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“Pagas o te quiebro”: 5 voces desde los sótanos de la corrupción de negocios

Un ranking global del World Justice Project ubica a México como el país 113 de 139 en materia de Estado de Derecho. Testimonios de microempresarios dan cuenta de cómo se les obliga a participar en esquemas de corrupción y la ausencia de servidores públicos honestos.

Por Óscar Balderas
14 oct 2021

México ranking Estado de derecho
Andrés Manuel López Obrador muestra una encuesta del INEGI sobre la percepción de corrupción. Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro.com.

EMEEQUIS.– Este miércoles fueron publicados los resultados del Índice de Estado de Derecho 2021 que realiza el World Justice Project (WJP). Se trata de una medición anual y global del desempeño de 139 países y jurisdicciones con respecto a temas esenciales para cualquier país como Ausencia de Corrupción, Orden y Seguridad, Justicia Civil, entre otras.

México no fue bien evaluado en la medición de este año. En el ranking mundial cayó una posición respecto al 2020 y se ubicó en el lugar 113 de 139.

Para poner en contexto el escaño que ocupa México en el mundo, el Índice de Estado de Derecho 2021 dividió su medición en dos áreas más: por región en América Latina y el Caribe y por Países de Ingreso Mediano Alto.

En la primera medición, México se ubica en la posición 27 de 32 y en la segunda, en 37 de 40; es decir, bajo y con cifras decepcionantes.

EMEEQUIS conversó con cuatro dueños de micro y pequeñas empresas, así como un experto, para ponerle rostro y vivencias a esas experiencias que podrían explicar por qué la corrupción dentro y fuera de los negocios han dado a México tan bajas calificaciones.

Estas son sus historias. 


El ranking de México en distintos rubros del Estado de derecho. 


SER CORRUPTO PARA TRIUNFAR

Cuando a Mario Sepúlveda lo despidieron de la empresa de bienes raíces donde trabajaba como subdirector general, parecía que la vida por fin le sonreía. Después de 25 años de trabajo en un cargo –con su excelente sueldo– que le había generado tres veces parálisis facial por tanto estrés, estar desempleado y liquidado con un grueso cheque se sentía como la oportunidad de su vida.

Tenía el dinero suficiente para empezar su primer negocio y sería, por fin, su propio jefe. Era un sueño largamente acariciado, así que de inmediato supo el giro al que llevaría su empresa: la gastronomía. Y él sería el chef principal, su mayor anhelo.

Tras meses de búsqueda, Mario Sepúlveda abrió su restaurante de cortes sonorenses en la alcaldía Benito Juárez, en un mercado gastronómico llamado Barrio Narvarte con un concepto distinto a lo que había en la zona: mesas compartidas donde cualquiera podía sentarse y elegir su comida de los menús de 12 negocios distintos.  

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En agosto de 2019 firmó el contrato de arrendamiento y El Asadito abriría sus puertas en septiembre, pero la apertura se volvió una pesadilla, pues todos los caminos llevaban a actos de corrupción que, si no se cumplían, desataban la furia de los demás negocios.

Por ejemplo, todos los medidores de luz tenían un “diablito” para obtener energía del alumbrado público y pagar menos. Si Mario Sepúlveda no hacía lo mismo, y su recibo era distinto al de los demás, exhibiría a sus compañeros. Lo mismo tenía que hacer con el recibo del agua: pagar un soborno a un funcionario del Sistema de Aguas de la Ciudad de México para que se le cobrara menos a todo Barrio Narvarte. Y no podía registrar a sus empleados ante el IMSS con su sueldo real o causaría problemas a sus vecinos. 

La situación se volvió insoportable para un honesto Mario Sepúlveda cuando los vecinos de sus negocios le exigieron que participara en las cuotas que daban por servicios que deberían ser gratuitos, como recolección de basura y seguridad pública. Si se negaba a participar, su menú era retirado de las mesas compartidas.

El Asadito no duró mucho más. En marzo, Barrio Narvarte cerró sus puertas por la pandemia y jamás las abrió de nuevo. Resignado, Mario Sepúlveda dejó morir su negocio, que nunca pudo despegar ante la mirada juzgadora de sus vecinos, que le recriminaban un pecado terrible: ser honesto.

EMPLEO PARA NADIE, BUROCRACIA PARA TODOS

Como muchas personas, la pandemia me destrozó el negocio. Yo trabajaba en un hotel muy lindo en Playa del Carmen, el Ocean Rivera Paradise, pero cuando vino el confinamiento y las fronteras del mundo se cerraron, dejaron de venir los huéspedes y la plantilla de la empresa se redujo rápidamente.

