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Porfirio Muñoz Ledo en su refugio: el último ascenso y su breve ocaso

Polemista hasta el final, Muñoz Ledo dirigía las charlas hasta cuando era entrevistado. En su casa, atrincherado en su biblioteca de cientos de libros, recibió al reportero y fotógrafo en 2018, cuando López Obrador estaba por ascender al poder.

7 / 09 / 23

EMEEQUIS.– Tomamos un taxi porque temíamos llegar tarde a la cita. No era para menos, era Porfirio Muñoz Ledo. Fuimos mi amigo Ricardo Augusto como camarógrafo y yo como reportero, enviados por La Hoguera; bajamos sudados en el pavimento de las Lomas de Chapultepec, en una calle empinada enfrente de un camellón repleto de frondosos árboles. El acceso fue por una entrada más bien modesta que conducía a un patio amplio que a su vez daba a una casa con varios comedores. Y la primera impresión fue sentir fascinación por lo más abundante, lo más llamativo: los libros y libros, cientos, miles; los estantes y estantes en casi todas las paredes. Nos aclararon apenas llegar que esos tomos de envidia eran apenas una parte de una amplia colección, que hacía poco un camión se había llevado varios en donación. 

El intelecto es reputación política.  

Era 2018. Los días en que Andrés Manuel López Obrador era el puntero de las encuestas, el hombre al que la democracia elegía para tomar la silla presidencial como el primer presidente de México abiertamente de izquierda. Y, por supuesto, Muñoz Ledo estaba en primera fila. No sólo era parte del equipo de AMLO, sino que también era una de las piezas claves para cuando Morena, el partido que hacía unos años era una organización más bien pequeña, tomara no sólo el control del Ejecutivo nacional, sino de gubernaturas, alcaldías, presidencias municipales y puestos legislativos. 

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Antes de entrar con Muñoz Ledo, nos pasaron a una sala con sillones amplios. Esa primera visita fue en una tarde más o menos clara que me hizo apreciar con claridad los enormes tomos de arte que tenía la casa, esos que apenas cabían en las mesas, al lado de jarrones y esculturas. 

Nos sirvieron unos caballitos de tequila que bebimos con discreción, ¿cómo tomar en horas de trabajo? Cuando nos hicieron pasar a su estudio, colocaron un asiento frente a otro. Había un ejemplar que me llamó la atención, me parece que de Agustín Yañez, ¿o era un libro de Jaime Torres Bodet? Seguro algún clásico de las letras mexicanas que me hizo pensar que quien habitaba en esa casa conocía esas escenas olvidadas por la modernidad: las de los pueblos posrevolucionarios o las haciendas porfiristas o los cafés modernistas de Manuel Gutiérrez Nájera. 

Por fin llegó Muñoz Ledo, y vaya que intimidaba. Y no era para menos, pues el veterano político solía tener tertulias con Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, y les había sobrevivido para ver algunas de las principales transformaciones del país.

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La conversación giró en torno a la política electoral, a los esfuerzos de Ricardo Anaya por levantar ese sector popular que ya tenía listo el lápiz para tachar el nombre de su competidor, López Obrador. 

—¿Hay posibilidad de fraude en las siguientes elecciones?—pregunté. 

—La defraudación, los actos fraudulentos son ahora ¡Ya comenzaron! —exclamó con una voz grave. 

También hablamos de sobre las firmas falsificadas de Margarita Zavala y cómo las autoridades electorales dieron luz verde para que la candidata de inscribiera al proceso, al igual que a “El Bronco”, que igualmente falsificó una buena parte de los documentos para la candidatura. 

—(El candidato independiente) es una figura mal diseñada, está en la ley, se presta a todo abuso. Ya viste que la candidata (Zavala) que llenó los requisitos, el 96% de sus apoyos son falsificados: el INE la puede registrar, pero Fepade tiene que acusarla de delito. 

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Y habló de los fraudes. Por supuesto, los que vivió en carne propia. Primero con Cuauhtémoc Cárdenas. Detrás de su escritorio tenía una foto con él y al fondo la plancha del Zócalo a reventar. Muñoz Ledo era de esas figuras que no vivían de sus viejas glorias: constantemente creaba nuevas anécdotas, nuevas vivencias de alto nivel. Habló de Calderón y de sus jugadas “sucias” para ganar la Presidencia en 2006. 

Salimos de ahí felices por la nota y por el tequila, fuerte, pegador. Faltaba poco para las elecciones y la suerte estaba echada: AMLO sería presidente y el hombre con el que acabábamos de hablar estaría a su lado, en su círculo cercano. 

Una vez ganadas las elecciones, Muñoz Ledo asumió como diputado y luego como presidente de la Cámara. Y era entretenido oírlo, como bien lo señaló nuestro compañero Juan Ortiz, cómo a los 80 años sus palabras penetraban los blindajes argumentativos de otros legisladores. Aunque de vez en cuando perdía los estribos, como cuando en 2019 los diputados de oposición buscaban colocar a alguien en la Presidencia de la Cámara, y él se cansó de las polémicas:

—Pido a la secretaria que revise el reloj porque está marcando progresivamente: cuando es una ley antigua, los transitorios son desmesurados y contradictorios, hasta los aparatos se sonrojan —y sin darse cuenta, el micrófono seguía abierto— ¡Chinguen a su madre, qué manera de legislar! 

Una segunda vez, visitamos a Muñoz Ledo a pocos días de la victoria de AMLO. De nuevo hubo tequila, ya en las primeras horas de la noche. Muñoz Ledo nos recibió, ya no en un montaje preparado, sino detrás de su escritorio, rodeado de sus libros y con una botella de tequila Cazadores sobre la madera. Ahí, me puse nervioso, no recuerdo por qué, y lancé unas preguntas imprecisas que lo molestaron un poco. 

Tanto él como nosotros, subidos un poco de copas, empezamos a relajarnos. Le pregunté cómo medía a AMLO después de ese triunfo histórico que explotó en todo el país. La respuesta me sorprendió: vio al presidente contento, entero, pero “profundamente preocupado”. 

Y reconoció que las instituciones electorales actuaron bien. Y yendo en contra del estereotipo de una política tibia de su entonces partido frente a esos temas, expresó su simpatía por la interrupción legal del embarazo a nivel federal y el relajamiento de las restricciones para el consumo de marihuana. En ese momento celebró también las pérdidas catastróficas del PRD. “Se lo merece”, dijo, pese a que él había sido uno de sus fundadores. 

Al final, al amparo de unas copas, Muñoz Ledo me dijo, cuando vio que mis preguntas tuvieron un poco más de coherencia: 

—¡Así! Hay que levantarse, recuperarse ¡Felicidades! ¡Así se tiene que hacer! ¡Así se hacen las cosas significativas! 

Dejamos su estudio, su sala y regresamos a la realidad menos glamorosa de la redacción. Con los años, seguí sus polémicas. Su renuncia a la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados; luego, su renuncia a Morena y sus cañonazos contra el presidente. Hoy domingo, me entero que se fue. Con él parten varias escenas de la construcción de la democracia del país, y del contraste entre la política de los padres y los hijos, de la vieja y la nueva escuela. Del auge del PRI, de la lucha del PRD y del ascenso de Morena. De lo que fue México y de lo que será en un futuro. 

@Ciudadelblues 

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