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Las agonías del sueño americano. Tres testimonios de la lucha por un papel

Sólo el 30% de los mexicanos de nacimiento que viven en EU logran naturalizarse como ciudadanos. Los trámites son cada vez más difíciles y la opción de continuar sin documentos es la única salida para muchos.

Por Vanessa Cisneros
18 dic 2019

César se fue de México por chocar dos autos y ahora tiene dos concesionarias en Estados Unidos. Foto: César Charolet.

Todos tenemos un conocido que se fue a vivir el sueño americano. Para mandar dinero a su familia en México, para salir adelante, para estar mejor. Pero no todos los mexicanos que se van a Estados Unidos y viven allá logran obtener la naturalización.

Las cifras del Consejo Nacional de Población (Conapo) muestran que de un total de 11.6 millones de mexicanos de nacimiento que residían allá hasta 2017, sólo el 30% había logrado conseguirla, es decir, sólo 3.4 millones. 

En este Día Internacional del Migrante, tres historias le dan humanidad a estos números. 

ÉL SE FUE POR UN CAMARO

César Charolet es un caso de éxito. Él decidió que cruzaría al otro lado de la frontera después de ver el Camaro que sus primos compraron. Tenía 17 años y planeó, luego de que sus padres lo corrieran de su casa, ir a ese país a trabajar con ellos para reunir dinero y comprarse un auto así.

Era el verano del 88 cuando estrelló el Impala gris de su papá contra la casa de su profesor y amigo de la familia. En una noche lluviosa. De fiesta con sus amigos y su novia, César dio vuelta en una esquina y el carro derrapó contra el exterior de la recámara de su maestro. Una semana después chocó contra un poste la camioneta Dodge Ram roja de su mamá. Después de eso su papá lo corrió de Zacatlán, Puebla.

“Me fui a Zacatecas con mis primos, porque mi mamá es de allá. En aquella época estaban de moda los Camaro y mis primos, de muy corta edad –de 20 a 25 años– ya tenían esos carros (…) Me vine con ellos a Estados Unidos. Me pasé de mojado y llegué a Las Vegas, Nevada”, dice en entrevista vía telefónica desde Ontario, California.

ELLOS SE FUERON POR MIEDO

Criseli Hernández cuenta que su padre pensó que debía protegerla a ella y a su familia de la oleada de secuestros y extorsiones que sucedía en Jojutla, Morelos, en donde él tenía farmacias, por lo que en 1982 decidió emigrar a los Estados Unidos.

“Empezaron a secuestrar y le dijeron a mi papá que se cuidara (…) Vendió todo lo que tenía en México, porque tenía miedo de que estaban secuestrando. Tenía miedo con tantas hijas, no quería estar preocupado por eso. Nos venimos acá y empezamos en el 82 en el Condado de Orange County”, cuenta Criseli a EMEEQUIS en una llamada vía WhatsApp. 

ELLA SE FUE POR UN FUTURO MEJOR

En tanto que Guadalupe se fue a Atlanta, Georgia, porque le dijeron que allá había un futuro mejor. Era el 2001 y ella tenía 19 años cuando cruzó la frontera, procedente de Hidalgo. 

“En ese tiempo yo quería hacer una casa para mi hija puesto que yo era madre soltera (…) A mí me dijeron que en los Estados Unidos lo que querías hacer y tardarías diez años en hacerlo en México, lo podías hacer acá en dos. Eso me dijeron mis hermanos, en especial uno que estaba aquí”, recuerda la hidalguense en entrevista.  

Los tres forman parte de los mexicanos que viven en Estados Unidos y aunque lograron cruzar la frontera, no todos tuvieron la misma suerte para obtener la nacionalidad estadounidense.

César y Criseli consiguieron la residencia casi inmediatamente y después de un proceso administrativo se hicieron ciudadanos, pero Guadalupe forma parte de ese 70% de mexicanos que no ha logrado obtener la naturalización, a pesar de que tiene casi 20 años viviendo en el país vecino.

UN GOLPE DE SUERTE

“Tuve mucha suerte”, dice César Charolet cuando narra su experiencia al llegar a Estados Unidos. Pero gran parte de su suerte se debió a una cosa: que habla inglés. Aunque no a la perfección, confiesa, esto le permitió trabajar pintando canchas de los equipos visitantes en el Estadio Angel de beisbol, en Anaheim, Los Ángeles.

“Había 120 trabajadores, como 15 hablábamos inglés y los demás no. Me dieron a mí la facilidad de ser el manejador de los barrenderos porque hablaba inglés y ganar 14.50 (dólares) la hora, cuando ganaban 3.35 todos”, comenta. 

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Colaborando allí logró obtener la residencia, a un mes de cruzar la frontera. Se mantuvo en el puesto durante 18 meses.

“Yo nada más venía en la época de vacaciones, me iba a regresar, pero cuando ya me dan mis papeles, (me dicen) que tengo que trabajar mínimo seis meses y trabajando ya no me los podían quitar. Ya me quedé y nunca regresé”, puntualiza, mientras recuerda que años después consiguió la ciudadanía.

Actualmente César tiene 48 años y la vida lo llevó de nuevo a los carros: tiene dos concesionarias de autos en California. Se ha casado seis veces, tiene cinco hijos y es dueño de dos hoteles boutique en México. 

