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Existió alguna vez un mundo como el nuestro en las montañas chiapanecas. Uno donde las mujeres eran menos, no en número, sino en participación; un lugar en el que su vida, dicho por ellas mismas, valía menos que la de un hombre; en donde sus cuerpos, contado por quienes lo vivieron, servían para el placer del cacique o de sus iguales. Les mataban, les violaban, les agredían. 

“Hubo un tiempo así, pero ya no”, afirma Yolanda, una mujer sin edad, sin apellido. Debe de tener más de 60, la delatan las arrugas de los párpados y esas dos líneas que le suben de la nariz a la frente, símbolo de que ha fruncido el ceño durante muchos años. No lo menciona, no puede. Lo único que puede decir es que es una de las coordinadoras del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan y que está ahí para hablar con toda mujer que se le acerque. 

Su mirada, suave pero firme, es lo poco que se escapa del pasamontañas negro, aquel que contrasta con los colores del resto de sus prendas: el paliacate rojo y la blusa blanca de satín con flores rosas, azules y moradas bordadas en las mangas. 

Yolanda está aquí, sentada junto con otra de sus compañeras de lucha, Luvia, para hablar del mundo que construyeron para las y los zapatistas antes del levantamiento, pero sobre todo para decir: “Es posible, con organización, es posible”. 

¿QUÉ ES UNA MUJER QUE LUCHA?

“Si tú eres una mujer y sólo ves tu vida así, como lo que dicen que es ser mujer, pues sólo va a ser mamá, sólo va a ser mujer que tiene esposo, que tiene sus hijos, para que te quedes en tu casa. Eso es sólo ser mujer”, contesta Yolanda cuando se le pregunta qué significa para ella y las zapatistas ser mujer.  

Pero para personas como ella, que han asumido los derechos y las obligaciones del movimiento zapatista, no es suficiente. “Solamente si empiezas a levantarte y a salirte de ahí, tomas un cargo y empiezas a organizarte, te vas a hacer diferente”. 


Para Yolanda, “sin las mujeres no hay Revolución”.

 

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Yolanda, una mujer indígena de la sierra chiapaneca que afirma haber sido sólo mujer antes de 1993, sabe la importancia de dejar de mirarse sólo así y decir: “sin las mujeres no hay Revolución”. 

Mujeres como ella fueron las que antes del levantamiento zapatista de 1994 dejaron claro que, para luchar en contra del capitalismo, de los malos gobiernos y por la reivindicación de los pueblos indígenas de México, se les tenía que incluir, pero sobre todo respetar: respetar su dignidad, sus cuerpos y sus derechos. Para lograrlo la única vía fue organizarse entre ellas. 

Así nació la Ley Revolucionaria de Mujeres que las incorpora en la “justa lucha por la liberación de nuestro pueblo”, firmada por todos los miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y publicada en El Despertador Mexicano en diciembre de 1993, antes del levantamiento. 

En esta ley se les reconocía su derecho a luchar, a trabajar y recibir un salario justo, a participar en los asuntos de la comunidad, a ser elegidas libre y democráticamente, a la educación, a la salud y la alimentación –de ellas y de sus hijas e hijos–. 

También se estipulaba que eran ellas quienes elegirían a su pareja y que sería penado obligarlas por la fuerza a contraer matrimonio, pero, sobre todo, se estableció en el artículo octavo que “ninguna mujer podrá ser golpeada o maltratada físicamente ni por familiares ni por extraños. Los delitos de intento de violación o violación serán castigados severamente”. 

Este fue el parteaguas para que niñas zapatistas como Ana, de 7 años, o como Leydi, de 16 no sepan lo que es un feminicidio dentro de su comunidad y que puedan vivir libres de violencia, con la certeza de que si ocurre algún acto de violencia en su contra, éste será sancionado. 