Aguanté el primer recorte de personal, pero no el segundo. Y como acá en la zona turística los contratos se renuevan año con año, me fui a casa con una liquidación de risa. Hice cuentas y pensé que si la pandemia se alargaba seis meses –hasta diciembre de 2020, lo cual sí pasó– me quedaría sin dinero para mi y mi familia, que incluye dos niñas pequeñas de 7 y 9 años.

¿Qué hace uno cuando hay una crisis económica? Lo que todo mundo: cocina y vende. Monté lo que ahora le llaman “dark kitchens” en mi casa y me puse a vender cocina, aprovechando que mi esposa tiene un sazón envidiable. Elegimos lo que mejor sabía hacer: cenas ligeras y saludables para repartir en los fraccionamientos, ya que los hoteles estaban cerrados.

Al principio nos fue bien. Luego, mejor. Hasta pensé que no sería mala idea dedicarnos a eso para siempre, pero no tardó en que nos tocaran la puerta las autoridades del municipio de Solidaridad, acá en Quintana Roo.

Me acuerdo del día, 30 de octubre de 2020, porque hacíamos cenas temáticas de Día de Muertos, que le encanta eso a los gringos que se vinieron a jubilar al Caribe. Un inspector tocó a la puerta y nos dijo que necesitábamos permiso para cocinar en nuestra propia casa, ¡imagínate eso!

Me dijo que mi estufa de cuatro hornillas calificaba como “cocina industrial” y que yo manejaba un negocio sin permisos. La multa, dijo, podría llegar a 60 mil pesos y hasta quitarme la casa bajo la figura de extinción de dominio porque estaba cometiendo el gravísimo delito de ganarme el pan en plena pandemia.

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Lo ignoré y seguí trabajando hasta que, tres días después, pasando el Día de Muertos, me dejaron unas calaveras en la puerta. Entendí perfectamente el mensaje. Me di la vuelta y le dije a mi esposa, llorando, que con las mafias de acá no se juegan. Ese fue el último día que cocinamos y apagamos la estufa.

Yo, Román Velázquez, “El Ro”, exvendedor de tiempos compartidos del Ocean Rivera Paradise, te juro esto: a la semana siguiente me enteré de otra “dark kitchen” cerca de mi colonia. Igual que la mía, de cenas ligeras y saludables. Sólo que esa ahora la manejaba un sobrino de un mando de la Policía Municipal. 

“O TE ALINEAS O TE ALINEAN”

“Llegué al Centro Histórico, la verdad, pensando que sabía cómo era la movida. Ya había hecho mis cuentas y tenía todo bien entendido: tanto me voy a gastar de salarios, tanto de renta para el casero, tanto de renta para la mafia y tanto de mis servicios de luz, gas, agua, internet. Osea, no me estaba haciendo pendejo. Uno sabe la realidad de las cosas.

“Yo abrí mi local atrás de Palacio Nacional, ahí en la calle de Academia, un negocio chiquito de bisutería china que mis cuñados me ayudaron a montar. Según ellos, ya estaban apalabrados con los chidos de la zona y me iban a dejar trabajar sin problemas. Me presenté con uno de los jefes de la calle, le expliqué el negocio, lo que pensaba ganar cada mes y le ofrecí 3 mil al mes para su protección. Todos tranquilos.

A mí nadie me dijo que los más gandallas iban a ser los del gobierno. No tenía ni un mes abierto, Bisutería Sandy, ahí cerca de unas guayaberas que tienen más años que yo, cuando me cayeron para una inspección. La cosa más ridícula, en serio. Tengo un pinche local de 3 por 3 y me pedían señalamientos de salida de emergencia, ¿pues cuál? ¡sólo hay una!

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“Me pedían extintores y retirar todo el techo y poner uno nuevo porque según era material flamable, pero uno no es tonto y se da cuenta que venían por dinero. Ya está. Les di lo suyo y los mandé a la chingada ¡Ah, pero volvieron al mes! Y así cada mes: que cambia el piso porque se derrapan los clientes o te clausuro, que compra un botiquín profesional o te clausuro.

“Hasta que un día les dije que ya estuvo, ya me agarraron de su pendejo. No les iba a dar nada y háganle como quieran. No, lo hubiera hecho. Así, en corto me dijeron ‘pagas o te quiebro’. Y conste que no estoy hablando de la mafia, sino de los meros de la alcaldía. Te estoy hablando de 2018. Cuando le fui a decir al chido de la calle sólo me dijo que así es la movida. O te alineas o te alinean.

“Cerré en julio de 2019. Aguanté para darle chance a mis dos muchachos de que buscaran trabajo y di el cerrojazo. Quédense con su mugrero, la neta. Esto de montar un negocio no es para todos. Por cierto, ahí si sabes de una chamba, échame la mano, ¿no?”.