NAVEGAR EN DOS MUNDOS

Criseli tenía nueve años cuando su familia cruzó la frontera en auto hacia Orange County, en Los Ángeles. Su papá tramitó la residencia para ella, sus tres hermanas, su hermano y su madre, por la violencia a la que se enfrentaba el estado de Morelos en esa época.

Pero cuando llegó al país del sueño prometido se encontró con la primera barrera: el idioma. “Me acuerdo que mi maestro se llamaba Mister Brown y yo no hablaba nada de inglés (…) Fue un shock muy duro para mí, porque uno está acostumbrado a su idioma.

“Mi papá compró casa en Orange County, donde había mucho blanco. Se me hizo muy difícil cuando fui a la escuela. Sufrí un poco de racismo por ser morena, por no hablar inglés.

“Fue difícil adaptarme, pero después que aprendes el idioma te sabes defender un poquito mejor. De Orange County nos movimos por Loma Linda, San Bernardino, donde hay más latinos (…) Me sentí un poquito más en mi lugar, pero ya cuando aprendes el idioma empiezas a navegar los dos mundos mejor”. Criseli y su familia consiguieron la ciudadanía en la década de los noventa. 

SON MUCHOS REQUISITOS 

Para aplicar a este trámite actualmente es necesario tener una residencia permanente de al menos cinco años, ser mayor de edad, haber vivido en un mismo estado durante al menos tres meses antes de pedir la ciudadanía y dominar el idioma inglés, entre otros requisitos.

Ella cumplió con el trámite y creció como ciudadana norteamericana. Estudió biología en la Universidad Estatal de California, en San Bernardino, y después cursó una Maestría en Criminalística en la Universidad Estatal de Los Ángeles.

Su especialidad es el ADN y colabora haciendo esta labor en los laboratorios del Departamento de Policía de los Ángeles (LAPD), en donde se encarga de analizar muestras de fluidos corporales, cabellos y otros restos de ADN de escenas del crimen. Al día de hoy tiene 46 años.

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César y Criseli están en el rango de edad de la población mexicana que más se ha naturalizado estadounidense. Estimaciones del Conapo señalan que un 45% de los mexicanos que se naturalizaron estadounidenses tienen entre 45 y 64 años.

California (42%), Texas (21%) e Illinois (6%) son los tres estados en donde más mexicanos han adquirido la naturalización.

Esto en cuanto a los mexicanos nacidos en México, porque, de acuerdo con la Current Population Survey (CPS), se estima que alrededor de 38.5 millones de personas residentes en Estados Unidos son de origen mexicano (2018), ya sea nacidos en nuestro país o de segunda o tercera generación.

SEGUIR EN LA ESPERA

Guadalupe cruzó la frontera con Juan, su esposo, en un grupo de 21 migrantes. Tardaron tres días en atravesar el desierto de Arizona y después ambos llegaron a Georgia, con unos conocidos de su familia. A las dos semanas consiguió trabajo armando piezas para casas móviles en una fábrica de madera. 

Luego se mudó a Nueva York con su esposo. Llegó a Long Island por recomendación de su cuñado y allí vivió por 18 años.

“Uno tiene que dejar a su familia. Yo dejé a una niña allá en México. No manejas el idioma y te das cuenta de que lo que te dijeron no es realmente lo que era verdad, que aquí se ganaba mucho dinero.

“Sí se gana dinero, pero la diferencia es que en México es el peso contra el dólar. Tiene mucha diferencia. Enviar ese dinero a México pareciera que sí es mucho, pero en realidad se podría decir que es lo mismo. Se gana poco cuando tú llegas porque no manejas el idioma, no sabes”, comenta y dice que conforme se fue relacionando aprendió inglés y hace seis años entró a clases formales.

El primer trabajo en el que a Guadalupe le ofrecieron un permiso para laborar fue como recamarera en un hotel. Lo consiguió a los siete años de haber cruzado la frontera y sólo tenía una duración de seis meses.

Cuando se le pregunta cuántas veces ha salido de Estados Unidos sabe con precisión que sólo han sido en tres, las tres para ver a su hija y demás familia en Hidalgo, de donde ella es originaria.

Después de eso, cuenta, “yo decidí no salir del país, decidí quedarme. Ese permiso se vence y estoy ilegalmente”.

SU SUEÑO SE CUMPLIÓ

Tanto ella como su esposo forman parte de los 7.8 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos sin la nacionalidad estadounidense, de acuerdo con datos del Conapo del 2017.

Guadalupe espera que cuando su hijo mayor, quien es estadounidense, cumpla los 21 años, pueda solicitar que sus padres tengan la residencia.

“El futuro es aguantar o esperar hasta que se haga un plan o una ley que diga que nos van a legalizar (…) Nosotros tenemos un hijo que nació en los Estados Unidos que ya pronto va a ser mayor de edad y tenemos la posibilidad de que él nos pida (la residencia). Tenemos entendido que va a un abogado y hace una petición. Firma la petición y es todo”, confía Guadalupe, quien ahora es ama de casa y tiene 37 años

A pesar de todo, dice que su sueño sí se cumplió: la casa que prometió construir para su hija es una realidad.

 

@vancg

 

 

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