EL LLAMADO DE ATENCIÓN

“Todavía hay las que están engañadas, conformes. Lo creen que el mal gobierno apoya, ayuda, hace algo para que las mujeres ya no sufran, pero no es la verdad que nos va a apoyar. Nos preocupan las que están sueltas, las que no están organizadas. Por eso las llamamos aquí”, explica Yolanda sobre los motivos que motivaron a que el EZLN convocara a las mujeres del mundo a reunirse por segunda ocasión en el Semillero Huellas del Caminar de la Comandanta Ramona, del Caracol Torbellino de Nuestras Palabras. 

Antes, en el discurso inaugural, la Comandanta Amanda había sido clara sobre sus intenciones: “A más de un año del primer encuentro, no podemos dar buenas cuentas: en todo el mundo siguen asesinando mujeres, las siguen desapareciendo, las siguen violentando, las siguen despreciando. Queremos escucharte y mirarte porque tenemos preguntas: ¿Cómo te organizaste? ¿Qué hiciste? ¿Qué pasó?”.

Por eso es que en esta ocasión dejaron las actividades abiertas, querían ver qué eran capaces de crear las mujeres del otro mundo cuando se conocieran. Abrieron micrófono para denuncias que poco a poco fueron combinándose con las propuestas de decenas de mujeres que convocaban a la organización según los propios intereses. “Así se empieza a luchar”, sonríe Luvia. 

Una lucha, define la Real Academia Española, es el esfuerzo que se hace para resistir a una fuerza hostil, para subsistir o para alcanzar algún objetivo. Resistir es, cuando se habla de un cuerpo o de una fuerza, oponerse a la acción o violencia de otra fuerza o de otro cuerpo. La lucha de las mujeres que luchan cabe en estos conceptos. 

Y una mujer que lucha, explica Luvia, la mujer del mandil rosa con puntos blancos, es un ser social. “Te conviertes en quien va a emprender más cosas, ahora como mujer libre, a decidir lo que tú quieres hacer”. 

“Tarde que temprano, si nos organizamos, tarde que temprano vamos a ganar lo que queremos, la libertad”. 


“Miramos que hay un gran sufrimiento, muy profundo, entendemos”, dice Luvia.


EL SUSPIRO PARA AGARRAR FUERZA

Detrás del pasamontañas de Luvia es posible imaginar cómo sus fosas nasales se abren para jalar aire del exterior. Es un respiro profundo y su pecho se ensancha. Luego lo suelta apaciblemente por una boca que tampoco es posible ver. Luvia y sus ojos negros y brillosos muestran así lo que hay que hacer cuando uno se quiere rendir. 

“Suspirar muy profundo para que ahí se vuelva a agarrar ánimo otra vez. No rendirse y decirse: sí puedo como mujer que soy”. 

Ella dice que sabe que la lucha del otro mundo, el que se vive fuera del territorio zapatista, es difícil y cansada. “Miramos que hay un gran sufrimiento, muy profundo, entendemos”. 

Por eso, comparte Yolanda, tenían que juntar a la mayor cantidad de mujeres que luchan del mundo en sus tierras, para que se conozcan, para que hagan redes. 

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“Si te quieres rendir pides apoyo con otras mujeres que sí tienen en sus pensamientos, su corazón, que sí quieren luchar”, recomienda. 

“Si te andas con mujeres inconscientes, que no tienen idea, que están conformes, que están contentas con cómo viven con esta situación no te van a ayudar ni te van a dar una animación, te vas a quedar así como están ellas, pero eso no sirve”. 

Pero lo más importante, para aspirar a crear un mundo diferente, un país diferente en el que no sean asesinadas 9 mujeres todos los días por el simple hecho de ser mujeres, donde no haya desaparecidas, violentadas física, económica ni emocionalmente, es no rendirse, recalca Yolanda. 

“Si sientes que estás para rendir, no te rindes, pides apoyo con otras mujeres, las que sí tienen ideas, las que están conscientes para defenderse, para protegerse, para luchar. Eso hacen las mujeres que luchan”

 

 

@AleCrail


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