Fernando Gómez, 40 años, exmicroempresario y ahora trabaja como asistente en un despacho contable en la colonia Doctores, Ciudad de México.

NUESTRA OPORTUNIDAD, GOBIERNO ABIERTO

Uno de los grandes descubrimientos del Índice de Estado de Derecho 2021 es que ubica bien el punto débil de México: en el rubro Ausencia de Corrupción nuestro país encontró su puntaje más bajo.

Es decir, es un apartado que mide la prevalencia de sobornos, pagos informales y otros

incentivos ilegales en el servicio público, especialmente entre funcionarios de gobierno, policías, jueces o encargados de proveer servicios básicos para la gente.

“Específicamente, hubo retrocesos en los indicadores que miden la ausencia de corrupción en el Poder Legislativo y en el Judicial.

“Esto es preocupante, pero no es exclusivo de México, pues la pandemia generó caídas en dimensiones relacionadas con el espacio cívico –como participación cívica, la efectividad de la sociedad civil y la prensa como contrapesos al ejecutivo, libertad de opinión y expresión, y libertad de reunión y asociación– en el mundo. Además, aumentaron las demoras en procedimientos de justicia civil y penal, como en 94% de los países”, asegura Alejandro González, director de proyectos sobre Estado de Derecho del WJP.

En la región de América Latina y el Caribe, el país con el mejor puntaje en Ausencia de Corrupción es Uruguay, seguido de Costa Rica y Chile, mientras que los tres países con los peores puntajes en la región son Nicaragua, Haití y Venezuela.

En contraste, la mayor fortaleza de México continúa siendo Gobierno Abierto, ya que es en la que tiene su puntaje más alto, con lo que se ubica en la séptima posición de la región y en la 43 en el mundo. 

EL “ERROR” DE NO SER MEXICANA

Milena N. nunca pensó que el orgullo que siente por su país de origen sería el camino más corto para la quiebra. Ella llegó a México desde Colombia a finales de la década de los 80 escapando de la mirada amenazante de los cárteles de las drogas en Sudamérica.

Pronto encontró en la Ciudad de México un refugio que le brindó un trabajo estable como empleada de limpieza, una casa acogedora, un esposo y un hijo pequeño que adora. Durante años combinó su trabajo con el de ama de casa, pero cuando el dinero comenzó a escasear entró a clases para aprender a cortar el cabello.

Luego de muchos ahorros y años de cortar cabello, hacer tintes y peinados en la sala de su casa, finalmente Milena abrió su propio negocio en la colonia Obrera, una modesta estética a la que le puso su nombre, que es el mismo de su madre, y le colocó una bandera colombiana para siempre recordar sus orígenes.

Y fue aquella bandera la que le arruinó sus sueños. Milena no lo sabía, pero en la colonia Obrera está anidada una mafia colombiana que se dedica a ofrecer préstamos ilegales llamados “gota a gota”, cuyos intereses diarios suben a capricho del prestamista hasta que se vuelven impagables y se reclaman a golpes, con la vida o entregando a la mafia el negocio completo.

Un día, uno de esos colombianos mafiosos la visitó en Estética Milena, ubicada en 2019 en la calle Alfredo Chavero, y le anunció que los únicos que podían pasearse con esa bandera amarilla, azul y roja eran ellos. O la retiraba de inmediato o habría consecuencias para el negocio.

Y Milena, 38 años, que le plantó cara al Cártel de Medellín cuando era niña, pensó que ningún pandillero de medio pelo le diría lo que puede o no puede poner en su negocio. Así que dejó la bandera y subió el volumen de su estéreo para que se escuchara por la calle una alegre cumbia colombiana, su género preferido.

Dos semanas después, alguien tocó a su puerta. A balazos. Y tres semanas después, le echaron ácido a la cortina metálica del negocio dejando una mancha en la banqueta que aún se puede ver. Cuando Milena acudió al Ministerio Público de la calle Chimalpopoca, la respuesta que recibió la estremeció: “la justicia es para los mexicanos, mejor váyase si no quiere que le llame a Migración”.

Desprotegida por la policía y las autoridades de México, que considera su país, Milena decidió poner a salvo a su hijo y traspasar el negocio. Hoy la tristeza aún le muerde las entrañas cuando pasa por el local y lo ve convertido en una verdulería sucia y con cucarachas.

“Yo siento que una parte de mí se quedó ahí… no sé, a lo mejor debí quitar la bandera, pero ¿cómo le pides eso a alguien que siente orgullo por su país?”, dice Milena, quien desde entonces practica cómo eliminar cualquier rastro de acento colombiano de su entonación. 

 

@oscarbalmen 

 

 

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