de la iglesia. 

Una cuestión es inobjetable, las formas y la visión del Papa Francisco, serían imposibles sin el terreno que desbrozó Ratzinger, lo que no deja de ser una paradoja, más aún si observamos los cuadrantes ideológicamente distantes en los que se desenvolvieron ambos Papas, y que tiene otra expresión de asombro, la relación de respecto y amistad que se profesaron.

@jandradej

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